RetrocesoA&ONº 239/21-XII-2000SumarioCriteriosContinuar

Más Luz y menos luces
Arrecian vientos culturales que soplan a favor de una Ilustración que —dicen— hay que rehacer, como si fuera la madre de todos los bienes. Incluso un Rector de Universidad, recientemente, reclamaba la necesidad de tender puentes hacia la Ilustración, de donde —según él— arranca la construcción del pensamiento occidental moderno basada en la idea de dignidad de la persona. Constataba el grave deterioro a que ha llegado hoy esta dignidad, pero curiosamente lo achaca a que todavía quedan muchas acciones pendientes y muchas pretensiones de humanidad sin realizar, reconociendo que vivimos un tiempo donde los ideales ilustrados —concretados en libertad, igualdad y derechos humanosse enmascaran desde el pensamiento único y desde la pretensión de hacer inevitable un economicismo asfixiante de la creatividad, de la autonomía, y en definitiva de la dignidad de todos los hombres. ¡Como si esa asfixia de todo lo humano no fuera, precisamente, la lógica consecuencia de esos presupuestos ilustrados basados en una curiosa idea de dignidad de la persona carente absolutamente de raíces! Hay quien cree que Pico de la Mirándola es el genio de la lámpara maravillosa de la dignidad humana, como otros creen que la libertad apareció en la Inglaterra del siglo XVIII.

Como reconoce que los tiempos presentes son asfixiantes para el hombre, propone rehacer la Ilustración. ¿Para qué?, habría que preguntar; ¿para arrancarle a la dignidad de la persona alguna raíz que le quedara sin arrancar entonces? Efectivamente, los ideales de la Revolución Francesa, libertad, igualdad, fraternidad, están grabados a fuego en el corazón del hombre, ¡pero, ¿por Quién?! ¿Nos los hemos grabado los hombres modernos a nosotros mismos? Se dice que esta idea de dignidad de la persona arrancó en el tránsito a la modernidad y llega hasta este umbral del nuevo milenio. ¿Y los milenios —habría que recordar—, cómo se cuentan; de dónde arrancan?

A las puertas del tercer milenio cristiano vale la pena rehacer —más bien dejar que nos rehaga—, no una Ilustración que olvida sus raíces, sino justamente esas raíces que tienen un principio concretísimo y que ha dividido la Historia en dos: el nacimiento de Cristo, la Navidad de la que todo el mundo habla, pero que hoy resulta terriblemente irreconocible en las palabras, y no digamos en sus reclamos publicitarios. Los hombres del Renacimiento, todavía, reconocían la Navidad: ¿Qué puedo yo, Señor, si no vienes a mí con tu inefable y acostumbrada cortesía?, decía Miguel Ángel Buonarotti, heredero de quince siglos de esa Luz que es Cristo, creadora no de una idea de dignidad humana, sino de la realidad del hombre nuevo con toda la grandeza de su verdadera dignidad. ¿Serían estas palabras, no ya probables, sino posibles siquiera, sin Cristo?

Antes del acontecimiento cristiano —en Alfa y Omega lo hemos proclamado y reiterado desde nuestros comienzos—, el hombre sólo era considerado, sólo tenía derechos, en su pueblo. Si moría, por ejemplo, fuera de su patria, ni siquiera era enterrado su cadáver, que se convertía en pasto de los animales. Con el advenimiento de Cristo nace una Humanidad nueva. Lo que define al hombre no es ya la raza, ni la condición social, ni las capacidades intelectuales o morales... Lo que te define a ti como persona humana es tu pertenencia al Hijo de Dios, que se ha hecho Hijo del hombre, justamente, para que tú seas hecho hijo de Dios.

La vinculación al cristianismo del reconocimiento de la persona humana como un absoluto es un dato de la Historia que no se puede negar. Como es innegable que el proceso de descristianización del Occidente moderno coincide con el que le ha llevado a ese economicismo, asfixiante de la dignidad de todos los hombres.

Está ante los ojos de todos lo que sucede cuando deja de apreciarse la vida tal y como se nos ha manifestado en ese Niño, nacido de Santa María Virgen, quien lo abraza y lo adora con estupor infinito. Sin ese aprecio por la vida misma de la persona, pronto se desmoronan los más, aparentemente, sólidos valores morales y todos los derechos humanos. Basta mirar lo que está sucediendo a nuestro alrededor. ¿Qué es lo que cuenta para la mirada del mundo contemporáneo? ¿La verdad? ¿Cuenta, en el fondo, algo la justicia? ¿Acaso cuentan los ancianos, a los que se pretende dignificar con la eutanasia; o los seres humanos en estado embrionario que no dan la talla, o que sobran, condenados a muerte; o los niños malformados, o los deshauciados de los hospitales...? En el Niño de Belén, hasta el más pobre e indigente de los hombres descubre el valor infinito de su vida.

Sería una imperdonable torpeza dejar pasar la Navidad, y especialmente este año del dos mil aniversario del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, fijando la atención en todo, menos en eso. Es estar ciegos, por muchas luces que se enciendan por fuera, o muchas iluminaciones que nos inventemos por dentro. Sería, ciertamente, cerrar los ojos a la vida, en lugar de contemplarla con asombro creciente.