RetrocesoA&ONº 240/28-XII-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
Instituto diocesano de Pastoral Redemptor hominis en Córdoba
Caridad y justicia
Se ha presentado recientemente el Instituto diocesano de Pastoral Redemptor hominis, en el Palacio episcopal,
de Córdoba. La conferencia que centró este acto académico, presidido por el obispo monseñor Javier Martínez,
fue pronunciada por monseñor Paul Josef Cordes, Presidente del Consejo Pontificio Cor Unum,
con el título Caridad y justicia social: dos aspectos esenciales de la misión eclesial.
Ofrecemos algunos párrafos significativos:
Al ayudar y dar de comer a los pobres —característica de las primeras comunidades cristianas—, no se trata sólo de sostenerlos con limosnas, sino también de ayudarles a adquirir lo que les pertenece. El pueblo de Dios está llamado a ser un signo de la bondad y de la justicia de Dios en el orden social y a distinguirse de las demás culturas y modos de comportarse. Dos categorías centrales de la Biblia, el amor (al prójimo) y la justicia, explican que el concepto de caridad no se limita a aliviar el sufrimiento mediante todos los recursos disponibles. El objeto de la actividad caritativa debe ser reconocer las causas de la pobreza y la discriminación, así como luchar por lograr unas condiciones sociales justas. El amor y la justicia, —dos valores de la tradición judeocristiana—, no deberían considerarse aisladamente. La reflexión teológica sobre la vida se articula en torno a estas dos disciplinas: la Doctrina social de la Iglesia y la ciencia de la Caridad.

La actividad caritativa de la Iglesia se dedicaba a aliviar los mayores sufrimientos, y esto hasta los tiempos modernos. La actividad social de la Iglesia, de las Órdenes religiosas, de algunos grupos caritativos, como la Sociedad de San Vicente de Paúl y las asociaciones de obreros y de mineros, podía aliviar bastante el sufrimiento, ofrecía asistencia y daba esperanza. Pero era casi imposible luchar de un modo estructural y sistemático contra las principales causas del problema social. A finales de este siglo la Iglesia, y con ella la teología, comenzó a reaccionar ante dicho fenómeno.

Con las encíclicas Rerum novarum y Quadragesimo anno, se subraya con fuerza el status de la doctrina social de la Iglesia. Las afirmaciones de la encíclica Laborem exercens, de Juan Pablo II, así como las de los documentos sociales del Magisterio que siguieron, llevan a la conclusión de que el tema de la doctrina social de la Iglesia se puede situar en el campo sistemático. Al mismo tiempo, quisiera hacer una observación crítica: parece como si la ciencia de la Doctrina social perdiera, demasiado frecuentemente, el vínculo con la esfera práctica, y en especial con la caridad, entendida como servicio al prójimo necesitado y a los que se ven tratados injustamente.

Esta observación quiere dar una orientación a la enseñanza que se llevará a cabo en esta sede: la doctrina social de la Iglesia procura obtener un efecto práctico en la sociedad; no se conforma con ser vista como una disciplina que se repliega sobre sí misma; no se esconde detrás de las tesis.

El desarrollo académico sobre la caridad es otra función de la misión eclesial. Puesta en práctica por los santos, por los pastores de la Iglesia y por muchos miembros del pueblo de Dios, ha sido, por tanto, una dimensión experimentable de la misión eclesial. Las parroquias se exponen a menudo a perder la función básica de la caridad como expresión fundamental de la actividad y de la vida de la Iglesia.

IGLESIA PÚBLICA, NO GUETO


Ciertamente, ningún servicio de la Iglesia se puede llevar a cabo sólo a través de la buena voluntad. Necesitamos conocimientos para realizar la misión que nos ha sido encomendada. La secularización, los cambios en los valores y la individualización han producido una transformación tan profunda en Europa, que la Iglesia y la teología tienen que examinar nuevamente el papel que les corresponde. Si la Iglesia no quiere reducirse a un gueto, debe asumir el perfil de Iglesia pública. La Iglesia ha sido un elemento público desde los primeros tiempos. El Evangelio debe ser difundido y anunciado al hombre en su integridad. Sin embargo, la credibilidad de nuestra Iglesia necesita más testigos que expertos, más hombres de acción que pensadores.

Ante las diferentes formas de miseria y por muy importante que sea una teoría, no podemos eximirnos de un empeño personal, de jugarse la piel. La raíz del amor al prójimo no es ni el amor a la ciencia, ni la reflexión. Su presencia es justificada sólo cuando antes un corazón sensible es capaz de producir una atención inmediata a la necesidad del prójimo. La parábola de Jesús del Buen Samaritano nos evidencia cómo ante la miseria humana lo que cuenta es la acción.

La doctrina social de la Iglesia y la teología de la caridad deben aceptar ser puestas en cuestión y, eventualmente, ser corregidas por la intervención de la Gracia divina. Hoy vivimos en un mundo que refleja el poder del hombre. Cada vez más se afianza la idea de que el esfuerzo y la capacidad humana basten para crear paz y felicidad. Convertimos a Dios en superfluo. Este espíritu de no-fe adquiere una influencia cada vez mayor sobre el horizonte de los pensadores y sobre los programas de las agencias de ayudas, también en el campo católico. Se limitan a una reflexión sobre el sistema social y a la planificación de metodologías. Si la fe y la trascendencia se secularizan, se convierten en algo de lo que podemos prescindir. Hasta que nuestra misma impotencia nos obligue a arrodillarnos. Entonces la inteligencia se revelará insuficiente; los medios humanos, sin efecto; el empleo de dinero comportará cambios mínimos y los funcionarios empezarán a experimentar su frustración.

Pero estas derrotas no son más que un paso de la gracia; fracasar en el campo caritativo hace del servicio al prójimo una escuela de fe; nos obliga a levantar la mirada al cielo y a poner de nuevo nuestra esperanza en Dios. La caridad es más que la filantropía; el programa caritativo no trae de por sí el deseado cambio de la situación. Ahora bien, nadie pondrá en duda que el plan y la acción son imprescindibles; que es necesaria toda prudencia y esfuerzo. Aun así, éstos no pueden silenciar que nadie, sino solamente el Señor, hace posible un nuevo inicio. Al tomar conciencia de la limitación de sus medios, se puede comenzar de nuevo a buscar ocasiones para anunciar el Evangelio en el ámbito de las ciencias sociales y la actividad caritativa.

El Instituto diocesano de Pastoral Redemptor hominis es una institución educativa superior, de enseñanza e investigación, constituida en la diócesis de Córdoba en julio de 1999. Este curso que comienza el 12 de enero, ofrece el siguiente programa: Máster en Doctrina social de la Iglesia, a realizar en dos años; Especialista universitario en Doctrina social de la Iglesia; y Experto en Doctrina social de la Iglesia. El Instituto ofrece algunas titulaciones menores ligadas a cursos especializados.