RetrocesoA&ONš 238/14-XII-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
Con ocasión de la solemnidad de la Inmaculada
Urge una política familiar digna de tal nombre
Con ocasión de la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, y a la luz de este misterio celebrado cada año con mayor autenticidad y concurrencia de fieles, el cardenal arzobispo de Madrid hizo una apremiante interpelación sobre los compromisos del amor cristiano con la vida, con el matrimonio y con la familia. He aquí sus palabras:
La fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, vivida en el marco del Año Jubilar, nos acercó una vez más al misterio de su maternidad como momento e instrumento clave de la historia de la Salvación. En la Vigilia de las Familias, en la catedral de La Almudena, con la que iniciábamos su celebración, mirábamos a esa Madre, que ilumina toda la esperanza del Adviento del año 2000, dispuestos a sacar todas las consecuencias para la vida y para el compromiso del amor cristiano que la hora actual del mundo nos está reclamando: especialmente a la Iglesia y a las familias cristianas. Juan Pablo II, en el pasado Jubileo de las Familias, celebrado bajo el lema Los hijos: primavera de la familia y de la sociedad, nos lo ponía delante de los ojos con exquisita claridad y caridad pastorales, teniendo como telón de fondo una situación social llena de peligros para los niños y de desafíos para nosotros, y hacía traslucir uno de los dramas más actuales del hombre contemporáneo: desde la preocupación por la infancia ultrajada y explotada, hasta el eco doloroso de los hijos de matrimonios divorciados y familias rotas, y la constatación de una tendencia lamentable a negar, en raíz, el derecho más fundamental del niño a ser deseado y considerado desde el principio como un sujeto personal.

El niño no puede ser tratado nunca como un objeto, sino como un sujeto personal al que es inherente la cualidad y dignidad de la persona humana desde el momento de su concepción. No se tiene derecho al hijo —recordaba el Papa—, sino que se debe de reconocer el derecho del hijo a nacer y después a crecer de modo plenamente humano.

EL PROBLEMA, EN ESPAÑA


Con tristeza y dolor muy profundos venimos asistiendo enEspaña a una difusión creciente de concepciones y conductas en los ambientes y medios culturales y de comunicación social, que no se detiene ante la misma escuela y los centros educativos, planteadas en clara contraposición al valor insustituible que tienen para la sociedad y su futuro el matrimonio fielmente vivido en el amor esponsal y la familia que de él fluye.Con el agravante de una actuación de las instituciones y autoridades públicas en todos los niveles que, en el mejor de los casos, no pasa del límite de la pasividad permisivista; y que, en muchas ocasiones, se articula a través de medidas normativas y administrativas de claro apoyo a iniciativas de legislación y de adopción de disposiciones de gobierno, formuladas abiertamente en contra del derecho a la vida del niño y de los bienes esenciales del matrimonio y de la familia, a la que discriminan sin paliativo alguno.

Se anuncia la próxima autorización de la venta en farmacias de la píldora abortiva del llamado día después. Crecen las dudas y vacilaciones respecto a la posibilidad de que se aprueben directivas que franqueen la puerta a la manipulación de embriones humanos, en la que se incluye e implica la eliminación de los mismos —es decir, su muerte, sin más: nada más y nada menos que la muerte de un ser humano—.Se conceden exenciones fiscales y se otorga un status jurídico a las llamadas parejas de hecho, iguales y similares a los de los matrimonios y familias, legítimanente constituidas. Desgraciadamente se ha comenzado a dar pasos en esta dirección —en la equivocada dirección— en nuestra ciudad y Comunidad de Madrid. Todo ello duele y entristece, tanto más —hasta la pregunta asombrada y escandalizada—, cuanto más se echa de menos una clara y decidida política de apoyo al matrimonio, a la familia y a la vida. Desilusiona y desanima el ritmo tan tímido y lento de lo que debería ser la puesta en marcha de una política familiar, digna de tal nombre.

NUESTROS COMPROMISOS


¿Cómo no vamos a sentirnos interpelados en lo más hondo de nuestra conciencia cristiana? ¿Cómo no van a sentirse afectadas las familias cristianas de Madrid precisamente en la fiesta de Nuestra Señora, la Inmaculada, que nos quiere abrir los ojos del corazón y del alma al misterio de su maternidad, tan decisiva en el designio salvador de Dios?

Por María, la madre Inmaculada, viene siempre, año tras año, el Salvador del hombre, Jesucristo, Nuestro Señor. Por el amor esponsal, sacramentalmente fundado, alimentado en el amor de Cristo a su Iglesia, acogido y amparado en el seno de la Virgen Madre, se abre y despeja el camino de la vida, el digno de todo ser humano; nace el hombre con vocación y dignidad propia de hijo, de hijo de Dios; se ponen las bases del amor gratuito para la comunidad humana; se teje con los hilos invisibles del Espíritu y del hombre nuevo el organismo viviente de la Iglesia.

¿Vamos los católicos incluso a colaborar en esa cultura intelectual, social y política de la relativización ética y jurídica de la familia y del cuestionamiento del valor sagrado de toda vida humana? ¿O vamos, antes bien, a iniciar una nueva etapa en nuestro compromiso, privado y público, con la cultura del amor y de la vida, configurado por el Evangelio?

La respuesta no admite duda en este Año Jubilar ante la mirada de Cristo crucificado que nos hace presente con renovada insistencia: Hijo, ahí tienes a tu Madre. ¡Nos comprometemos, nos queremos comprometer, con María, ante el tercer milenio, por el matrimonio y la familia cristiana!

+ Antonio María Rouco Varela