RetrocesoA&ONš 238/14-XII-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
Año de Gracia
Los males que en nuestros tiempos han venido sobre nuestro pueblo cristiano, es mucha razón que despierten nuestro profundo y peligroso adormecimiento que del servicio de nuestro Señor y del bien general de la Iglesia y de nuestra particular salvación todos o casi todos tenemos, para que con ojos abiertos sepamos considerar la grandeza del mal que nos ha venido y el peligro que nos amenaza y pongamos remedio, con el favor divinal, en lo que tanto nos cumple. El Señor dice que tiene cuatro juicios: hambre, pestilencia, espada de enemigos y dientes de bestias fieras, con los cuales castiga a su pueblo cuando le parece ser justo. Mas, si nuestro mal fuera alguno de aquéstos o todos cuatro juntos, ni fuera tan justo nuestro dolor ni tan culpable la negligencia de no ponelle remedio, porque, en fin, todo lo que hiere en lo temporal, cosa es de poca estima entre cristianos y que toca en la ropa de fuera, y por eso daña poco. Y muchas veces está tan lejos de ser dañosa la pérdida de ello, que aún más hace provecho, porque nos despierta a sentir y remediar los males espirituales, que son verdaderos, a los cuales estábamos muertos y sin sentido, y con el golpe que nos hiere en lo temporal recordamos y cobramos el sentido de lo espiritual, que estaba perdido, con lo cual se nos torna verdadero regalo de padre lo que parecía azote de justo juez.

Juntóse también el engaño de falsos profetas; unos, abiertamente engañaban al pueblo, diciéndoles que dejasen la creencia y el culto del verdadero Dios y adorasen los ídolos; y otros, aunque no enseñaban contra la fe y conocimiento de Dios, mas engañaban al pueblo en las cosas tocantes al bien obrar, ensanchándoles mucho las conciencias, no reprendiendo sus vicios, aprobando lo que el pueblo hacía. No nos maravillemos, pues, que tanta gente haya perdido la fe en nuestros tiempos, pues que, faltando quien apacentase el pueblo con tal doctrina que fuese luz y lo fundase bien en la fe y encendiese con fuego de amor divinal, aun hasta poner la vida por la confesión de la fe, y sucediendo, en lugar de esto, las doctrinas ya dichas, síguese que los que tenían en poco las cosas eclesiásticas y medios para alcanzar la virtud, cayesen como soberbios, y los que no curaban sino de las cosas exteriores, cayesen como flacos, y los tibios fuesen vomitados de la boca de Dios, y llevase el viento pajas.

San Juan de Ávila
de Memorial al Concilio de Trento