RetrocesoA&ONº 239/21-XII-2000SumarioEspañaContinuar
La paz no se hace sólo con palabras
Rearme moral de la sociedad
Dolor e incomprensión ante el terrorismo! Ha sido el último testimonio de las víctimas. Los ciudadanos han perdido el miedo y se lanzan a la calle para gritar ¡Basta ya! Espontáneas concentraciones silenciosas, impresionantes manifestaciones populares, todos unidos, en solidaridad con las víctimas, se manifiestan contra la barbarie terrorista, porque todos se sienten víctimas indiscriminadas del terror. Por primera vez en nuestra historia el terrorismo es la primera preocupación de los españoles. Sin embargo, la confusión aumenta de día en día por la incoherencia y ambigüedad de algunos políticos, por sus actitudes y declaraciones. Acomplejados por el miedo y por la amenaza, algunos políticos parecen jugar a la democracia, tan celosos como se muestran en dar pruebas de legalidad y de respeto de los derechos de los verdugos y de sus cómplices, cuando son tan fáciles en transigir y en tolerar el olvido de las víctimas.

La paz no se hace sólo con palabras de rabia y dolor. No es posible confundir la paz con la debilidad, con la renuncia al verdadero derecho y a la justicia, con la huida del riesgo y del sacrificio. La verdadera paz no es resignación cansada y acomplejada por el miedo, ni la tregua de tranquilidad pactada bajo el terror; y jamás podrá hacerse de la paz un negocio, sujeto al mercadeo de vergonzosas transacciones por intereses políticos. La paz es un valor moral, y nunca el precio de la rendición y de la esclavitud. Más que político, el terrorismo es un problema ético, un problema de libertad, de vida.

Ya en 1979 decía el Papa Pablo VI, en la Jornada Mundial de la Paz: Es verdad también que la paz aceptará obedecer a la ley justa y a la autoridad legítima, pero no permanecerá extraña a la razón del bien común y a la libertad humana moral. La paz podrá llegar a hacer grandes renuncias en el olvido de las ofensas, en la condonación de las deudas; llegará incluso a la generosidad del perdón y de la reconciliación; pero nunca mercantilizando con la dignidad humana por tutelar el propio interés egoísta en perjuicio de los legítimos intereses de los demás, y nunca por villanía. La verdadera paz debe fundarse sobre el sentido de la intangible dignidad de la persona humana, de la que brotan inviolables derechos y correlativos deberes.

La Iglesia está en trance de jugar un papel importante al servicio de la paz, aclarando las conciencias y rearmando moralmente a la sociedad. En nombre de una exigencia elemental de justicia, el Estado tiene el derecho y aun el deber de proteger con medios adecuados su existencia y su libertad contra el injusto agresor (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 79). No se puede caer en el peligroso espejismo de resignarse o ceder a la estrategia de la confusión. El drama de la doctrina social católica consiste en tener que practicar, a veces, la paz con medios para hacer la guerra. Los testimonios de Juan Pablo II son demasiado recientes. No hay justificación posible para la violencia y el terrorismo.

La defensa de la paz exige, hoy más que nunca, la acción concertada de todos los demócratas contra el terrorismo y la agresión criminal de los violentos. Contra la escalada de la violencia y el terrorismo el rearme moral de la sociedad es el único camino de esperanza. Y rearme moral es paciencia en los gobernantes y representantes de los poderes públicos para saber esperar en la eficacia, a largo plazo, del Estado de Derecho. Es prudencia en los periodistas y medios de comunicación para no soliviantar la opinión pública con la distorsión de la verdad. Es fortaleza en los jueces y tribunales de justicia para dejar caer todo el peso de la ley sobre los asesinos y sus cómplices. Es responsabilidad y poder en la sociedad para elegir a sus propios representantes y obligarles a emprender las reformas necesarias mediante la negociación y el diálogo.

EL VERDADERO DIÁLOGO


Sin embargo, para que el diálogo no degenere en puro sofisma de propaganda y para que sea, por el contrario, un camino real para la paz, deberá cumplir determinadas condiciones éticas.

Conscientes de su responsabilidad moral con la sociedad, los gobernantes demostrarán su voluntad de paz, uniendo a su alto poder político una serena comprensión de la voz de la conciencia. Y esta supone comprensión recíproca y benévola para los intereses de todos, encuentro y amistoso estudio de las cuestiones que les enfrentan, con la recta intención de hallar los puntos de acuerdo que permitan poner término a las diferencias, diálogo abierto y leal entre las partes interesadas para buscar toda clase de soluciones, graduales y sinceras, aunque no sean definitivas.

Los gobernantes que dicen querer la paz no rechazan las condiciones indispensables de la justicia, sus líneas fundamentales y las consecuencias que siguen; no miden los derechos vitales de sus pueblos con la extensión de sus ansiadas ventajas económicas o políticas, sino según las normas del Derecho y de la equidad. Los que tanto hablan de diálogo tendrían que empezar por renunciar a las pretensiones hegemónicas de sus intereses económicos y políticos, dejando a salvo la libertad y la dignidad de las personas; deberían poner todo su esfuerzo en demostrar que están dispuestos a crear las condiciones y los instrumentos necesarios para someter toda confrontación a las reglas del Derecho.

Cualquiera que hable de paz y no haga más que recurrir a las pasiones, en particular al miedo y al chantaje, para asegurar sus propios intereses, no hace más que agravar los conflictos y hacer imposible la paz. ¡Sí al diálogo, pero con condiciones! Diálogo con pruebas claras de mutua voluntad de convivencia pacífica, con respeto a la libertad democrática, bajo el Estado de Derecho. Dialogar no es pactar con los terroristas para que dejen de matar a costa de lo que sea. El diálogo tiene su ética.

Luciano Pereña