Nuestros gitanos
Al paradigma gitano, como pioneros del pluralismo cultural, dedicó una experta ponencia don Manuel Martín Ramírez, que preside en España la Asociación nacional Presencia gitana. Lo hizo en un marco propicio: la semana monográfica que ha dedicado la Fundación Santillana a la educación a favor de la dignidad humana. Dirigidas siempre por su inventor, don Ricardo Díez Hochleitner, que sabe de educación todo y algo más, las quince semanas ya celebradas significan una continuidad que era, antes, infrecuente entre nosotros; buena señal es tan larga vida. Tal vez, alguna próxima podría inclinarse sobre la trascendencia, sobre el espíritu, las almas y los valores eternos de los que antes se nos suponía portadores; sobre la educación y la fe religiosa, en suma. No habría otro tema más profundo; ni quizá, más polémico.
Vinieron, nos enseñó don Manuel, a principios del siglo XV como cristianos que peregrinaban a Santiago y al terminar esa centuria no eran, en toda España, más de mil. Imposible parece que número tan pequeño provocase en 1499 la pragmática de Madrid que abrió, nos dice, una persecución asimiladora, represiva y excluyente sobre quienes, sin embargo, han sido, desde su llegada, según el conferenciante, españoles con los españoles antes de que España se configurase como el primer Estado moderno. Sobre ellos llovieron luego nuevas amenazas. La más brutal, otra pragmática de 1740 con la que don Fernando VI lanzó una redada general contra quienes defendían su diferencia y se negaban a ser sólo vasallos como los demás. Después no los trataron mejor ni la Ley de vagos y maleantes de la II República ni la de peligrosidad social del franquismo. Quien esté libre de pecado
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Vengamos al presente: viven en España casi un millón de romá/gitanos que son un tercio de todos cuantos habitan la Unión Europea; de ellos, casi la mitad tienen menos de 16 años y no llegan a cinco sobre cien los que cumplen los 65. Y más: sedentarios ya casi todos, ocupan el 95% de las chabolas que rodean las grandes ciudades y, en menos de 50 metros cuadrados, viven familias cuyo tamaño medio es de 5,4 miembros, frente al promedio nacional de sólo 3,7 personas. Lo más grave en una semana educativa: el 70% de los adultos gitanos carecen de instrucción, y el 60% de los niños no van a la escuela. Al menos, desde 1986 los presupuestos nacionales dedican 500 millones al desarrollo del pueblo gitano, al que así la ley reconoció como tal pueblo; pero la peseta vale ahora la mitad y el pueblo se ha duplicado. Porque el dato dado por don Manuel es abrumador: mientras España envejece y se aboca a perder un millón y medio de su censo en los próximos 30 años, la población gitana pudiera alcanzar en el mismo período los cuatro millones de personas. O sea: pronto puede ser romá/gitano uno de cada diez españoles.
No ignora don Manuel, sin duda, el recelo que la mala conducta de algunos gitanos producen en los payos: desde el tirón nuestro de cada día hasta el bárbaro y excepcional, gracias a Dios homicidio de una joven en flor. No desconoce tampoco que los medios informativos han ganado tanto en discreción que casi siempre se pasan ya de prudentes, y no suelen mencionar la etnia de aquel ladronzuelo o de este asesino, cuando en cambio no dudarían en hacerlo si fueran miembros conocidos de cualquier Autonomía o provincia; si fueran, por ejemplo, gallegos o alicantinos. Es posible que todo ello sea corregible por la vía educativa, tanto de los unos domo de los otros. No será empeño fácil; y por tanto urge acometerlo.
Es mal común y hasta universal. El pasado 22 de noviembre, un editorial del New York Times se titulaba exactamente Maltrato a los gitanos y, después de citar el indigno muro de la vergüenza que en una ciudad checa separa a los gitanos de los demás, daba un ejemplo peor y más próximo: que los gitanos inmigrantes e incluso algunos de los cientos de miles nacidos en Italia viven en misérrimos campos, separados del resto de la población italiana, en la mayoría de los casos sin agua ni electricidad. Ocurre que la sociedad italiana desprecia abiertamente a los gitanos y gente que nunca los vio les teme como a los ladrones.
Por ello, bien venga este grito de alarma. Muchos ha oído quien aquí firma, lanzados con elocuencia en el Parlamento Europeo por don Juan de Dios Ramírez Heredia. Todos serán pocos para remediar una injusticia que no disminuye porque otros también la practiquen.
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