RetrocesoA&ONº 237/7-XII-2000SumarioDesde la feContinuar
Descenso a los infiernos 
o el negocio de Hollywood
Posesiones, exorcismos, vampirismo y magia negra. Se han puesto de moda las películas
ambientadas en el infierno. Muchos jóvenes se entusiasman con dichos estrenos que
desafían cualquier reflexión seria sobre el demonio, más propia de la teología católica
que del show hollywoodiense
Se acaba de estrenar Poseídos, que vuelve al cada vez más manido tema de las posesiones diabólicas. Es un hecho comprobable que, en la misma medida en que avanza la secularización, aumenta el número de películas cuyo protagonista es el diablo. Podría parecer paradójico, pero en realidad no lo es. Y no lo es porque el demonio que aparece en estos films no es el que a los cristianos nos ha transmitido la Tradición de la Iglesia. Este nuevo Satán de celuloide es el que corresponde a la postmoderna religión New Age que causa estragos por doquier. Hace años las escasas producciones que se acercaban a esta temática lo hacían desde el punto de vista de la fe o, al menos, sin entrar en contradicción con ella. Por ejemplo, El Exorcista (W. Friedkin, 1973) trataba de no despegarse de lo que la Iglesia afirma sobre esas cuestiones. (Ahora, aprovechando el boom luciferino, se ha reestrenado dicho film con secuencias nuevas que empobrecen la versión clásica). Otro ejemplo fue La semilla del diablo (R. Polanski, 1968), que, desde presupuestos ajenos al catolicismo, abordaba el mundo del satanismo y de las sectas desde la experiencia de una persona que sabía trágicamente de qué iba el asunto. Si buceamos en historias más clásicas, la imagen del demonio se vuelve más ingenua, y quizá por ello también más falsa. El diablo dijo no (E. Lubitsch, 1943) o Muchas gracias, Mr. Scrooge (R. Neame, 1970) son simpáticos exponentes.
Pero el ridículo y aburrido milenarismo de nuestros días nos ha traído planteamientos muy ajenos a todo lo anterior. Satanás ya no es cristiano, si se me permite la expresión. El mundo que nos presentan las actuales películas está dividido entre el reino del Bien y el reino del Mal en un esquema pagano y maniqueo, en el que el hombre está indefenso ante la Bestia que le acecha. Cuando aparece la Iglesia —normalmente representada por un esperpéntico clero— es irreconocible, por su falta de consistencia y por su forzada estupidez; una Iglesia de corte protestante, en la que los sacerdotes viven un individualismo que eclipsa cualquier pertenencia. Stigmata (R. Wainwright,1999) es un patético ejemplo. Ya no existe Jesucristo, y estamos en una etapa espiritual, sin Encarnación, realidad poblada de ángeles buenos y malos que ponen en entredicho nuestra libertad. Pensemos en Fallen (G. Hoblit, 1998), recientemente estrenada en TVE. El ángel caído Azazel se pasea de hombre en hombre suprimiendo momentáneamente su libertad, sin mayor problema. Es un policía medio ateo el elegido para salvar al mundo del Ángel caído, algo que yo pensaba que estaba resuelto desde hacía dos mil años.

Esta demonología cinematográfica alcanza una de sus expresiones más significativas en Pactar con el diablo (T. Hackford, 1997), donde Lucifer —Al Pacino— se congratula de haber sido el Señor del siglo XX. Lo cual puede parecer muy sugerente, pero nada tiene que ver con la teología de la Historia, ni con la verdad que no admite más que un Señor de todos los tiempos.

El viento que sopla hoy es supersticioso, lleno de rappeles y otros sofistas del neo-oscurantismo. El ocaso de la modernidad ha traído miedo, esoterismo, satanismo, magia y brujería (para que luego hablen de la Edad Media). Hollywood, siempre atento al negocio del momento, ha conectado con ese mundo que absurdamente fascina a los jóvenes. Internet, los comics, los videojuegos van incluso por delante del cine en la industria luciferina. Esto del satanismo —que, como sabemos, ya ha causado muchas muertes— ha llevado a las pantallas comerciales una película dirigida explícitamente a los seguidores de esas sectas, y que muchos de los demás se han tragado como si tal cosa. Me refiero a Carretera perdida (D. Lynch, 1997), película que se ha convertido de culto para muchos cinéfilos incautos, y de la que nadie nos advierte.

En fin, Vampiros (J. Carpenter, 1999), El fin de los días (P. Hyams, 1999), Los sin nombre (J. Balagueró, 1999), ¿Conoces a Joe Black? (M. Brest, 1998), Blade (S. Norrington, 1999), y decenas de títulos llenos de sangre y de increíbles moradores de las tinieblas —por cierto, bastante menos interesantes que los que dibujó Dante en La Divina Comedia— invaden nuestras aburridas carteleras. ¿Lucifer estará encantado de ver cómo se paganiza el mundo, o estará indignado por la imagen tan frívola e infantil que se da de él? Mucho me temo que sea más lo primero.

Juan Orellana