RetrocesoA&ONš 238/14-XII-2000SumarioEspañaContinuar
Un injusto olvido clamoroso
Me dan miedo —dijo, entre otras cosas, el cardenal Castrillón— algunas figuras sacerdotales que se dedican a estudiar el sacerdocio más que a ser sacerdotes. En un sacerdote no puede haber oración sin predicación, ni viceversa. Si el sacerdote cree conocer las angustias y esperanzas de los hombres sólo a través de la prensa y la televisión, no cumplirá su misión más honda. Así lo entendió san Juan de Ávila. ¿Cómo no iba a ser atípica y eficaz la evangelización española de América, si partía de un crisol de fe como el del Siglo de Oro español, con santos como Juan de Dios, Juan de la Cruz, Ignacio de Loyola, Pedro de Alcántara, Francisco Javier, Fray Luis de Granada, a todos los que, curiosamente, asesoraba Juan de Ávila? El oro del Siglo de Oro español, sin Juan de Ávila, hubiera tenido menos quilates.

Grandes personajes de la Iglesia —añadió también el Prefecto de la Congregación para el Clero— saben mucha teología y muy poco catecismo. No hay peor idólatra que el teólogo que cree que lo sabe todo de Dios; eso significa que se ha fabricado un Dios muy pequeño. El sacerdote es, o debe ser, un comunicador nato; hoy en Internet, donde hay gente navegando a la búsqueda de cosas, y de nosotros depende que en esa navegación encuentren a Dios.

En rueda de prensa, el cardenal señaló que, gracias a Dios, parece superada globalmente la crisis sacerdotal en el mundo; en Europa todavía perdura, aunque en algunos países, como España, se advierte una incipiente pero clara y esperanzadora recuperación. Los más de 20.000 misioneros españoles hablan claro de la vitalidad eclesial española.