RetrocesoA&ONš 238/14-XII-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
Tercer Domingo de Adviento
¿Qué debemos hacer?
El evangelio de este domingo comienza con una pregunta que parece surgida de la nada, ¿Qué haremos?, y que posee un evidente sentido moral: ¿Qué debemos hacer? Esta pregunta surge ante la predicación del Bautista, que momentos antes, después de calificar a sus oyentes como raza de víboras, les exige frutos dignos de penitencia. Si quieren bautizarse para escapar eficazmente de la ira de Dios, que envía al Mesías para purificar a su pueblo, deben practicar la caridad, no codiciar los bienes ajenos ni hacer extorsión a la gente con la fuerza de las armas. Sólo así, las turbas, los publicanos y los soldados podrán acogerse a la justicia y misericordia divinas.

Con esta misma pregunta, ¿Qué debemos hacer?, hemos de responder hoy a la poderosa llamada a la conversión que nos dirige el tiempo de Adviento. El cristianismo es siempre respuesta a la Palabra de Dios que nos interpela y juzga como Buena Nueva de salvación. El mismo día de Pentecostés, cuando Pedro se dirija a la gente para anunciarles la obra definitiva de Dios en la muerte y resurrección de Cristo, sus oyentes, con el corazón roto de arrepentimiento, preguntarán: ¿Qué debemos hacer? Pedro les mostrará entonces lo que Juan el Bautista sólo puede anunciar como una promesa: Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados y recibiréis el Espíritu Santo.

Ahora, en el Jordán, cuando el Bautista prepara el camino del Señor, su predicación tiene un carácter de juicio inminente. La llamada es la misma, y la respuesta exige un cambio radical de vida, lo que san Lucas llama frutos dignos de penitencia. Sólo así se puede recibir al Mesías y hacerse digno de ser trigo en su granero guardado para la eternidad. El Cristo que viene con el bieldo en su mano para limpiar la era puede sobrecoger a quienes viven haciendo paces con la injusticia, la codicia y el desamor; sobrecogerá sin duda a cuantos se aferran a esta vida con los mismos vicios que Juan fustiga en sus invectivas contra los que le escuchan con apariencia de justos pero sin querer convertirse, apelando incluso a ser hijos de Abraham. La Buena Noticia no es dulce, meliflua y complaciente noticia que alaga los oídos del hombre y le deja impertérrito ante la urgente necesidad de conversión. La Buena Noticia de Juan en el desierto participa ya de la fuerza que tiene la Palabra de Dios para sacudir nuestras conciencias con el viento impetuoso del Espíritu que mueve el bieldo de Cristo para limpiar y purificar su era.

+ César Franco