RetrocesoA&ONš 238/14-XII-2000SumarioDesde la feContinuar
Televisión
Que le quiten el altavoz al agorero
Ya lo decía un enfermo con minusvalías importantes en Haarlem (Holanda): Sentimos que nuestras vidas están amenazadas... Nos damos cuenta de que suponemos un gasto muy grande para la comunidad... Mucha gente piensa que somos inútiles... A menudo se nos intenta convencer para que deseemos la muerte... Hay un dolor lacerante que proviene del mismo corazón de la eutanasia, y es la mirada previa e irracional que realizan los jueces-espectadores sobre sus víctimas. Una mirada invernal, carnívora, áspera. Un iris de condena que lleva implícito un dictamen irrevocable: la necesidad de que la muerte entre en escena.

Es lugar común de la, precisamente denominada, cultura de la muerte hacer que vayan de la mano esas hermanastras de Cenicienta que son la mirada y la condena. Y no debemos olvidar que hay otras manifestaciones, más tibias pero igualmente dañinas, que crean abono suficiente para producir tierra devastada. Por ejemplo, es bastante usual hacerle fiestas a la queja. La queja es el primer grano del rostro adolescente de nuestra cultura de la muerte. De todo nos lamentamos, de la aspiradora del vecino, del sistema judicial, de un recuento de votos en Florida que ni entendemos, sin saber que el que se queja pone las huellas dactilares de la corrupción en aquello de lo que habla. La televisión está tan mal, que ya no levantará cabeza, y así sentenciamos, con filípicas agoreras. Sin embargo, hemos visto que el público sabe discriminar; hay vida después de Boris Izaguirre y de su modelo de intimidad de alcoba (un programa que no podía cuajar). Tampoco mejor futuro se le ve venir al Bus, que no sabe ya dónde repostar. Pero su desaparición no va a llevar consigo el arrastre de todo el sistema. Prueba de que a la televisión le quedan espacios donde pastar es que todavía hay profesionales que convocan reuniones internacionales para abrir regueros de imaginación en tierras abrasadas.

Hace poco tiempo hubo un encuentro de especialistas de la comunicación en Barcelona, con el título Miniput 2000. Se presentaron algunas ideas espléndidas, como la de los microprogramas, espacios tan breves como algunos cuentos de Monterroso. Es el caso de Nilsson & Larsson, cápsulas de pocos minutos creadas en Finlandia para educar a los niños, o como Boubou l’intrus, de Burkina Faso, destinado también al público menudo, donde aparecen, a modo de reportaje, las escenas más entrañables y ordinarias de la vida familiar, o El quite, una serie dramatizada presentada por TVE, que tiene una tramoya de valores verdaderamente humanos. La televisión no es que esté mal, es que hay productos que son como las bombillas baratas, que se funden nada más ponerlos y necesitan el sustituto de los halógenos. Y si nos quedamos en la queja, nunca tendremos luz.

Javier Alonso Sandoica