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Ha fallecido Robert Bresson, uno de los autores cinematográficos más grandes del siglo XX. Nació en Francia en 1907, y después de dedicarse a la filosofía y a la pintura, se convirtió en un cineasta singular e incatalogable, capaz de llevar a la pantalla a Bernanos (Diario de un cura rural, Mouchette), a Dostoievsky (Noches blancas) y hasta las mismísimas actas del proceso judicial contra Juana de Arco.La obra de Bresson es una de las más profundamente religiosas que ha dado el cine, sólo comparable a la de Tarkovsky o Dreyer. Se trata de una religiosidad muy espiritual que le suscita una forma de hacer cine casi esencial, extremadamente sobria, discretamente ascética. En un mundo invadido por imágenes superfluas, el director de El carterista confesaba que la pintura le ha enseñado que no se deben hacer bellas imágenes, sino imágenes necesarias. Esta percepción de la realidad le lleva también a rechazar un cine de beatería: Para mí, todo el universo es cristiano. No veo que un tema parezca menos cristiano que otro. Por ello, es en películas carcelarias y de seres marginales (por ejemplo, Un condenado a muerte se ha escapado) donde Bresson nos sorprende con sus magistrales tratamientos de la redención y la gracia, los grandes temas de su filmografía. No podemos obviar que este director perteneció a una tradición jansenista que le hace especialmente sensible a cualquier reflexión sobre la Gracia. Por otra parte, frente a un cine como el actual que prima las fuertes pero epidérmicas impresiones de los efectos especiales, el autor francés estaba persuadido de que la emoción del público y la nuestra es un signo de la Verdad. La obra de cineastas como él es hoy testimonio de una forma de hacer cine que vuelve a ser necesaria por su autenticidad, su amor al hombre y a la Verdad. En una sociedad cada vez más virtual, es imprescindible recuperar la sencillez de la mirada y de la razón, sencillez que en la historia del séptimo arte tiene un nombre: Robert Bresson. Juan Orellana |