RetrocesoA&ONº 194/6-I-1999SumarioDesde la feContinuar
Los ancianos, nuestro tesoro
Cuando miramos a la Iglesia, miramos a los testigos del Evangelio, de la Resurección del Señor.
Cuando miramos a la Iglesia, vemos que nuestros adultos mayores también son rostro
de la Iglesia
.Éste es el título del mensaje de los obispos de la Comisión Episcopal de
Apostolado Seglar, en las postrimerías del Año Internacional de los Ancianos

Este documento, cargado de ternura salpicada de sano realismo, habla con el corazón de quienes recuerdan las palabras del Levítico: «Ponte en pie ante las canas... y honra a tu Dios». De poco serviría dedicarles un año especial, si éste no se convierte en un aldabonazo que avive nuestra atención para prestarles en todo momento la dedicación que requieren y contar con su preciosa colaboración tanto en la vida civil como en la vida de nuestras comunidades cristianas, señalan los obispos españoles.

Si de números hablamos, fascinados por la mera numérica que nos invade, los autores del texto recogen algunas cifras clarificadoras de lo que los sociólogos denominan tercera edad. Unos datos —afirman—, publicados por la ONU, subrayan la profundidad del fenómeno. En 1998 se contabilizaban 60 millones de ancianos octogenarios en todo el mundo. Se calcula que en el año 2050 alcanzarán la cifra de 370 millones, de los que más de 2 millones serán más que centenarios.

La distinción clásica, de raíz anglosajona, entre ancianos jóvenes —young-old— y ancianos ancianos —oldest old—, según las posibilidades vitales a la hora de alcanzar la jubilación, también está presente en este escrito con la finalidad de poder realizar un mejor servicio a sus necesidades. La Comisión Episcopal, que preside el obispo de Salamanca, monseñor Braulio Rodríguez, señala que se llaman ancianos jóvenes los que, cumplidos sus 65 años, alcanzan los beneficios de la jubilación, pero se encuentran «en plena forma», por decirlo deportivamente; lo que les permite seguir prestando servicios a la comunidad. Pertenecen a este grupo en la Iglesia muchos obispos, sacerdotes y laicos que siguen atendiendo sus diócesis o parroquias superada la edad de 65 años (...) Se consideran «ancianos-ancianos» quienes dejaron atrás los 75 años del comienzo de su existencia, o los que se encuentran muy disminuidos físicamente o mentalmente antes de cumplirlos. Muchos de esos mayores necesitan un acompañamiento, en su vida física o espiritual.

¿Cuál debe ser la atención que debemos prestar a los mayores? Según los obispos responsables de este sector social, a todos los ancianos hay que garantizarles una vida digna con unas pensiones suficientes y con las debidas atenciones médicas y asistenciales. Es un deber de justicia social. Todos los ciudadanos, al margen de las diferencias sociopolíticas entre unos y otros, tenemos ese deber. Los responsables de la vida política, por lo que les corresponde, han de concertar sus esfuerzos para cumplirlo, en cuanto sea posible en el marco de las posibilidades económicas, independientemente de la cercanía o lejanía de unas elecciones, en que interese contar con lo votos de los jubilados.

La palabra de la Iglesia sobre los ancianos es una palabra acreditada. No en vano, como señala el documento, la Iglesia ha sido pionera en estos servicios a los ancianos. Los creó por doquier mucho antes de que los gobernantes de los Estados se preocuparan de atenderlos. El Espíritu de Dios ha ido alumbrando a lo largo de los últimos siglos Congregaciones Religiosas dedicadas de lleno a la atención a los ancianos, sobre todo para los faltos de medios económicos. Así nacieron las Hermanitas de los Ancianos Desamparados y las hermanitas de los Pobres. Y otras instituciones de más amplio abanico de actividades apostólicas, como las Hijas de la Caridad, la Congregación de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, etc., que mantienen casas para la atención de ancianos necesitados. En ellas reina un calor de hogar que se aprecia nada más pisar su umbral. Es una actividad que honra a la Iglesia. Y es precioso insistir en ella, a pesar de los muchos servicios que van creando los poderes públicos, porque crece el número de los ancianos y crece también la posibilidad de atenderlos según alcanzamos niveles más altos en nuestro progreso económico y social.

El Año Interncaional de los Ancianos concluyó con un mensaje de renovada esperanza de los obispos españoles hacia quienes son portadores de sabiduría, reflexión y consejo.

José Francisco Serrano