RetrocesoA&ONº 239/21-XII-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
El doblete jubilar de la Iglesia
en Cantabria
Cuando Juan Pablo II firmó su carta apostólica Tertio millennio adveniente, como preámbulo preparatorio del Jubileo del año 2000, dejó ya escrito en sus páginas un encarecimiento a las Iglesias locales para que cultivaran, en ocasión del Jubileo, su propia historia, el patrimonio de su memoria como comunidad cristiana histórica y real (TMA 25). Era una consecuencia obligada del carácter histórico de la encarnación de Jesucristo, origen de la propia Iglesia y núcleo central de las celebraciones jubilares. Dos mil años para el cristianismo y el tramo de historia que corresponda a cada una de las Iglesias que componen la unidad de la Iglesia católica y romana.

La invitación del Papa llevaba fecha de noviembre del 1994. Al cerrarse ahora los fastos jubilares, seis años después, puede decirse que las Iglesias no han echado en saco roto la recomendación papal. Uno de los capítulos más lúcidos del Jubileo, en su versión local o diocesana, ha tenido que ver con esa dimensión histórica de la Iglesia. El arte sacro y religioso, en múltiples y meritorias exposiciones, ha sido el principal venero para ilustrar la corporeidad cronológica, geográfica y cultural de las comunidades cristianas sembradas por el ancho mundo.

En este punto las diócesis españolas no han ido a la zaga. Han competido en esmero y originalidad en el afán por mostrar el perfil encarnado de su propia historia. Jaén, Sigüenza, Santiago, Granada, Salamanca, Santander, Ciudad Rodrigo, San Sebastián, amén de otras ciudades y villas han participado en esa demostración de sus propias raíces históricas y locales.

Pero parece de justicia destacar y ponderar el caso de Cantabria, que no se ha contentado con una excelente exposición articulada en tres edificios dentro del casco histórico, envidiable, de Santillana del Mar, sino que ha conseguido complementar tal exposición con la edición de un muy respetable volumen sobre el devenir del acontecimiento cristiano en nuestra región, como escribe el obispo, monseñor Vilaplana, en su presentación. Es decir, que Cantabria ha hecho doblete; que concluye la experiencia jubilar habiendo enriquecido su memoria y su patrimonio cultural con una exposición y su catálogo, que son síntesis de su creatividad artística y religiosa, y con una historia escrita que es radiografía, archivo, vivencia y pulso de su propio caminar a través del tiempo. No es mala cosecha la recogida en Cantabria.

Puesto que ambas iniciativas tratan de acotar la dimensión histórica y real de la encarnación del cristianismo cántabro, no será ocioso aportar los datos de tal contribución, que no es ninguna fruslería. 716 páginas de historia y 431 de catálogo. Y más de cinco kilos de peso para ambas publicaciones. En 27 capítulos o estudios se articula la historia. En 20, las largas glosas que acompañan el recorrido de la exposición. Claro que el mérito no está en estos datos periféricos. Pero son cifras para la dimensión de encarnación de lo cristiano en Cantabria. Al son de los dos mil años de la encarnación de Jesucristo en la historia humana.

Joaquín L. Ortega