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Los santos inocentes, o el poder de Dios
Eso ya no existe, le responde el docente de turno. ¿Cómo que no existe?, exclamóaextrañada la joven, que desea especializarse en Medicina infantil. ¡Esos son "ives", y van a la basura! (sic). Como se ve, también al lenguaje se le tira a la basura. Eso sí, en bolsas del más sofisticado material sintético: al aborto ya no se le empaqueta como interrupción voluntaria del embarazo; lo más moderno es llamarlo ive, creyendo quizás que así se está en la más avanzada vanguardia del progreso. Y así es: de ese progreso, ciertamente, de los genocidios de Milósevic, Stalin, Hitler, hasta llegar a Herodes..., y a los santos inocentes, testigos de una vanguardia éstos, sí digna del ser humano, justamente porque es la vanguardia del poder de Dios. De ese poder que confesaba aquella madre egregia ante cuyos ojos iban siendo asesinados, por ser fieles a Dios, uno a uno, sus siete hijos. Así lo relata el Libro Segundo de los Macabeos: Admirable de todo punto y digna de glorioso recuerdo fue aquella madre que, al ver morir a sus siete hijos en el espacio de un solo día, sufría con valor porque tenía la esperanza puesta en el Señor. Animaba a cada uno de ellos en su lenguaje patrio, y les decía: "Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno. Pues así el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas, os devolverá el espíritu y la vida con misericordia, porque ahora no miráis por vosotros mismos a causa de sus leyes". El rey Antíoco creía que se le despreciaba a él y sospechaba que eran palabras injuriosas. Mientras el menor seguía con vida, no sólo trataba de ganarle con palabras, sino hasta con juramentos le prometía hacerle rico y muy feliz, con tal de que abandonara las tradiciones de sus padres; le haría su amigo, le confiaría altos cargos
Pero como el muchacho no le hacía ningún caso, el rey llamó a la madre y la invitó a que persuadiera a su hijo si quería salvar su vida. Tras de instarle varias veces, ella, burlándose del cruel tirano, le dijo en su lengua patria: "Hijo, ten compasión de mí que te llevé en el seno por nueve meses, te amamanté por tres años, te crié y te eduqué hasta la edad que tienes. Te ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra y, al ver todo lo que hay en ellos, sepas que a partir de la nada lo hizo Dios y que también el género humano ha llegado así a la existencia. No temas a este verdugo, antes bien, mostrándote digno de tus hermanos, acepta la muerte, para que vuelva yo a encontrarte con tus hermanos en la misericordia". Sobra todo comentario. Sólo una última reflexión: la sangre de los inocentes que acompaña a la presencia de Cristo, Dios-con-nosotros, desde su nacimiento a causa de Herodes, hasta el día de hoy a causa de los basureros de ives, no es motivo para la desesperación: es signo de su propia Sangre, que derramó en la cruz para redención de la Humanidad, y lugar sagrado de la misericordia divina, que es más grande y más fuerte que todo el mal del mundo. La última palabra sobre la vida y la muerte, ciertamente, no la tienen los médicos, científicos e investigadores biotecnológicos, ni los Parlamentos ni las leyes permisivas tan políticamente correctas como moralmente indignas; no la tienen los poderosos de este mundo que se creen sus dueños y pretenden disponer de ellas. La tiene su único Dueño Todopoderoso, y es misericordia. Dichosos los misericordiosos, porque ellos la alcanzarán.
Cómo se trata hoy a los niños con espina bífida?, pregunta en el hospital la alumna de último curso de Medicina.