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La imagen de un péndulo que oscila de un lado a otro resulta a veces sumamente atractiva para analizar las distintas tendencias filosóficas que explican la historia del pensamiento humano. A finales del siglo XIX y principios del XX, el ambiente filosófico triunfante puede encuadrarse dentro de coordenadas definidas por el materialismo, el excesivo culto del cientifismo, el empirismo y, en general, por un plano positivista. Este tipo de visión dificultaba y, en ocasiones, impedía el natural salto de la razón a la transcendencia; llegando a negar, incluso, el horizonte metafísico de lo real. La reacción no se hizo esperar. El péndulo estaba, de nuevo, a punto de desplazarse en la otra dirección.
Por muchas que fuesen las diferencias de criterio entre unos y otros defensores de la senda que podríamos llamar antiintelectualista, todos ellos presentaban, al menos, un rasgo común: buscar una vía distinta a la de la sola razón en la indagación de la verdad. Surgirán, así, el intuicionismo de Henri Bergson, el vitalismo de Dilthey, la reflexión sobre los valores de Scheler, o la fenomenología de Husserl, por citar sólo algunas de las corrientes que intentan ofrecer alternativas a esa filosofía decimonónica burdamente materialista. En ese mismo tiempo, la filosofía cristiana asistía a un renacimiento de la escolástica, aplaudido y fomentado por la encíclica Aeterni Patris, de León XIII, texto en el que, de manera tan sutil como contundente, se recordaban las funciones propias de la filosofía y la teología, situando a santo Tomás de Aquino como paradigma de filósofo cristiano. La polémica sobre el modernismo, por otra parte, abonó el terreno para el nacimiento de una corriente apologética en el seno del cristianismo, que trataba de sustentar racionalmente la fe. Tal fue la tarea que abordó el pensador francés Maurice Blondel (1861-1949), quien procuró estudiar la realidad más inmediata al hombre, la acción, desde una visión de fe que no siempre fue objeto, a lo largo de su vida, de total comprensión. En Blondel encontramos, pues, al apologeta que da razones de su fe y al filósofo que, dejando de lado el conceptualismo racionalista, se vale de un conocimiento concreto que se consigue viendo al hombre en acción. |
| RAZONAMIENTO DE UN CREYENTE
En el mensaje remitido por Juan Pablo II, en 1992, a los asistentes a un congreso que conmemoraba el centenario de la publicación de L´Action, la obra clave para entender el discurso blondeliano, el Papa decía que, en un mundo en que el relativismo y el cientifismo aumentaban, la tesis de Blondel era preciosa por su búsqueda de unificación del ser y por su preocupación por la paz intelectual. Añadía el Pontífice que el pensamiento de Blondel es el razonamiento de un creyente dirigido a los no creyentes, el razonamiento de un filósofo sobre lo que supera la filosofía. En lo más profundo del sistema blondeliano late el deseo de fundamentar una filosofía que se sitúe en los límites de lo sobrenatural y se complemente armónicamente con la fe, como don gratuito de Dios. No es extraño, pues, que Blondel comenzara su obra cumbre planteando dos interrogantes que nos son a todos muy íntimos: si la vida tiene un sentido y el hombre, un destino. Blondel procede con un método que puede calificarse de fenomenológico. En él, lo primero es la acción, sustituyendo el yo pienso por el yo actúo. Blondel intenta huir tanto del racionalismo extremo como de un mero psicologismo que reduzca la acción a puro subjetivismo. Él indaga lo que hay de verdad en cada acción, verdad objetiva y permanente, que lleva a un conocimiento de carácter metafísico, de explicación de las causas últimas de las realidades. El propio Juan Pablo II indica que la originalidad de Blondel reside en que abarca la acción humana en todas su dimensiones individual, social, moral y, sobre todo, religiosa y en que muestra la conexión íntima de estos difererentes aspectos. La inquieta búsqueda de trascendencia que manifiestan las obras de Maurice Blondel se concreta en la original intuición de que el hombre necesita fundar su obrar, su actuar, en lo absoluto, para transcurrir por su vida con un sentido pleno y plenificante. Hasta ahí, hasta el umbral de la trascendencia y lo sobrenatural, llega la filosofía. A partir de ahí, la fe toma el relevo para garantizar que la vida humana tiene su destino en Dios. Fe y razón ni se contraponen, ni se superponen: se ayudan circularmente. De nuevo se hace necesario recurrir al texto de Juan Pablo II dirigido a los estudiosos de Blondel, para mejor entender este aspecto clave de la filosofía blondeliana: En una época en la que el racionalismo y la crisis modernista desnaturalizaban la Revelación y amenazaban la fe de la Iglesia, Maurice Blondel recordaba, en una visión positiva, que la acción permite vislumbrar el obrar divino, "comprometido con nuestra carne", así como el vínculo entre el misterio de la gracia divina y la conciencia o la acción del hombre. La propia vida de Blondel es una magnífica muestra de coherencia entre su pensar y su actuar. Dividida su pasión como hombre entre el cultivo de una sólida filosofía y la recia adhesión a la creencia cristiana, Blondel dio cumplido ejemplo de doble fidelidad a su intuición filosófica y a su fe católica, a pesar de las muchas críticas que se formularon a sus tesis. Los filósofos y los teólogos actuales que estudian la obra de Blondel recordaba el Papa deben aprender de este gran maestro precisamente su valentía de pensador, unida a una fidelidad y a un amor indefectible a la Iglesia. En definitiva, Blondel supo extraer del movimiento del péndulo filosófico de su tiempo, que se caracterizaba por una posición antiintelectualista, una visión absolutamente personal e innovadora del hombre como ser actuante que avanza mediante el obrar en la ascensión del pleno conocimiento de la realidad. Este avanzar en el camino de la verdad es posible por los impulsos de la voluntad humana que actúa movida siempre con una libertad que ve en los valores supremos y en la cooperación fraterna con los otros (aspecto relacional del actuar) la norma de su quehacer; en definitiva, un actuar que reconoce que el amor es un fundamento esencial en la vida humana. En definitiva, Blondel es testigo con la razón y con la fe de que sólo el amor vivido actuando es el que nos eleva a lo necesario y a lo infinito. Es Blondel un testigo actual de la verdad: novedoso en sus modos, perenne en su contenido. Pablo Domínguez Prieto |