RetrocesoA&ONº 240/28-XII-2000SumarioDesde la feContinuar
Lo que el alma al cuerpo
Mi intervención se refiere al tema tratado por el cardenal Lustiger, arzobispo de París: Testigos de una novedad de vida. Y tiene que ver con la cita de la carta a Diogneto: Los cristianos son en el mundo lo que el alma es al cuerpo. Esta Carta (escrito cristiano del siglo II) evita de modo admirable, a mi modo de ver, dos peligros para los cristianos en general, y para los fieles laicos que, en el pueblo de Dios, son mayoría. Por un lado, no identifica ni homologa a los cristianos con la cultura dominante de su tiempo, esto es, con el mundo en el sentido que en ocasiones tiene esta palabra en el cuarto evangelio. Pero, por otro lado, preserva a los cristianos de sentir un rechazo, un distanciamiento de la sociedad que les rodea, sintiéndose los puros, los selectos, los elegidos, los separados (= los fariseos). También pudiera darse entre nosotros hoy este segundo peligro, ante el panorama que presenta nuestra sociedad, muchos de cuyos rasgos nos desagradan profundamente. El peligro de distanciarse de esta sociedad, y aislarse, replegarse en nuestras minorías, marginándonos a nosotros mismos, sin amar al mundo que tenemos, con el amor de Cristo.

Es tarea de los fieles laicos, por ejemplo, partir de la existencia de las cosas, sin excluir que, más allá de las cosas que se ven, subsiste otra realidad. Podríamos llamar a esta operación ejercer la laicidad, si se nos permite esta expresión. Laicismo, por el contrario, es moverse en las cosas, y quedarse en las cosas. Así, cuando Gaudium et spes 76 afirma que la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas una de la otra en su campo específico, hace una precisa y puntual afirmación de auténtica laicidad, no de laicismo, que también la conciencia civil puede tranquilamente aceptar, pero que no funda la separación, y menos la oposición, sino la colaboración entre aquellos que, en la óptica del Concilio, no son ya dos poderes contrapuestos entre sí; habría que hablar más bien de dos modalidades, a través de las cuales realizar el mismo servicio al hombre, puesto en el centro, sea de la comunidad eclesial, sea de la sociedad civil.

De no ser así, daríamos los cristianos la impresión de que no servimos al bien común cuando vivimos nuestra fe en medio de la sociedad, sino que somos algo privado, de lo que se puede prescindir. ¿No vendrá de aquí, igualmente, esa tendencia en los Estados de las democracias modernas occidentales a considerar la Iglesia como algo privado, que defiende valores privados? Como cristianos, y por serlo, somos ciudadanos de este mundo, aunque no tengamos aquí patria permanente.

+ Braulio Rodríguez Plaza