|
|
|
En aquel tiempo proclamaba Juan: Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.
Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: Tú eres mi Hijo amado, mi preferido. Marcos 1, 6b-11 |
Con sus ojos y los nuestros San Marcos, catequista donde los haya, nos ayuda a entender que, gracias a esta unción de Cristo, podrá ofrecernos el Espíritu que habita en Él. La carne de Cristo, la que ha tomado de nosotros y que necesita redención, es ungida por el Padre que envía su Espíritu, profetizando así que un día, en la Pascua de Resurrección, esa misma carne se abrirá y una agua viva, que ya no es la del Jordán, se derramará sobre toda carne. De Cristo brotará el agua del Espíritu. El Ungido nos ungirá. El Santo de Dios nos santificará. El Hijo de Dios lavará para siempre nuestros pecados bautizándonos con su Espíritu. Para ello, Jesús ha tenido que salir del agua, símbolo de la muerte, como el arca que se salvó del diluvio, como nuevo Moisés y nuevo Israel que salen ilesos del mar Rojo, como el Jonás redivivo que no es engullido por el océano. Jesús sale del agua y asómbrate, apenas salido del agua, con los ojos de su carne, vio que el Espíritu descendía sobre Él. Esta visión de Cristo es posible porque tomó nuestra carne y pudo ver, con sus propios ojos, cómo se rasgaba el cielo y descendía el Espíritu. Tomó nuestros ojos para abrirlos al misterio de Dios y despertó los oídos de los presentes para que escucharan la máxima revelación: Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto. Aquí se da el admirable intercambio que canta la liturgia de Navidad. Su bautismo no tenía más finalidad que revelarnos el nuestro, que ya no es el de Juan, sino el de Cristo. Y, al hacer suya nuestra carne, también nosotros vemos lo que sucede en cada bautizado: que, apenas salido del agua, el cielo se rasga, el Espíritu desciende y el Padre pronuncia la buena noticia: Tú eres mi hijo amado. Asómbrate: damos nuestra carne y recibimos el Espíritu. + César Franco
No vendrá mal advertir que Jesús no se bautiza porque tuviera pecados o necesitara convertirse. La Navidad, que culmina el próximo domingo con el Bautismo del Señor, ha dejado bien claro que Jesús es el Hijo del Dios Altísimo, el Santo que nace de la Virgen María. Su bautismo tiene que ver más con nosotros que con Él. Como todos sus misterios, también éste es por nosotros y por nuestra salvación. Por eso san Marcos narra el bautismo de Cristo anunciando que Él nos bautizará con Espíritu Santo. Y para explicar cómo será esto, presenta a Jesús, saliendo del agua y recibiendo en su carne la unción del Espíritu Santo que viene sobre Él, como había dicho el profeta acerca del Siervo de Dios, llamado por eso el Ungido.
Obispo auxiliar de Madrid
|
El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partífices de su misión.
Este sacramento recibe el nombre de Bautismo en razón del carácter del rito central mediante el que se celebra: bautizar (baptizein en griego) significa sumergir, introducir dentro del agua; la inmersión en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale, por la resurrección con Él, como nueva criatura. El bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios... lo llamamos don, gracias, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. «Don», porque es conferido a los que no aportan nada; «gracia», porque, es dado incluso a culpables; «bautismo», porque el pecado es sepultado en el agua; «unción», porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); «iluminación», porque es luz resplandeciente; «vestidura», porque cubre nuestra vergüenza; «baño», porque lava; «sello», porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios (san Gregorio Nacianceno). El Señor mismo afirma que el Bautismo es necesario para la salvación. Por ello mandó a sus discípulos a anunciar el Evangelio y bautizar a todas las naciones. Catecismo de la Iglesia católica |