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José Francisco Serranopserrano@planalfa.es Fue Alejandro Manzoni quien escribió estas palabras sobre los Hermanos Capuchinos, en su obra Los novios: La condición de los capuchinos era tal que nada les parecía demasiado bajo, ni demasiado elevado para ellos. Servir a los ínfimos, y ser servido por los poderosos, entrar en palacios y en tugurios, con el mismo porte de humildad y franqueza, ser a veces, en la misma casa, un sujeto de pasatiempo, y un personaje sin el cual nada se decidía, pedir limosna por doquier, y hacerla a todos que la pedían en el convento; a todo estaba acostumbrado un capuchino. Yendo por el camino, podía igualmente tropezar con un príncipe que le besaba reverentemente la punta del cordón, como con una banda de granujas que, fingiendo llegar a las manos entre sí, le enlodaban la barba con barro. La palabra "fraile" se profería, en aquellos tiempos, con el mayor respeto, o con el más amargo desprecio; y los capuchinos, quizás más que ninguna otra Orden, eran objeto de los dos contrarios sentimientos, y experimentaban las dos contrarias fortunas; porque, no poseyendo nada, llevando un traje extrañamente distinto del común, haciendo más abierta profesión de humildad, se exponían más de cerca de la veneración y al vilipendio que esas cosas pueden traer según los diversos humores, y el diverso pensar de los hombres. Más que informar sobre el dramático suceso del madrileño convento de los capuchinos de Medinaceli, en el que un religioso, en claro estado de enajenación mental, asestó una serie de puñaladas a un hermano de religión, para, posteriormente, suicidarse, hemos asistido en varios medios de comunicación a un ensañamiento informativo que tiene más que ver con el encarnizamiento de las pasiones públicas, que con el interés real de la audiencia. Alguien tiene que mostrarnos, todavía, el estudio de mercado en el que se concluye que una significativa porción de la audiencia señala sus preferencias por las horribles, inhumanas y atroces imágenes de la muerte y su drama en estado impuro. |
| El proceso de información sobre este hecho cierto se ha convertido, con una cantinela de tonos rojos y negros, en doble proceso de victimización de la víctima. Muestra de ello es la suculenta página del diario El País, el pasado domingo, con el título Navajazos en el convento, que, además de instigadora de las más variadas curiosidades, conjuga los más estereotipados demonios anticlericales. Perdónenme, pero no seré yo quien reproduzca ninguno de sus párrafos. Queda ahí la advertencia. La sentencia del Tribunal Constitucional 171/1990, de 5 de noviembre, señala que la libertad de información, en relación con el derecho a la intimidad y al honor, prevalece siempre que la información sea veraz y que su contenido afecte al interés general del asunto; de otra forma, el derecho a la información se convertiría en una cobertura formal para, excediendo el discurso público en el que debe desenvolverse, atentar sin límite alguno y con abuso del derecho al honor y a la intimidad de las personas, las afirmaciones, expresiones o valoraciones que resulten injustificadas por carecer de valor alguno para la formación de la opinión pública sobre el asunto de interés general que es objeto de la información.
El diario El Mundo, en su edición del pasado sábado día 16, formulaba una pregunta en el titular principal de la sección de Televisión: ¿Cómo deben tratar las TV las tragedias? Silvia Taules, autora de la información, escribía: Accidentes, asesinatos, inundaciones. Son tragedias personales que aparecen continuamente en televisión. Por este motivo, el Consell Audiovisual de Catalunya (CAC) reclama mayor responsabilidad a las cadenas, y pretende regular el tratamiento informativo que se da a las tragedias personales. (...) Salvador Alsius, Decano del Colegio de Periodistas de Cataluña, también se muestra a favor de la autorregulación, y propone un truco para informar de forma más adecuada: "Editar siempre las imágenes y utilizar siempre los planos que tendría una persona que esté en el lugar de los hechos, es decir, no utilizar el zoom". Quizá fuera suficiente aplicar alguno de los artículos del Código deontológico de la FAPE. Por ejemplo, el 4b, que dice: Sin perjuicio de proteger el derecho de los ciudadanos a estar informados, el periodista respetará el derecho de las personas a su propia intimidad e imagen, teniendo presente que: en el tratamiento informativo de los asuntos en que medien elementos de dolor o aflicción en las personas afectadas, el periodista evitará la intromisión gratuita y las especulaciones innecesarias sobre sus sentimientos y circunstancias. |
| En el caso que nos ocupa, hemos leído, en el servicio de noticias Infomadrid, el comunicado que el cardenal arzobispo de Madrid y sus obispos auxiliares hicieron público, en el que expresaban su más sincera cercanía a la Comunidad de religiosos y en el que se unían al dolor de toda la Orden Religiosa. Los hechos afirma el texto episcopal, provocados por una situación de clara enajenación mental del religioso que agredió a su hermano de Comunidad, han podido causar desconcierto en la conciencia de muchos católicos y en la opinión pública. Situaciones como la presente nos llevan a acogernos aún más confiadamente al amor y a la misericordia de Dios, y a seguir poniendo nuestras vidas a su servicio y al de los demás. Que Dios conceda el perdón y el descanso eterno al religioso fallecido y acompañe con su fortaleza al gravemente herido. Y que la gracia que nos ofrece a todos en la ya cercana Navidad nos ayude a convertirnos más a Él y a gozar de su auténtica paz.
Una Comunidad religiosa es una familia. Sólo las familias que han sentido y consentido en su seno a un miembro con problemas psicológicos, salvados los pertinentes tratamientos y sin la tentación de arrojarlos al más frío manicomio, es capaz de comprender la realidad de lo que ha significado la convivencia para estos hermanos en religión. En el último número de la revista 30 días, el filósofo Massimo Borghesi, glosando la aún no publicada en español obra de Jacques Le Goff sobre San Francisco de Asís, reproducía este delicioso párrafo de la Carta a un ministro, del santo de la paz y de la alegría: Y en esto quiero conocer si tú amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si hiciera esto, a saber, que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado tanto cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, no se marche jamás sin tu misericordia, si pide misericordia. Y si él no pidiera misericordia, que tú le preguntes si quiere misericordia. Y si mil veces pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí para esto, para que lo traigas al Señor; y ten siempre misericordia de tales hermanos. |