RetrocesoA&ONº 240/28-XII-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
Solemnidad de la Sagrada Familia
Una nueva familia
Ni la concepción de Cristo, ni su nacimiento, ni su vida, muerte y resurrección pueden entenderse como obra del hombre. Bien sabían esto María y José. Sabían que todo venía del Dios Altísimo, cuya sombra y poder, el Espíritu, estaba en el inicio de la existencia de Jesús. En el prólogo de San Juan, proclamado varias veces en la liturgia de Navidad, se dice claramente que Jesús no nació de la sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Ahí está la clave para entender a Cristo y a la nueva descendencia que procede de Él.

Ésa es también la clave del episodio del templo, que presenta a Cristo ocupado en su principal menester: las cosas de su Padre. Esta escena es una ráfaga de luz que se abre paso en la conciencia del niño de doce años para decirnos quién es, a qué ha venido, dónde están sus asuntos. Consciente de que los lazos familiares están supeditados a la única relación que puede dirigir su vida, la del Padre celeste, Jesús, con la libertad de un adulto, permanece en el templo, no a los pies de un maestro para aprender, sino sentado entre los doctores para revelar su sabiduría. Escuchar y contestar es la actitud del Maestro de la Ley, cuya boca pronuncia la sentencia justa y verdadera. La sabiduría de Cristo produce admiración, porque procede del contacto directo con su Padre, al que ha escuchado y visto desde toda la eternidad. Se revela así que la tarea de Jesús es enseñar y transmitir la Verdad de Dios.

El Jesús que baja de Jerusalén, sometido a sus padres en obediencia, ha hecho cambiar algo en su relación familiar. Sus palabras no comprendidas establecen la verdadera relación que debe presidir en la familia de Nazaret.

El Padre está por medio. Como en las bodas de Caná, sólo el Padre dirige su vida. La familia, la carne y la sangre, no pueden decidir la misión de Cristo, recibida del Padre. Jesús pone las cosas en su sitio. Del mismo modo que, cuando llame a su seguimiento, es decir, a formar parte de la nueva descendencia que Él funda, exigirá un amor capaz de sacrificar el de la carne y sangre: el amor que sólo Dios, fuente del ser y de la vida, puede reclamar. La fiesta de la Sagrada Familia es, en realidad, la revelación de la nueva familia de Cristo, de quienes le pertenecemos no por lazos de sangre ni de carne ni de voluntad humana, sino por haber sido hechos hijos de Dios por pura gracia. Así le pertenecieron José y María y cuantos, como su madre, guardan y conservan sus palabras en el corazón. Éstos son mi madre y mis hermanos, dirá Jesús un día. Quien cumple la voluntad de Dios ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

+ César Franco