RetrocesoA&ONš 238/14-XII-2000SumarioDesde la feContinuar
No es verdad
Primero fueron las narcosalas, y ahora se habla ya, y hasta se lee en los periódicos, de facilitar directamente cocaína... Yo no he visto nunca que un fuego se pueda apagar con gasolina, o que una inundación se evite a base de más agua. Algunos objetan, a esta tan elemental como irreprochable argumentación, que las narcosalas han servido para salvar vidas. Pues, muy bien, ¡enhorabuena! Pero yo creía que para salvar vidas estaban los médicos y los hospitales, como sigo creyendo que es un error legalizar la drogadicción.

Esas vidas podrían y deberían haber sido salvadas sin necesidad de narcosalas, sin necesidad de echar más fuego al fuego, ni más agua al agua. Pero para eso, claro, hay que hacer las cosas bien desde el principio: educativamente, familiarmente, sociológicamente, políticamente, legislativamente, y todos los otros mentes que a ustedes se les ocurran. Ya comprendo que, en este mundo que nos ha tocado vivir, en el que hay gobernantes que no gobiernan, gente que se dice maestra y no enseña, ayudantes que no ayudan, auxiliares que no auxilian..., y otras hierbas, lo que estoy diciendo puede parecer pedirle peras al olmo; pero lo que realmente es pedirle peras al olmo es creer que el problema de la droga se va a resolver con más droga. Eso es estar, y querer permanecer, en Babia. Y, en cuanto a lo de los tiempos que vivimos, no está de más recordar que somos nosotros quienes tenemos que hacerlos a ellos, y no ellos a nosotros.

Arrecia en las programaciones de televisión... o lo que sea, el descaro y la desfachatez. Lo peor que puede ocurrir es que el telespectador se acostumbre a la bazofia, y no se tome la molestia de reaccionar, y se trague lo que le echen. Es muy curioso que utilicemos, para hablar de esto, el castellanísimo y expresivísimo verbo echar. Para aviso de navegantes y advertencia de tanto incauto como circula, sin la menor brújula, por los andurriales de la pequeña pantalla, habrá que quitar la careta a tanta mosquita muerta como aletea impunemente, desplegando desvergüenza, a menudo camuflada de ingenuidad. Digamos que a los locos y locas de atar se los conoce enseguida y se les ve el plumero antes todavía. Las y los ingenuos de profesión es más fácil que engañen. Sobre todo, a los dispuestos a dejarse engañar, que son legión.

En torno a la, gracias a Dios, ya resuelta crisis en Manos Unidas, ha habido últimamente hasta sesudos editoriales de casi 30 páginas que aseguran que muchas personas afectadas están perplejas, desconcertadas, desde luego, desmoralizadas. Es verdad; pero otras muchas están, por fin, llenas de moral, ilusionadas, concentradas en su trabajo, sin el menor desconcierto ni la menor duda. Y muy agradecidas a la Iglesia, a cuyo servicio trabajan. Hablan los macroeditorialistas de problemas que atañen tanto a la manera de concebir la Iglesia. Es verdad. Ahí está la madre del cordero: en la manera de concebir la Iglesia. Confundir coherencia y sentido de la responsabilidad con dureza e inflexibilidad es un arduo ejercicio y un intento de rizar el rizo. Desde el máximo, y más sincero y verdadero, respeto a las personas, a cada persona, hay que decir que quienes antes que profesionales del servicio, son y quieren, ser auténticos cristianos, seguirán, siguen prestándolo. Los otros, como son magníficos profesionales, encontrarán sin duda su camino; pero, desde la Iglesia, hay que afirmar que una asociación pública de fieles no puede ser otra cosa —por respetable que ésta fuere— que una asociación pública de fieles.

Don Santiago Carrillo, inasequible al desaliento, ha declarado a La Vanguardia: El marxismo lo aplican ahora los capitalistas. ¡Muy bueno lo suyo, don Santiago! Pues para ese viaje no hacían falta esas alforjas...

Gonzalo de Berceo