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Giovanni Guareschi lo cuenta: Oyeron un disparo de pistola, y todo se complicó en el pueblo: Un desconocido, de noche, había disparado contra alguien, y Peppone, el alcalde comunista, denuncia, ante su Estado Mayor local, que la reacción está aprovechando el episodio para desacreditar el Partido.
A todo esto, había llegado la Navidad, y Peppone ayudaba a don Camilo a poner el Belén. Con sus manazas, repintaban las figuritas del Belén, mientras comentaban el disparo de la otra noche: Te digo que la bala me pasó rozando la frente. Si no echo la cabeza hacia atrás en aquel momento, me deja seco. ¡Un milagro! Peppone estaba terminando de repintar la carita del Niño: |
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Pero, don Camilo, usted sabe quién fue. Siento haber fallado, pero estaba demasiado lejos, y las ramas de los cerezos estaban de por medio.
Sí, Peppone, lo sé, pero no hay nada en el mundo que me haga violar el secreto de la confesión. Peppone suspiró, y siguió pintando. Ya había acabado con el Niño, le había pintado el cuerpo de color rosa, lo miró, y le pareció sentir sobre la palma de su mano la ternura del calor de aquel cuerpecillo. Lo dejó en el Portal, y don Camilo puso a su lado a la Virgen. Y luego, al lado, al borriquillo, y dijo: Éste es el hijo de Peppone, ésta es la mujer de Peppone. Y éste es don Peppone, dijo don Camilo colocando al burro. ¡Y éste es don Camilo!, dijo Peppone colocando al buey. Bah! Entre bestias siempre nos entendemos bien, concluyó don Camilo. Peppone salió a la noche helada de la llanura Padana, pero ya estaba tranquilísimo, porque todavía sentía en el hueco de la mano el calor del Niño de color de rosa. Era como una poesía que había comenzado cuando comenzó el mundo... de Don Camillo. Il Vangelo Ante Él, con la boca abierta Alessandro Gnocchi comenta este pasaje de Guareschi así: El meollo de la fe cristiana no está hecho de razonamientos extraordinarios, de fórmulas de raíz cuadrada, ni siquiera de ponderadas construcciones teológicas o doctísimos comentarios a las Escrituras. No es una invención filosófica. Es el encuentro con Alguien ante el cual nadie se avergüenza de estar con la boca abierta. Es el descubrimiento de un hombre, no el camelo de una idea. Por eso, san Gregorio Nacianceno dice que los conceptos crean ídolos, pero sólo el estupor hace conocer. Suena un disparo en el pueblo, y todo el mundo comienza a razonar y a sospechar del vecino. En su búsqueda todos olvidan la piedad. Sólo don Camilo escapa a este juego perverso. Él ya sabe quién es el culpable, no necesita razonamientos vacíos, lo ha sabido por algo que la razón por sí sola jamás conseguirá entender: la confesión. Lo que cuenta de verdad es que, sólo dentro de unos días, Jesús Niño volverá a nacer en el mundo. Quien sepa quedarse ante Él con la boca abierta, encontrará de una vez el camino y la luz justa para hallar el sentido de la vida. Es la lógica de Dios, ante la que únicamente cabe sonreir; pero para eso hace falta humildad, rara mercancía entre los hombres. Será el encuentro estupefacto con Cristo hecho niño el que restaure todas las cosas y las ponga en su sitio, en el verdadero orden, que jamás es el solamente humano. Urge reírse, contagiados por la alegría de Dios, sacudidos por la alegría de quien sabe que es hijo de Dios, de quien sabe, como Simeón, que sólo Dios podía sorprender al mundo con la mayor de las bromas: hacerse hijo del hombre. |