|
|
Ya desde las culturas antiguas muchas veces se han comparado las etapas de la vida humana con el sucederse de las cuatro estaciones a lo largo del año. La ancianidad asemeja la caída de las hojas en otoño y el frío letargo del invierno. Las personas ancianas han sido consideradas, en las costumbres más nobles de las diversas civilizaciones, con respeto, honra y veneración. En este mismo mundo de semejanzas, la infancia y la adolescencia son la primavera de la vida humana. La naturaleza renace cada año, explota luminosa, exuberante. Los niños traen la novedad, la promesa de futuro, el encanto, la alegría. También la alegría del Jubileo universal vino a la tierra con el nacimiento de un Niño. La fiesta de la Navidad de Jesús es la memoria litúrgica de la perenne primavera de Dios en la historia de la salvación de la Humanidad.
La vitalidad esplendorosa que inunda cada primavera la tierra, con el colorido de las flores y los cantos de los pájaros, es despliegue de la bendición creadora originaria. El ser humano también recibe una bendición del Creador. Una bendición especial, porque Dios lo ha formado a su imagen y semejanza y lo invita a gobernar el resto de las criaturas del mundo. El hombre es modelado también del barro de la tierra, pero el Señor le insufló con un beso de amor su propio aliento, su vida íntima. A diferencia de los seres del mundo animal y vegetal, el origen y el fin del ser humano no se encuentra sólo en la tierra, sino en la paternidad eterna de Dios. Cada persona humana viene del corazón del Padre que la ha pensado y amado desde la eternidad y hacia Él se dirige. El padre y la madre terrenos participan del poder paterno de Dios, que es Amor. El padre eterno siembra en el terreno sagrado y fértil del amor conyugal el fruto precioso del hijo. El hijo es don de Dios mediante el don recíproco de los esposos. Conforme al plan sapientísimo y amoroso de Dios, únicamente el matrimonio constituido por la comunión indisoluble, íntima y amorosa de un varón y una mujer es el lugar adecuado para el ejercicio de la sexualidad y la cuna de la vida. |
|
FALTA DE GENEROSIDAD
El hijo no es animal ni vegetal; tampoco es cosa, producto de uso y consumo, utilizable y desechable. El hijo posee una dignidad sagrada, porque Dios lo ama por sí mismo. No hay un derecho al hijo, sino que el hijo es sujeto de derechos. El hijo no es una mercancía que se fabrica para satisfacer un deseo o una demanda comercial, sino un don de amor que se acoge. El ser humano necesita "relaciones interpersonales", llenas de interioridad, gratuidad y espíritu de oblación. Entre éstas, es fundamental la que se realiza en la familia. En síntesis, el hijo germina y brota en la convergencia del don de sí de Dios y de los esposos. La alianza de amor conyugal en una sola carne, regada por el amor creador, da como fruto la persona del hijo. La herencia del Señor son los hijos. En nuestro mundo, por desgracia, el hijo no es considerado muchas veces como don, bendición y primavera. Al contrario, el hijo con frecuencia es más bien visto como una pesada carga, una amenaza, e incluso en ocasiones como una maldición. Se llega, en el extremo, a una de las mayores aberraciones: la aceptación social y legal del aborto, lo que merece el calificativo de cultura de muerte. Es cierto que en gran medida el hijo aparece como una pesada carga para sus padres a causa de la falta de una ayuda social eficaz. Las familias se encuentran a menudo agobiadas en cuanto a su economía. Es urgente hoy la articulación de políticas familiares a nivel local, nacional e internacional que protejan y promuevan intensamente los derechos básicas de la familia: vivienda digna y asequible, salario justo, valoración del trabajo de la madre dentro y fuera del hogar, sanidad y seguridad social, elección de centro educativo y de medios de comunicación social respetuosos de los valores auténticos, etc. Pero también es un hecho que nuestra cultura y mentalidad, al dar una primacía excesiva a los valores del bienestar material, conduce al rechazo de los hijos como algo que incomoda. Así, a pesar de que nuestro país está en el ámbito privilegiado de las naciones ricas del mundo, tiene en la actualidad una de las tasas de natalidad más bajas del planeta. Nuestra sociedad tiene cada día una mayor proporción de ancianos; se empobrece humanamente porque escasea la riqueza de los niños. En este sentido se puede decir que nos adentramos en un invierno demográfico. Quizá se ha confundido con mucha frecuencia el concepto de procreación responsable, y se ha entendido como procreación confortable y muy reducida. Ciertamente, la generación y cuidado de los hijos exigen a los padres gran generosidad, a veces realmente heroica. Los esposos cristianos, consagrados por el sacramento del matrimonio, están llamados a la santidad, que es la plenitud del amor, y poseen siempre el auxilio de la gracia del Espíritu Santo. Con esta ayuda de la gracia, los esposos están llamados a entregarse sin cálculo y con perseverancia. El amor es morir a uno mismo para dar vida a otros, día a día. Si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto. Los hijos son el fruto personal de la vida entregada de sus padres. Además, la procreación responsable y generosa se prolonga en la tarea educativa. La vocación de los padres incluye el cuidado esmerado de los hijos, en todas las dimensiones de su desarrollo y de su personalidad. La misión de educar consiste en un paciente trabajo para sacar lo mejor de los hijos, para que aprendan a vivir en la verdadera libertad del amor. Es como la labor del jardinero, que cultiva con delicadeza y constancia cada una de sus plantas. La confianza recíproca de los cónyuges que se han prometido el uno al otro en totalidad es el espacio adecuado para que los hijos se ejerciten en esas relaciones de confianza en los demás y, sobre todo, en el Dios que es Amor. Los padres son los primeros evangelizadores de los hijos. Y lo son, ante todo, con su testimonio y ejemplo de confianza en Dios, de oración y de caridad operativa. Gracias al sacramento del matrimonio, los esposos cristianos injertados en Cristo por el bautismo participan del mismo amor de Jesús. Él es el Esposo que dio su vida por su Esposa, la Iglesia, primicia de la nueva Humanidad. De la donación plena de Jesucristo en la Cruz nació la inmensa familia de los hijos de Dios. |