RetrocesoA&ONº 237/7-XII-2000SumarioTestimonioContinuar
En las manos de Dios he visto su gloria
Éste es el testimonio de fe del padre Ricardo González, jesuíta, que vive y trabaja en la provincia china de la Compañía de Jesús, y que padece un cáncer terminal
Doy gracias a Dios y, de todo corazón, a todos los que se han preocupado de mí y han orado por mí, miembros de Comunidades de Vida Cristiana (CVX), amigos y hermanos jesuítas. En las manos de Dios he pasado por el valle de la muerte y, una vez más, he experimentado la misericordia y la gloria de Dios.

- Para mí sentirme completamente en las manos de Dios es una honda experiencia espiritual (Pedro Arrupe, 3 de septiembre de 1983).

El martes 22 de agosto de este año 2000, por la mañana, al sentirme mal, decidimos ir a urgencias del Hospital de Taiwan University. Pensaba que, como en veces anteriores, sería ver al médico un rato y volver a casa a descansar. Pero, al poco de llegar, perdí el conocimiento. Al recobrarme, me encontré en la UVI, con el cuerpo cubierto de toda clase de instrumentos de reanimación, con respirador artificial, sin poder hablar y sin apenas poder levantar la cabeza para mirar el reloj.

El pasaje de Isaías 53 (el Siervo de Yahwé) empezó a flotar en mi mente. Por el dolor y la enfermedad, Dios me hacía sentir el don de estar con Jesús sufriente. Sentía que Jesús estaba en mí y yo en Él. Jesús crucificado estaba conmigo. Sentía sus manos, sus pies, su respiración, su sed… Quería, con mi dolor, compartir y aligerar el dolor de Jesús. Al mismo tiempo, pedía a Jesús y a su Madre que me acompañasen y me dieran fuerza. Este sentimiento de Jesús y María acompañándome y dándome fuerza me llenaba de agradecimiento. Así, en silencio, ofrecía a Jesús el sufrimiento de todos mis hermanos y hermanas de la UVI, y rogaba por ellos, para que Jesús los consolase.

Además, el sentirme en las manos de Dios me daba gran paz y fuerza. No era un mero conocimiento, sino un sentir hondo: el Dios que me ama me abraza sin soltarme. Cuando sentía molestias y dolor, pensaba: Estoy en las manos de Dios. Esto me daba paz y era el mejor calmante. Cada día pedía, por la intercesión de Pedro Arrupe, que Dios me diera el don de sentirme honda y completamente en sus manos. ¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Arrupe!

En la UVI, oyendo las conversaciones de los médicos y viendo sus rostros, intuía que la situación estaba lejos de ser halagüeña. Pasaba por una crisis seria y los médicos no estaban seguros de poderme salvar. Yo mismo pensé que ya no saldría de la UVI. Esta experiencia de cercanía de la muerte era una experiencia de rozar la infinita misericordia de Dios. El sentimiento de que era su hijo amado, de que Él es mi Padre amante, de que me abrazaba y yo me entregaba, confiaba y ofrecía completamente en sus manos, me llenaba de paz. En aquellos momentos, el amor de Dios me envolvía completamente, sentía su amor con todo mi corazón, no pensaba en otra cosa. No pensaba en lo que había realizado en mi vida, ni en mis fallos, insuficiencias y debilidades, sino sólo en confiarme a la piedad y misericordia de Dios. Sumergido en el amor infinito de Dios, muy en paz, le decía: Ya estoy preparado para volver a ti. Conversaba con mis hermanos con un sentimiento de despedida. Decía a Luciano Morra [su asistente] dónde se encontraban los documentos y las cosas. Hablé hondo con Beda Liu [el Provincial], le pedí perdón y le di gracias, citando al final las palabras de Arrupe: ¡Amén. Aleluya!, por el proceso de mi vida: ¡Gracias a Dios! Amén. Frente al futuro: ¡Aleluya!

- Esta enfermedad no es para muerte, sino para que se muestre la gloria de Dios y para que el Hijo de Dios sea glorificado (Jn 11, 4).

Un día en la UVI, una enfermera me dijo: Soy cristiana y ruego por ti. ¿Qué quieres que pida por ti? Entonces yo pensé que lo que más necesitaba era ser salvado (de la muerte). Pero, al mismo tiempo, no quería pedirlo. Le dije: Salud o enfermedad, todo vale. Pide que dé gloria a Dios. Toda mi vida he tenido por fin tratar de glorificar a Dios. Por tanto, en mi cama de enfermo también pedía a Dios que obrase mediante mi dolor. Que ayudase a otros a acordarse de Él y a acercarse más a Él y así glorificarle.

Sabía que muchos hermanos jesuítas y amigos rogaban intensamente por mí, y era un gran consuelo. Algunos miembros de CVX me decían que se sentían más cerca de Dios en la oración; otros, en medio de una vida muy ocupada, rezaban cada día el Rosario, con los hijos, especialmente por mí. Como quiero mucho a estos niños, daba gracias a Dios porque, por mi dolor, con sus padres, se acercaban más a Dios. Un día Pei-nan [el marido de una maestra de CVX] me dijo, al lado de la cama: Padre, cuando te pongas bien, empezaré a prepararme para el bautismo contigo. Algunos que hacen Ejercicios en la vida, me dijeron que los días de mi enfermedad habían sido un tiempo de decisiones para ellos, y estaban agradecidos a Dios por el gran don de esta experiencia preciosa. Todo esto me daba valentía y fuerza, y me ayudaba a continuar luchando para poder seguir dando tiempo a los que me necesitan, para compartir con ellos mi experiencia de fe y acompañarles en el conocimiento de Jesús. En medio de algunas molestias, esto me traía consuelo y alegría.

Durante la crisis, mi médico de cabecera pensó que esta vez sí que era ya el fin. Pero al observar mi recuperación, que pude por fin trasladarme a una habitación ordinaria y aun volver a casa en paz, no salía de su admiración. La enfermera jefe escribía que el doctor Yang, apuntando con el dedo hacia arriba, decía: Con la ayuda de Aquél.

El Señor, mediante, éste mi dolor y esta crisis, ha ayudado a algunos a acordarse de Él y acercarse más a Él, y me ha hecho experimentar que Él sigue trabajando. He visto su gloria, ¡gracias le sean dadas!

- Somos pecadores, pero como Ignacio, llamados a ser compañeros de Jesús.

Al preparar este escrito en que comparto mi experiencia de esta crisis de salud, he pensado también en lo que la Congregación General 32 dijo sobre el jesuita de hoy. Ser jesuita hoy significa saberse pecador y, a la vez, como Ignacio, sentirse llamado a ser compañero de Jesús. Sí. En medio de todo me sentía una persona limitada, sentía hondamente que era un pecador amado por Dios, muy amado, muy perdonado y muy salvado. Me sentía lleno de gozo y agradecimiento a Dios en medio de su amor y perdón ilimitado.

Ricardo González, SJ