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JOSÉ: SÓLO ME MIRA A LOS OJOS
Y digo yo que quién nos mandaría salir de casa precisamente en estos días. ¡Con lo bien que esta mujer podría haber dado a luz en Nazaret! Pero claro, resulta que hay que dejar bien a los profetas, y hasta el César de Roma tiene que inventarse esta historia del censo para que todo cuadre. ¡Menudo rompecabezas! Y no es que yo tenga nada en contra. Ni dudas ni nada. Con las explicaciones que me dio el ángel cuando yo me marchaba de la casa de María, tengo más que suficiente. Que ha concebido por obra del Espíritu Santo me lo creo a pie juntillas; pero ya que uno tiene que hacer de padre putativo, por lo menos que la madre y la criaturita lo tengan todo a pedir de boca. Y no este desbarajuste. Primero el viaje, luego la cola esa del empadronamiento y ahora, para remate, tener que meterse en un establo. Y a todo esto, yo, que no me he traído del taller ni un mal martillo. Porque, si yo tengo aquí la herramienta, en cuatro golpes organizo una cuna con las tablas de ese mismo pesebre, que le quedan al chaval como el mismísimo trono de David. Que eso es lo que a mí me dijo el ángel, que se iba a sentar en el trono de David. ¡Hay que echarle fe a estas cosas! Para dar a luz, aunque María tenga que ser madre sin dejar de ser virgen, en ningún sitio como en casa. Allí hubiese tenido su buen caldito. Allí podía haberla atendido su prima Isabel |
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Y el caso es que ella está como si hubiese tomado flor de malva. Como si todo este desbarajuste no fuese nada con ella. Ni se queja de nada, ni pide nada. Sólo me mira a los ojos y me dice: José, que ya está cerca. Y me lo dice con un como calor que se me pone el nudo en la garganta.
Bueno, que, por lo que veo, falta cada vez menos y me va a pillar a mí embobado después de estar esperando nueve meses día tras día. Con las pajas y los trastos que hay aquí le voy a hacer yo a este Hijo una cuna como no se la imagina. Y, a falta de calor, voy a arrear un poco a la mula y el buey para que se acerquen; y mañana le diré al posadero, que nos ha dicho que nos metiéramos aquí, que he echado mano de las bestias para eso. Lo que es por mi culpa no se va a quedar sin cumplir ni una sola profecía. Y, en cuanto lo vea, que por como me mira esta mujer debe de estar a punto de ocurrir, se me va a llenar la boca llamándole Emmanuel, que es como nos dijo el ángel que había que llamarle. MARÍA: ¡Y YO TENGO EL CORAZÓN QUE ME ESTALLA!
¡Que grande es el Señor! ¡Qué grande y qué bueno con su esclava! A mí me hubiera gustado que todo fuera de otra manera..., pero ¡cuánto mejor así! Tendrá el nacimiento que él ha querido. Ni más ni menos. Si yo sabía que tenía que ser así. Lo que pasa es que una madre no acaba de hacerse a la idea. Y yo tengo el corazón que me estalla ya de secretos. Bueno, de secretos y de impaciencias, porque no veo ya el momento de apretármelo contra el pecho y de llenarlo de besos. Y no es que me sienta incómoda, no. Ni un mal dolor me está dando este Hijo. Esos vendrán luego todos juntos, que eso sí que es una espina que tengo clavada en el corazón. Pero lo que es hasta ahora Siento sólo como un calor por toda la sangre, como cuando metes la mano en un nido. Y eso es lo curioso, como si todo esto ya me hubiera pasado otra vez. O muchas veces; no sé. Yo veo que éste mi José se afana y se afana, el hombre. Y va a ser dentro de un instante porque lo siento yo por dentro de la sangre. Y, además, sé que va a ser como cuando el sol entra por la ventana, que no te enteras de por dónde ha entrado, hasta que, de pronto, todo se ilumina. ¡Pero seré yo tonta que ahora parece como que me da pena que nazca! Han sido nueve meses tan hondos. Sentirle, así, hospedado en mis entrañas viéndole crecer como quien dice. Y hablando a todas horas con él como por dentro sin tener que decir una palabra. Y ahora, ya, cuando me le vea en el regazo, ¿qué tengo que decirle? ¿O no tendré que decirle nada? ¿Mejor adorarlo como a mi Dios o llenarlo de besos como a mi hijo? Y ¿por qué tener que andar dándole vueltas? A fin y al cabo. Él ha querido empezar a ser como cualquiera y como todos. Así que, una vez que me lo vea delante, voy a envolverlo en estos pañales y voy a decirle lo mismo que todas: Hijo mío. Eso sí, le voy a apretar fuerte contra el corazón para que sepa desde el primer momento que le mantengo mi promesa, y que puede hacer de mí y en mí según su palabra. |