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Se ha dicho que la celebración oficial de la llegada del 2000 en Madrid ha dejado mucho que desear, si se la compara con el resto de las capitales del mundo. Puede ser, siempre y cuando se refiera a los millones, así como al gusto y arte invertidos en luces, espectáculos, fuegos artificiales y champán. La llegada del 2000, en cambio, no puede decirse en absoluto que haya dejado nada que desear en un rincón de nuestra capital, ¡y en tantos otros lugares!: un pequeño convento de clausura donde se acogía el don del nuevo año con los cantos gregorianos de la, sencilla y al mismo tiempo sublime, Liturgia de la Iglesia, y con la celebración de la Eucaristía en la solemnidad de Santa María, Madre de Dios.¿Qué se festeja con gastos y lujos que pretenden competir en no se sabe qué carrera para ser los primeros en tampoco se sabe qué meta por alcanzar? Los precios de los últimos anuncios del año en televisión y de los primeros del nuevo año eran astronómicos: un auténtico derroche de millones, una injusticia y una provocación. Es el precio de la ansiedad que busca llenar un vacío infinito, el grande vacío interior que no puede ser colmado por ninguna distracción y placer, como escribía en su Diario Julien Green. Las fiestas de la Nochevieja pagana de un mundo descristianizado no son más que intentos de llenar un vacío inmenso, que aletargan durante tan sólo unas horas. Luego resurge, y busca los refugios, aún menos duraderos, de la diversión cotidiana. |
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Los llamados cotillones de los grandes hoteles se han pasado de rosca este año, según dicen, a la hora de la factura. Ha habido, en cambio, otros cotillones de fin de año que no sólo no pasan factura, sino que regalan vida. La comunidad religiosa que, en la paz y belleza inigualables de la Liturgia cristiana, recibía el don del nuevo año era bien consciente de estar celebrando el dos mil aniversario de la Encarnación y del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, Quien ha rescatado el tiempo llenándolo del significado de la salvación. Sin significado decía certeramente Eliot no hay tiempo; y ese momento del tiempo le dio el significado. No se ha leído ni oído estos días este tipo de reflexión en los medios de comunicación, que tantas horas y horas han dedicado a discutir si el siglo, o el milenio, empezaba este año o hay que esperar al 2001. No hay lugar a perder el tiempo en discusión alguna, en cambio, cuando se ha comprendido que es Cristo, y no el tiempo, el protagonista de la Historia, que en Él tiene su origen y su destino. Las polémicas de arte y ensayo dan por supuesto que ahí está el tiempo, con su pasar inexorable, y que a esa especie de tren de la Historia, un día, se subió Cristo. Las numeraciones de los años cambiaron, pero en el fondo el tren seguía siendo el mismo. No es así. No es el tiempo el que lleva a Cristo, y nos sigue llevando a todos, sino que es Cristo, Dueño y Señor, el que dispone y conduce el tiempo y la Historia. ¿Tiene algún sentido derrochar tanto fasto festejando años que se mueren, en lugar de festejar, como estas religiosas y tantas otras comunidades cristianas, a Aquel que ha hecho nuevos los años y hace nueva la vida?
Contar el tiempo a partir de Cristo al margen del error de unos años por parte de Dionisio el Exiguo no es algo caprichoso, sino el reconocimiento en palabras de la Liturgia de la Iglesia de que en Él y sólo en Él radica la salvación del mundo, de los cinco continentes. A esta luz, se entiende muy bien el por qué fijar la mirada, como hoy hacemos en nuestro tema de portada, en la Iglesia en China, y el por qué Juan Pablo II hace esa valiente y comprometida lectura de la Historia al señalar el primer milenio cristiano como el de la evangelización de Europa; el segundo que acaba de cumplirse, como el de la evangelización de América; y el recién estrenado tercer milenio como el de la evangelización de Asia. Incluso cuando el camino es oscuro escribía también en su Diario Julien Green y el horizonte se pierde en las tinieblas, ¡qué deliciosa seguridad saber que somos amados por la Luz y por el Amor! Efectivamente, no puede decirse que la celebración de la llegada del 2000 en Madrid, y fuera de Madrid, ha dejado mucho que desear. A lo peor alguien piensa que el cotillón del convento es algo tristón y de medio pelo. Se equivoca. |
Para declarar la ley de Dios
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Plugo a Dios nuestro Señor que se ofreció un hombre honrado, morador de Cantón, a llevarme por doscientos cruzados en una embarcación pequeña, donde no hubiese otros marineros sino sus hijos y mozos, porque el gobernador de Cantón no viniera a saber por los marineros cuál era el mercader que me llevaba. Y más, se ofreció a meterme en su casa escondido tres o cuatro días, y de ahí ponerme un día, antes de amanecer, en la puerta de la ciudad con mis libros y otro hatillo, para de ahí irme luego a casa del gobernador, y decirle cómo veníamos para ir donde está el rey de la China, mostrando la carta que del señor obispo llevamos para el rey de la China, declarándole cómo somos mandados de su alteza, para declarar la ley de Dios.
Los peligros que corremos son dos, según dice la gente de la tierra: el primero es que el hombre que nos lleva, después que le fueren entregados los doscientos cruzados, nos deje en alguna isla desierta o nos bote al mar, porque no lo sepa el gobernador de Cantón; el segundo es que, si nos llevare a Cantón y fuéremos ante el gobernador, que nos mandará atormentar o nos cautivará. Además de estos dos peligros, hay otros muchos mayores que no alcanza la gente de la tierra; y contar éstos sería muy prolijo, aunque no dejaré de decir algunos. El primero es dejar de esperar y confiar en la misericordia de Dios, pues por su amor y servicio vamos a manifestar su ley, y a Jesucristo, su Hijo, nuestro Redentor y Señor, como él bien lo sabe. Pues por su santa misericordia nos comunicó estos deseos, desconfiar ahora de su misericordia y poder, por los peligros en que nos podemos ver por su servicio, es mucho mayor peligro (que, si él fuere más servido, nos guardará de los peligros de esta vida) de lo que son los males que nos pueden hacer todos los enemigos de Dios; pues sin licencia ni permisión de Dios, los demonios y sus ministros en ninguna cosa nos pueden empecer. San Francisco Javier |