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Juan Pablo II aborda algunos aspectos filosóficos y antropológicos de las diferentes culturas humanas e invita a cultivar la perspectiva fundamental de la unidad del género humano. Sólo en una consideración contextual de las diversidades y de la unidad, es posible, por tanto, una total comprensión de la plena verdad de cada cultura humana. Al inicio de un nuevo milenio, se hace más viva la esperanza de que las relaciones entre los hombres se inspiren cada vez más en el ideal de una fraternidad verdaderamente universal. Sin compartir este ideal no podrá asegurarse de modo estable la paz. No pienso que, sobre un problema como éste, se puedan ofrecer soluciones fáciles. Me limito a ofrecer algunos principios orientadores.En la mayor parte de los casos, las culturas se desarrollan sobre territorios concretos, cuyos elementos geográficos, históricos y étnicos se entrelazan de modo original e irrepetible. Sobre la base de esta relación fundamental con los propios "orígenes" a nivel familiar, pero también territorial, social y cultural es donde se desarrolla en las personas el sentido de la "patria", y la cultura tiende a asumir, unas veces más y otras menos, una configuración "nacional". El mismo Hijo de Dios, haciéndose hombre, recibió, con una familia humana, también una "patria". Él es para siempre Jesús de Nazaret, el Nazareno. Se trata de un proceso natural en el cual las instancias sociológicas y psicológicas actúan entre sí, con efectos normalmente positivos y constructivos. El amor patriótico es, por eso, un valor a cultivar, pero sin restricciones de espíritu, amando, juntos, a toda la familia humana y evitando las manifestaciones patológicas que se dan cuando el sentido de pertenencia asume tonos de autoexaltación y de exclusión de la diversidad, desarrollándose en formas nacionalistas, racistas y xenófobas. |
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Las diferencias culturales han de ser comprendidas desde la perspectiva fundamental de la unidad del género humano. La autenticidad de cada cultura humana, la solidez de su orientación moral, se pueden medir de alguna manera por su razón de ser en favor del hombre y en la promoción de su dignidad en cualquier contexto. Si tan preocupante es la radicalización de las identidades culturales que se vuelven impermeables a cualquier influjo externo beneficioso, no es menos arriesgada la servil aceptación de las culturas, o de algunos de sus importantes aspectos, como modelos culturales del mundo occidental que, ya desconectados de su ambiente cristiano, se inspiran en una concepción secularizada y prácticamente atea de la vida, y en formas de individualismo radical. Se trata de un fenómeno de vastas proporciones, sostenido por poderosas campañas de los medios de comunicación social, que tienden a proponer estilos de vida, proyectos sociales y económicos y, en definitiva, una visión general de la realidad, que erosiona internamente organizaciones culturales distintas y civilizaciones nobilísimas. Por su destacado carácter científico y técnico, los modelos culturales de Occidente son fascinantes y atrayentes, pero muestran, por desgracia, y siempre con mayor evidencia, un progresivo empobrecimiento humanístico, espiritual y moral.
Es difícil determinar hasta dónde llega el derecho de los emigrantes al reconocimiento jurídico público de sus manifestaciones culturales específicas, cuando éstas no se acomodan fácilmente a las costumbres de la mayoría de los ciudadanos. Mucho depende de que arraigue en todos una cultura de la acogida que, sin caer en la indiferencia sobre los valores, sepa conjugar las razones en favor de la identidad y del diálogo. En el plano del diálogo entre las culturas, no se puede impedir a uno que proponga a otro los valores en que cree, con tal de que se haga de manera respetuosa de la libertad y de la conciencia de las personas. La verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad. Una auténtica cultura de la solidaridad ha de tener como principal objetivo la promoción de la justicia. No se trata sólo de dar lo superfluo a quien está necesitado, sino de ayudar a pueblos enteros, que están excluidos o marginados, a que entren en el círculo del desarrollo económico y humano. EL VALOR DE LA PAZ Y LA VIDA
El preocupante aumento de los armamentos, mientras no acaba de consolidarse el compromiso por la no proliferación de las armas nucleares, tiene el riesgo de alimentar y difundir una cultura de la competencia y de la conflictualidad, que no implica solamente a los Estados, sino también a entidades no institucionales, como grupos paramilitares y organizaciones terroristas. ¿Cómo olvidar el riesgo permanente de conflictos entre las naciones, de guerras civiles dentro de algunos Estados, y de una violencia extendida, que las organizaciones internacionales y los Gobiernos nacionales se ven casi impotentes para afrontar? Ante tales amenazas, todos tienen que sentir el deber moral de adoptar medidas concretas y apropiadas para promover la causa de la paz y la comprensión entre los hombres. La vida humana no puede ser considerada como un objeto del cual disponer arbitrariamente, sino como la realidad más sagrada e intangible que está presente en el escenario del mundo. No puede haber paz cuando falta la defensa de este bien fundamental. No se puede invocar la paz y despreciar la vida. Nuestro tiempo es testigo de excelentes ejemplos de generosidad y entrega al servicio de la vida, pero también del triste escenario de millones de hombres entregados a la crueldad o a la indiferencia de un destino doloroso y brutal. Se trata de una trágica espiral de muerte que abarca homicidios, suicidios, abortos, eutanasia, como también mutilaciones, torturas físicas y psicológicas, formas de coacción injusta, encarcelamiento arbitrario, recurso absolutamente innecesario a la pena de muerte, deportaciones, esclavitud, prostitución, compra-venta de mujeres y de niños. A esta relación se han de añadir prácticas irresponsables de ingeniería genética, como la clonación y la utilización de embriones humanos para la investigación, las cuales se quieren justificar con una ilegítima referencia a la libertad, al progreso de la cultura y a la promoción del desarrollo humano. |