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Ésta es la historia más bonita que le había ocurrido nunca a un pequeño pastorcillo llamado Simón.Una tarde, al contar las ovejitas para volver a casa, se dio cuenta de que le faltaba una. No podía volver a casa si le faltaba una ovejita. Un rebaño está hecho de muchas ovejitas y cada una es importante; si se pierde una, el rebaño ya no está completo. Simón estaba muy triste y no sabía qué hacer. Con sus ojos todavía humedecidos por las lágrimas, vio cómo un hombre y una mujer montada en un asno se detenían junto a él. Le preguntaron por qué lloraba. Simón les contó que se había perdido una de sus ovejas. No había acabado de decirlo cuando, inesperadamente, el hombre le mostró un cordero, que poco antes habían encontrado vagando sin rumbo en la pradera. Simón saltaba de alegría. Los forasteros le dijeron que lo tenían que abandonar porque se encaminaban hacia Belén, pero el pastorcillo decidió acompañarlos. En el camino tuvieron tiempo de conocerse un poco más. El hombre se llamaba José. A Simón le sorprendió la dulzura con la que trataba a su mujer, María, que estaba a punto de dar a luz. Esperaban llegar a alguna posada en Belén donde el niño pudiera nacer. Simón les dijo que la ciudad estaba llena de gente y que les resultaría difícil encontrar sitio en una posada, pero les indicó el lugar donde se hallaba un establo abandonado que podría servirles. Dada esta indicación, Simón y la pequeña familia casi desconocida se despidieron. |
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María y José entraron en Belén, y pronto se dieron cuenta de que su amiguito tenía razón. Encontrar un alojamiento digno era imposible. No tuvieron más opción que dirigirse hacia el establo.
Entre tanto, Simón, ya en su casa, seguía pensando en ellos. Un fuerte impulso lo levantó de la cama, y casi sin darse cuenta se encontró dirigiendo sus pasos hacia el viejo establo. Al entrar le sorprendió un fuerte resplandor. La madre y el niño estaban rodeados de una luz luminosa, que había dejado congelado a Simón. José lo cogió por el hombro y lo invitó a acercarse al niñito recién nacido: Mira, es Jesús, le dijo con toda sencillez. Simón ofreció al niño, como regalo, lo poco que tenía: una bufanda, para protegerlo del frio; y una flauta, para acompañar los cantos de su madre al dormirlo. El niño giró su cabecita hacia Simón y le dedicó una sonrisa inigualable. Mucha gente comenzó a llegar a la puerta del establo y se agolpaban queriendo entrar para ver al niño. La noche se convirtió en la fiesta más alegre que Simón había visto. Uno de los pastores tomó la palabra y dijo: Se nos ha presentado el Ángel del Señor anunciándonos el nacimiento del Salvador y que lo encontraríamos envuelto en pañales y acostado en un pesebre: «Id a visitarle», nos dijo, y aquí estamos. Todavía faltaba la visita de unos magos que vendrían de muy lejos sólo para ofrecer sus regalos al Niño y adorarlo. Desde aquella noche con José, María y el Niño, Simón supo que había sido testigo de un gran acontecimiento. Él estuvo en el establo cuando Jesús nació. Le regaló su bufanda, pero el Niño le respondió con una sonrisa que se grabó en el corazón de Simón con tal fuerza, que creyó que ni el más fuerte huracán podría nunca arrancarla. Idea original: Eve Tharlet |