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Cielo y tierra, gloria y paz, Dios y los hombres unidos en Aquel que es Dios y hombre al mismo tiempo: el Salvador, el Mesías Señor. Lo que parecía destinado a vivir separado e irreconciliado para siempre, el cielo y la tierra, se han unido en el Niño que hoy nos nace. Lucas, el historiador, nos narra el acontecimiento con una sobriedad admirable. Si no supiéramos por el relato de la Anunciación quién es el engendrado en María, pensaríamos que el recién nacido es un niño más, nacido de mujer y bajo la ley, en tiempos del emperador Augusto. Pero Lucas, el evangelista, nos transmite la historia convertida en Buena Noticia de salvación: los pastores quedan envueltos con la claridad de la gloria del Señor y llenos de gran temor. Metidos de lleno en el misterio pueden escuchar la buena noticia, que es alegría para todo el pueblo: Hoy os ha nacido un Salvador.
Lo más elocuente del relato es que el ángel ¿el mismo Gabriel?, al ofrecer a los pastores una señal de lo que anuncia, señala al mismo niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. A Zacarías se le dio la señal de su mudez, para que creyera; a María, la señal de su pariente Isabel, encinta a pesar de su vejez. A los pastores, el signo no se distingue de lo significado: el mismo niño nacido, envuelto en pañales y recostado en el pesebre es la señal de que entre nosotros ya se encuentra Dios, el Salvador. El personaje de la historia coincide con el objeto de nuestra fe ¿Cómo no recordar aquí que cuando a Cristo se le solicite un signo para creer en su mesianidad, no consentirá en ofrecer un signo fuera de sí mismo? Cristo se explica por sí mismo, él lo justifica todo, él es la Verdad que habla por sí misma. Y esta verdad, expresada con el ropaje de nuestra carne, no necesita otra señal que la que nuestros ojos ven: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. El Verbo se hizo carne, repetirá la liturgia de Navidad. Si se ha hecho carne, Dios puede ser visto, contemplado con nuestros propios ojos. Así lo dirán los primeros testigos del acontecimiento: lo que hemos visto con nuestros ojos y nuestras manos tocaron acerca del Verbo de la vida...os lo anunciamos. Dichosos nosotros que hoy el hoy siempre actual de la venida de Dios podemos acoger este anuncio. Dichosos nosotros por ver, en nuestra propia carne, al Hijo de Dios y no necesitar otra señal que la de nuestra naturaleza humana, habitada y redimida por el Salvador. Entremos, con los pastores, en la claridad de la gloria de Dios; cólmenos el santo temor de Dios y acojamos la Buena Noticia: Hoy os ha nacido el Salvador. + César Franco |