RetrocesoA&ONº 237/7-XII-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
Ver oír... y contarlo
Mucha información, poco conocimiento
José Francisco Serrano
pserrano@planalfa.es

Con esto de la cultura mosaico, que dice Abraham Moles, uno no para de sorprenderse —el principio de la filosofía es la admiración— con la lectura de los periódicos. En el número de diciembre de la Revista de Libros, Leo Lensing, en un artículo dedicado a Karl Karus y su panfleto Die Fackel, recoge la siguiente frase de Dorothy Sayers: Consideré todo el despliegue del infierno, como algo actual que se hace visible, cuando se echa un vistazo al interior de uno mismo, o al periódico de la mañana.

Mucha información, poco conocimiento. Y no es que vivamos en la nostalgia de sistemas cognitivos de generaciones pretéritas. Ángel Castiñeira y Josep M. Lozano escribían, en el diario catalán La Vanguardia, el pasado jueves, que la "crisis de las Humanidades" sólo ha llegado a ser comprendida muy recientemente por medio de pensadores como George Steiner o Peter Sloterdijk. Este último afirmaba el año pasado que "la cultura humanista, basada en el libro y en una educación monopolizada por el sacerdote y el maestro, ha perdido definitivamente su capacidad para moldear la hombre". Resulta así, según las lumbreras del análisis cultural postmoderno, que el humus que ha generado la cultura occidental lo que ha hecho es monopolizar y no moldear.

El diario anteriormente citado publicaba el sábado 9 del presente mes una enjundiosa entrevista con el director de la Sala Stampa de la Santa Sede, profesor Joaquín Navarro Valls. Como no tiene desperdicio, aprovechemos la respuesta a la primera pregunta sobre la recta final del Jubileo: El Jubileo y el modo como se ha desarrollado explican este pontificado. Es su clave de lectura o, para decirlo técnicamente, es su clave hermenéutica. Robustecer la identidad cristiana no es encerrar el cristianismo en un gueto de verdades exclusivas. Es sólo el primer paso para un diálogo profundo con la modernidad, con sus conquistas y con sus límites. Quizás serán unos 28 millones las personas que vienen a Roma este año, y muchas han vivido una forma u otra de Jubileo en sus diócesis. Pero el problema, en el fondo, no es de estadísticas sino de apertura a la trascendencia, a salir del aislamiento antropológico al que pretendía conducir al mundo el secularismo nihilista. El Jubileo ha venido a decir que confrontarse con Dios no es sólo una necesidad, sino que es también inevitable, tanto en lo individual como en lo social o colectivo. Por eso ha sido bien recibido también fuera de la geografía católica.

Hablando de geografías, se ha construido estos días la de la denominada por los eclécticos de sí mismos nueva Europa. Cientos de páginas, miles de informaciones y de noticias han sobrevolado sobre los principios que han hecho a la propia Europa. La Comisión de Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (COMECE) distribuyó, el primer día de la cumbre, un comunicado en el que, como leemos en la agencia Zenit, http://www.zenit.org/, se afirma, entre otras cosas: La unión monetaria no es un club exclusivo sino una comunidad preparada para incrementar el número de miembros. La unión monetaria establece una comunidad irreversible de solidaridad. Las monedas nacionales han sido absorbidas en el euro. Esto requiere que, en un futuro, actuemos con gran respeto en favor de objetivos acordados comúnmente. La unión monetaria ejerce presión para una ulterior integración. El euro está acelerando la necesaria reforma estructural de nuestras economías. Sin embargo, es importante no perder de vista el interés de los miembros más débiles de nuestra sociedad.