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Bajo el lema Testigos de Cristo en el nuevo milenio, se ha celebrado en Roma el tercer Congreso internacional del laicado católico. Los Congresos anteriores tuvieron lugar en los años 1951, 1957 y 1967. De los 550 participantes, representantes de 92 países, España ha estado muy bien representada, pues, entre los miembros españoles del Secretariado, del Consejo Pontifico para los Laicos, los invitados, los miembros de la Delegación española y los representantes de movimientos y asociaciones de ámbito internacional, han asistido al Congreso 50 personas, de las cuales cinco obispos: los monseñores Braulio Rodríguez, de Salamanca y Presidente de la Comisión episcopal de Apostolado Seglar; José María Conget, de Jaca y Consiliario de la Acción Católica Española; Antonio Algora, de Teruel y Albarracín y responsable del Departamento de Pastoral obrera de la Conferencia Episcopal Española; Javier Martínez, de Córdoba; y el arzobispo de Tarragona, monseñor Luis Martínez Sistach, como miembro consultor del Consejo Pontificio para los laicos. |
| La dinámica del Congreso ha estado centrada en ponencias, mesas redondas, comunicaciones, momentos fuertes de oración y de celebraciones. Al respecto, merece la pena destacar la liturgia, muy cuidada y participativa, ya que se han tenido en cuenta la diversidad de lenguas y de personajes ausentes, integrando en las celebraciones algunas de las peculiaridades propias de la liturgia de los países participantes.
Especial mención merece el equipo de personas y miembros del Secretariado del Consejo Pontificio para los Laicos, por su trabajo y dedicación a la organización del Congreso; siempre han estado atentos a todo lo que hemos necesitado, sin importarles la hora ni el tiempo; ellos, con su trabajo y actitud, han contribuido grandemente a la buena marcha del Congreso. Mi valoración personal es muy positiva, tanto por la calidad teológica de las ponencias, como por las intervenciones de los participantes. No podemos olvidar que, entre los asistentes al Congreso, se encontraban los representantes de las Organizaciones Internacionales Católicas (OIC) y dirigentes nacionales representativos del laicado católico. Las personas que estábamos presentes pudimos percibir, de manera clara y sin ambigüedades, la inmensa riqueza de la Iglesia, la variedad de carismas y de testimonios, lo que significa una Iglesia enraizada en el pueblo y a favor de los pobres, entregada y generosa, que me hizo experimentar una vez más la grandeza del amor cristiano. El Congreso, en suma, será punto de referencia para el futuro, no tanto porque haya hecho grandes aportaciones nuevas a la teología del laicado, pues no era ése su objetivo, sino por la calidad de los participantes, de las ponencias y de las comunicaciones que han ayudado a la profundización en temas esenciales para la evangelización y el testimonio cristiano, como son: la vocación e identidad del laico, la misión, la formación, la necesidad del laicado asociado, y la coherencia cristiana, desde las claves del Concilio Vaticano II, pero en un contexto socio-cultural muy diferente al de épocas anteriores. A estos puntos se refirió el cardenal Stafford, cuando en su conferencia conclusiva recogía, en una apretada síntesis, los que habían sido ejes fundamentales de nuestras reflexiones. Esperemos que una vez recogidas y sintetizadas, las diferentes y múltiples aportaciones, el Consejo Pontificio para los Laicos nos ofrezca algunas líneas fuerza, que marquen el futuro misionero del apostolado seglar. En este sentido me parece importante señalar algunas de las insistencias del Papa en la homilía que, con motivo del Jubileo del Apostolado Seglar, nos dirigió el pasado noviembre, en la Plaza de San Pedro: Volver al Concilio , retomar sus documentos y su impulso misionero, porque ha sonado la hora de los laicos. Hoy más que nunca, vuestro apostolado es indispensable para que el Evangelio sea luz, sal y fermento de una nueva Humanidad. Rafael Serrano Castro |