RetrocesoA&ONº 237/7-XII-2000SumarioMundoContinuar
Uno de los momentos más emotivos de todo el Año Santo
Jubileo de personas con otras capacidades
Jesús Colina
Roma

La basílica de San Pablo Extramuros de Roma ofrecía el domingo pasado un espectáculo sin precedentes: 7.500 minusválidos, en sillas de rueda, con muletas, y con alegría, acompañados por 4.500 familiares y voluntarios, abarrotaron el histórico templo para celebrar el día que este Año Santo les ha dedicado especialmente. Ha habido pocos Jubileos por categoría en los que Juan Pablo II haya participado tan de cerca. No sólo pasó con ellos toda la mañana, como ha hecho en algunas otras jornadas jubilares, sino que por la tarde se sumó a una fiesta que les ofreció en la sala de audiencias generales del Vaticano. Hoy ha sido una de las celebraciones jubilares más significativas y queridas para mí, les dijo, al final de la Misa, al ver sus rostros preñados de inocencia.

En representación de estas personas —entre los que había niños y niñas, ciegos, sordos, personas con síndrome de Down, paralíticos—, saludó al Papa Francesca, una muchacha italiana de 16 años, hidrocéfala, quien le dijo: Tu caminar cansado te hace también maestro de sufrimiento, pero de tu sufrimiento surge una sabiduría que, como la proa de un barco, surca las olas para trazar una estela que conduce al sentido de la vida y del sufrimiento.

En la Misa, los sacerdotes que acompañaban al Obispo de Roma también presentaban algún tipo de discapacidad, y con todos quiso hablar el Pontífice al final. La interpretación de la música y los cantos, preparados especialmente para la ocasión, corrió a cargo de Essagramma, una orquesta de cincuenta músicos con graves discapacidades, en la mayoría de los casos psíquicas o intelectuales. Las lecturas, las ofrendas, todos los momentos litúrgicos contaron con la participación de los peregrinos.

Juan Pablo II, antes de despedirse de ellos, consideró que la palabra discapacitados no es quizá la más exacta. Él prefirió considerarlos como personas con una habilidad diferente, pues, como había constatado en la homilía, la discapacidad no es sólo necesidad, sino también y sobre todo estímulo.

Este Jubileo se convirtió también en la oportunidad que le permitió al Papa dirigirse a los gobernantes y políticos para pedir un compromiso más eficaz: Quisiera pedir, en esta solemne circunstancia —les dijo—, que trabajéis para que se aseguren condiciones de vida y oportunidades tales, por las cuales vuestra dignidad, queridos hermanos y hermanas con discapacidad, sea efectivamente reconocida y tutelada.

En una sociedad rica en conocimientos científicos y técnicos —añadió—, es posible y es un deber hacer más con los medios que exige la conciencia civil: tanto en el campo de la investigación biomédica para prevenir la discapacidad, como en los tratamientos, la asistencia en la rehabilitación, hasta en la nueva integración social.

Al final de la Misa, el Papa, que también siente el peso del cuerpo, a causa de los años y achaques, se sumergió, saltando el protocolo, entre estos peregrinos tan especiales para abrazarlos con cariño. Las sonrisas y esperanzas en estos cuerpos demasiado impedidos para contener almas demasiado grandes —así se había definido una muchacha al saludarle— se han convertido en uno de los momentos más hermosos del Jubileo.