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En 1946, el cardenal Antonio Riberi llega a China con la misión especial de establecer las diócesis y la jerarquía de lo que, hasta entonces, había sido una Delegación Apostólica. Antes había estado en África, como Delegado Apostólico en territorios de lengua inglesa. Durante la segunda guerra mundial, se vió obligado a volver a Roma, donde, dependiendo de la Secretaría de Estado, se encargaba de la asistencia a prisioneros y prófugos. Trabajó mucho por los judíos.Su sobrina, Marinette Riberi, relata: Recuerdo que se preparó minuciosamente porque, naturalmente, era un campo completamente nuevo. Leyó mucho sobre el jesuita Matteo Ricci, que quería unir los ritos católicos con la cultura china. Estudió mucho porque sabía que encontraría problemas. Luego llegó todo el asunto de Mao Tse Tung. No sé si había acabado de visitar todas las diócesis porque son muchísimas. Él escribía a su madre, y luego ella pasaba las cartas a toda la familia. Ya en China, cuando comenzó la revolución, monseñor Riberi, según avanzaba la larga marcha de Mao, se vió obligado a trasladarse primero a Nankín y luego a otra ciudad. Al acceder Mao al poder, el cardenal fue primero recluido en la Nunciatura, en residencia vigilada; luego lo detuvieron para encarcelarlo, aunque era diplomático. |
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Él no contaba mucho de esta experiencia recuerda Marinette. Fue sometido a interminables interrogatorios, horas y horas bajo reflectores muy potentes sobre el rostro. Querían que dijera nombres de obispos para poderlos acusar. Él trataba de recordar nombres de obispos que ya habían muerto, para poder responder alguna cosa y no traicionar a nadie. Quien le salvó porque aquellos no miraban a nadie y hubiera ido a la cárcel fue el embajador de la India, que en aquel momento era aliada de China. Mi tío indica Marinette tenía muchísimos conocidos y había hecho mucha amistad con este embajador, que consiguió que le expulsaran de China y no le encarcelaran.
El nuncio salió de China y fue a Hong Kong, donde sufrió un primer infarto, seguramente por la experiencia vivida. Fue nombrado nuncio en Taiwán. Estuvo bastantes años recuerda su sobrina. Tenía siempre la esperanza de volver. Y entonces tenían ya este problema de la Iglesia nacionalista y de la Iglesia fiel a Roma. Me explicaba que era muy difícil para estos sacerdotes comprender si aquella situación se podía aceptar o no. Recuerdo que me dijo: «He dado la absolución a tanta gente que venía con la tristeza de haber traicionado en cierto modo a la Iglesia, pero estaban tan confundidos, que allí lo que hacía falta era misericordia». El choque era muy fuerte: o ibas a la cárcel, o te adherías a la Iglesia Patriótica; era una especie de cisma. Decía que, además, cuando te hacen estos interrogatorios, durante horas y horas sin comer y sin dormir, al final no sabes lo que respondes. Yo he visto luego a tantos de estos misioneros que han sufrido, son verdaderos mártires. Tanto se había «chinizado» explica Marinette que iba siempre con una sotana de estilo chino, abierta a los lados, y se había dejado crecer la barba al modo del país. Pablo VI lo nombró nuncio en Irlanda. Allí tuvo otro infarto. Luego fue nuncio en España. Al poco de nombrarlo cardenal, en 1967, se fue al cielo. Tenía un corazón ya muy delicado. ¿Cómo ve esta posibilidad de relaciones diplomáticas del Vaticano con China, se abre un horizonte nuevo...? ¡Es el gran sueño!, exclama Marinette. El gran sueño que tenía mi tío y que yo creo que la Iglesia sigue teniendo. Sólo que allí continúa esta cerrazón. Hay que esperar que, como ha caído el Muro de Berlín, caiga también el «Muro de Pekín». Zenit |