RetrocesoA&ONº 237/7-XII-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
Año de Gracia
Para honor de la santa e indivisa Trinidad, para gloria y honor de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y acrecentamiento de la religión cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo, y con la nuestra, declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, está revelado por Dios, y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles. Por lo cual, si alguno, lo que Dios no permita, pretendiere en su corazón sentir de modo distinto a como por Nos ha sido definido, sepa y tenga por cierto que está condenado por su propio juicio, que ha sufrido naufragio en la fe y se ha apartado de la unidad de la Iglesia, y que además, por el mismo hecho, se somete a sí mismo a las penas establecidas por el Derecho, si, lo que su corazón siente, se atreviere a manifestarlo de palabra, o por escrito, o de cualquier otro modo externo.

Dios eligió y preparó para su Hijo Unigénito, desde antes de los siglos, una madre, de la que había de nacer, hecho carne, en la plenitud de los tiempos, la amó sobre todas las criaturas, hasta tal punto, que sólo en ella puso todas sus mayores complacencias. Por eso la colmó de modo tan admirable con todos los dones celestiales sacados del tesoro de la divinidad, que siempre exenta de toda mancha de pecado, toda hermosa y perfecta, reunió en sí tal plenitud de santidad e inocencia, que después de Dios ni puede imaginarse nada más grande, ni nadie, salvo Dios, puede comprender la profundidad.

La Iglesia de Cristo, guardiana y protectora de las doctrinas a ella confiadas, ni en nada las cambia, ni en nada las disminuye, ni nada añade. Cuando con su sabiduría y su fidelidad trata de las cosas formadas desde toda antigüedad, y que han sido cultivadas por la fe de los Padres, pone todos sus cuidados en limarlas y pulirlas, de suerte que estos dogmas primitivos adquieran evidencia, claridad y precisión, y retengan al mismo tiempo su plenitud, integridad y perpetuidad.

Pío IX
de la Bula Ineffabilis Deus (8-XII-1854)