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La comunidad humana y cristiana de
Guipúzcoa necesita no sólo sintonía con su sufrimiento o aliento para su esperanza. Espera también unos criterios morales que le ayuden a valorar adecuadamente la situación y le estimulen a un compromiso responsable ante ella. No todos estos criterios tienen el mismo calado. Es preciso subrayar con mayor energía aquellos que se refieren a los derechos humanos individuales. Lo primero es la vida, la seguridad, la integridad, la libertad de las personas. Junto a ellos conviene enunciar también, aunque no con el mismo
énfasis, otros que afectan a la situación social y política del momento presente. Hagámoslo escuetamente:
- La primera y más importante afirmación consiste en un sí rotundo a la defensa de la vida humana y un no radical y total a los asesinatos que ETA comete. Ninguna idea, ningún problema, ninguna teoría política merecen el sacrificio violento de una sola vida humana. ETA debe escuchar la voz inmensamente mayoritaria de este pueblo que le insta a abandonar definitivamente la vía de la violencia. - El espíritu del Evangelio nos pide estar muy próximos a todos los que lloran a sus muertos, víctimas de la violencia. Esta proximidad debe expresarse en gestos y acciones privadas y públicas y en medidas de algún modo compensatorias o paliativas. El respeto a estos muertos debe abstenernos de toda utilización política del sacrificio de sus vidas. |
| - Es preciso defender sin ninguna ambigüedad la libertad de las personas para profesar y propagar por medios legítimos sus ideas sociales o políticas. Castigar y atemorizar a estas personas o grupos a través de procedimientos violentos, como la lucha callejera, es moralmente detestable.
- En una sociedad políticamente plural es necesario que se expresen públicamente todas las opciones legítimas. Nadie debe considerar la suya como un dogma. Es estimable el valor para manifestar aquellas que están especialmente bajo el signo de la amenaza violenta. Pero siempre se debe evitar que la expresión de la diversidad, en vez de encaminar a un debate democrático, conduzca a una confrontación y escisión social. Estas roturas, cuando se consuman, rasgan el tejido social, rompen familias y grupos intermedios. Suponen un verdadero traumatismo. La Historia atestigua que cuesta mucho tiempo, trabajo y sufrimiento, restañarlas más tarde. Políticos y medios de comunicación social han de jugar en este punto un papel cuidadosamente responsable. Promover la definición neta es saludable; atizar la confrontación agresiva sería peligroso. - En este tiempo de tribulación es preciso reclamar a todos los partidos políticos grandeza de ánimo para subordinar efectivamente la propia política al bien superior de la paz, incluso aunque este proceder les acarree una merma de los votos. Anteponer la paz a cálculos electorales es un deber, a veces costoso, que los ciudadanos esperan ver cumplido por todos sus políticos. Es necesario que ningún partido identifique apresuradamente su programa político con las exigencias de la paz. EDUCAR PARA LA PAZ
- No podemos instalarnos en la incomunicación. En la homilía que Juan Pablo II dirigió a los políticos con motivo de su Jubileo, el pasado 5 de noviembre, dijo estas palabras: El diálogo se presenta siempre como instrumento insustituible de toda confrontación constructiva, sea en las relaciones internas de los Estados como en las internacionales. Dialogar no significa claudicar. El diálogo lleva en sí una dinámica que aproxima a los interlocutores. Es preciso practicarlo con todos aquellos que no se autoexcluyan de participar en él. El diálogo entre personas, entre grupos sociales y entre formaciones políticas es una necesidad difícilmente aplazable. La Iglesia debe alentar y fomentar estos diálogos. - Esta sociedad está necesitada de puentes que unan, no de frentes que desunan. Una gran parte de nuestra ciudadanía se siente desconcertada y descorazonada por las posiciones frentistas que observa en la vida política. Cualquier solución de futuro habrá de evitar que el frentismo cristalice en nuestra comunidad. Si queremos avanzar hacia la paz será preciso que caminemos hacia un modelo de convivencia compartido que nazca como fruto de cesiones y renuncias de todos en aras de la paz. Es larga y ardua la tarea que nos espera. Pero se resolvieron problemas más difíciles que éste en el tránsito de la dictadura a la democracia. - Defender la vida, la seguridad y la libertad de todos los ciudadanos, reclama de las autoridades autonómicas y estatales una política firme. Tal firmeza debe evitar con cuidado todo asomo de dureza que, además de resultar ineficaz, pueda soliviantar y crispar más la confrontación presente. Legisladores, jueces y Gobierno tienen aquí una delicada tarea que, en todo caso, ha de salvaguardar los derechos humanos de los penados y favorecer la reinserción social de los menores que hayan delinquido. Un Estado muestra su altura de miras en la manera de respetar incluso los derechos de aquellos que atentan contra la dignidad y seguridad de los ciudadanos. La educación para la paz es un objetivo muy subrayado en muchos colegios de la Iglesia que transmiten criterios y actitudes pacíficas a su alumnado. Los grupos juveniles parroquiales reciben una orientación semejante. Es rigurosamente falso que la diócesis de Guipúzcoa sea condescendiente con la violencia y tibia ante el terrorismo. Desgraciadamente, éste es un error que ha hecho fortuna en muchos ambientes. Pero aún nos queda un largo camino hasta llegar a la meta de la paz y es preciso que, lejos de desfallecer, intensifiquemos nuestra actividad educadora. + Juan María Uriarte |