RetrocesoA&ONº 237/7-XII-2000SumarioEn portadaContinuar
No se me ve nada
Javier tiene seis años. En medio de la reunión familiar se asoma por la puerta con la sonrisa juguetona de siempre y sin pantalones. No se da cuenta de su desnudez, tan limpia como los ojos con los que mira el mundo. Charla, corretea, juega… De pronto, se da cuenta de que algo no va bien, mira hacia abajo y se apresura a coger un cojín para taparse… por detrás. Entonces, feliz de su ocurrencia y de haber salido tan rápidamente del apuro, baila y canturrea ante sus espectadores sujetando con firmeza a su espalda el cojín salvador: No se me ve nada, no se me ve nada….

¿Nos encontramos ante el típico ejemplo de pobre criatura a la que ya han empezado a lavarle el coco con pautas sociales pudorosas? Cierto que ha asumido unas formas de conducta que no tienen más origen que el haber sido aprendidas, pero, ¿es sólo eso?

Cuando en un futuro descubrimiento de sí mismo lo incline a proteger aspectos realmente cargados de significado, poseerá unos hábitos que le harán más fácil, fluido y natural el comportamiento. Niño, tápate, puede ser la frase que un día le haga más sencillo entender que, a veces, hay que ponerse un cojín para salvar la persona del escaparate.