RetrocesoA&ONº 239/21-XII-2000SumarioDesde la feContinuar
Punto de Vista
Oremos por la paz
Los cristianos sabemos que el fin de los atentados terroristas tiene que ser el resultado de muchas acciones convergentes, acertadas y perseverantes que corresponden, en distinto grado y de distinta manera, a todos los miembros de la sociedad, en especial a las personas e instituciones más directamente responsables de promover y garantizar el bien común. Nosotros, además, estamos convencidos de que la paz y el cese del terrorismo no vendrán sin una ayuda especial de Dios.

Es preciso que se desarrolle entre nosotros un auténtico movimiento moral contra la violencia y a favor de la convivencia en la verdad, la libertad y la solidaridad. Tenemos que superar la dinámica de los enfrentamientos y de la disgregación, y promover un proceso de convergencia, comunicación, tolerancia y verdadera convivencia. Nada de esto será posible sin un cambio interior de los sentimientos y de las conciencias. Por eso necesitamos la asistencia de Dios. Convencidos de ellos, nos dirigimos a todos para animarles a pedir intensamente la ayuda de Dios con el fin de que, guiados y alentados por la fuerza de su Espíritu, consigamos crear las circunstancias necesarias para que ETA desista de sus actuaciones terroristas y podamos vivir todos en paz, con verdadera libertad y tranquila seguridad.

No faltará quien piense que la oración es una actividad carente de realidad y eficacia. Los que tenemos la suerte de creer en Dios y en su gracia, sabemos que Él es fuente de iluminación y de fortaleza para los espíritus. Siguiendo las enseñanzas del Apóstol Pablo, reconocemos de buen grado nuestra debilidad y nuestra ignorancia, pero a la vez nos atrevemos a afirmar que con la ayuda de Dios nos sentimos capaces de todo.

Por mi parte, cada día estoy más convencido de que el terrorismo no acabará sin una fuerte reacción moral de la sociedad entera, de las familias, de las instituciones políticas, de los medios de comunicación, de los educadores, de todos cuantos influimos en la opinión pública y en el ambiente general de la vida. Se invoca con frecuencia el espíritu de la democracia, pero la democracia es libertad, y la libertad solamente se puede ejercer de verdad en el respeto a la verdad, en el respeto a los derechos de los demás, en el deseo sincero de actuar con justicia y rectitud, en una sincera voluntad de comunicación y convivencia, es decir, en un clima moral claro y vigoroso que, por desgracia, no todos ni siempre reconocemos, respetamos ni practicamos.

Que Dios ilumine, en primer lugar, a los propios terroristas y les haga ver el horror y la inhumanidad de sus crímenes; que ilumine también y dirija las decisiones de cuantos intervienen en los diferentes niveles de la vida política, en quienes tienen la misión de garantizar la seguridad de las personas y de administrar justicia. Que consuele a los familiares y amigos de las víctimas, a todos los que sufren las consecuencias del terrorismo o se sienten amenazados por él. Dios tenga piedad de nosotros y nos ayude a caminar por sendas de justicia y de paz.

Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona