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Del espectador común, ese ser gris y mediano que se pierde en la franja más intermedia de los índices de audiencias, tenemos muy malas referencias. A nadie se le ocurre sacar en público esa visa oro caducada que supone defender que uno se pasa la jornada frente al televisor. Nos dicen: Desde luego, si gastas así las horas eres un enfermo, ¿no tienes nada mejor que hacer? Y los muy leídos te sueltan: ¿Es que no sabes que hay nueva edición de La Celestina?. Ser espectador no es precisamente una virtud, es ser un hombre sin atributos que vive de lo que le cuentan, que se fía de todo y no discrimina. Los anglosajones han dado en la diana con la definición de vago con pedigrí como couch potato, manera certera de unir sofá y patatas fritas, así, en una misma expresión se concilia la pasión por consumir televisión y criar grasas. Ortega escarneció vilmente al espectador cuando en él quiso compendiar la actitud pasiva del hombre que se lleva el periódico a una terraza soleada y, al calor de un café con leche, deja que la mañana se le vaya entre fugaces miradas al tendido, sin concierto ni propósito.
Desde el desembarco de la sociedad de masas a finales del pasado siglo (me refiero al XIX, y no al que se nos va), la definición de espectador ha sufrido este latigazo peyorativo del que nos es casi imposible salir. Pero podemos llegar a menospreciar un par de cualidades que, por minúsculas, no son menos interesantes en todo espectador: la incondicionalidad al objeto y la sorpresa. En este tiempo de Navidad hay un puñado de protagonistas que se enorgullecieron de ser espectadores: los pastores. Tipos de pocas letras, hechos a la contemplación de estrellas y al rumor de los vientos, acostumbrados a andar siempre expectantes, con esa cualidad inteligente del que sabe dónde pone la mirada. Una noche, aquella música que jamás pudieron reconocer les condujo hacia una gruta de montaña, y allí cumplieron fielmente con su misión de espectadores. Vieron al niño y a su madre, pero no les vinieron las palabras, sino el asombro por aquella inmerecida sorpresa ofrecida en abierto. Por eso, la noche de Navidad es noche de desembozar nuestro grito de espectadores y desliar nuestra madeja de argumentos para dejar que el Misterio de madera que compramos en Portugal se lleve nuestras miradas y todos los índices de audiencia. Y si no miramos, pues cantamos, que se aprende igual. Nunca aprenderemos de los ojos de aprendiz de los pastores y, como todos los años, pasarán inadvertidos en nuestro belén al lado de gitanillas, chulapos, molinos de agua y algún pokémon de pelo tieso que el más pequeño de la familia ha colocado cerca del río de celofán. Javier Alonso Sandoica |