RetrocesoA&ONº 239/21-XII-2000SumarioMundoContinuar

HABLA EL PAPA

Desilusión ante la Carta europea

La Iglesia ha seguido con viva atención la vicisitud de la elaboración de la Carta europea de los derechos fundamentales. No puedo esconder mi desilusión ante el hecho de que no haya ni siquiera una referencia a Dios, en quien se encuentra la fuente suprema de la dignidad de la persona humana y de los derechos fundamentales. No se puede olvidar que la negación de Dios y de sus mandamientos creó en el siglo pasado la tiranía de los ídolos, expresada en la glorificación de la raza, de una clase, del Estado, de la nación, del partido, en lugar del Dios vivo y verdadero. Precisamente a la luz de las desaventuras sucedidas en el siglo XX se comprende cómo los derechos de Dios y del hombre se afirman o caen juntos.

A pesar de muchos esfuerzos nobles, el texto elaborado para la Carta europea no ha satisfecho las justas expectativas de muchos. En particular, podía ser más valiente la defensa de los derechos de la persona y de la familia. Es más que justificada la preocupación por la tutela de estos derechos, no siempre adecuadamente respetados. En muchos Estados europeos son amenazados, por la política favorable al aborto, legalizado casi por doquier, por la actitud cada vez más posibilista ante la eutanasia y por ciertos proyectos de ley en materia de tecnología genética que no respetan suficientemente la calidad humana del embrión. No basta recalcar con grandes palabras la dignidad de la persona, si después es violada gravemente en nombre de las normas mismas del ordenamiento jurídico.

(14—XII—2000)