RetrocesoA&ONº 195/13-I-2000SumarioContraportadaContinuar
Para que tengas vida...
Ha sido el último nacimiento del año en el hospital asturiano de Cabueñes.
El equipo médico tuvo que realizar una cesárea de urgencia para salvar la vida
del bebé de Milagros Lorenzo, de 34 años, clínicamente muerta desde
el pasado 13 de noviembre. Es la historia de la vida

Todos te llaman niño milagro. Nosotros te llamaremos niño vida. Has nacido con el pelo rubio, los ojos ligeramente achinados. Te gusta colocarte del lado izquierdo y los médicos, esos ángeles salvadores con batas blancas, que Dios premie con la bendición de sus elegidos, no te dejan solo ni de día, ni de noche. Tu madre se llamaba Milagros. También a ella le dicen madre milagro. Tenía una voluntad de hierro, forjado por los vientos norteños y cantábricos. El párroco de tu pueblo, Luanco, don Cipriano Díaz, dice que era muy inteligente. No sólo inteligente, buen hombre. Poseía un corazón a prueba de pico minero, de los de las cuencas del Navia. Inteligencia, corazón y una inmensa fuerza de voluntad. Sus deseos, su deseo en esta vida, eras tú, su niño vida. Cuando corras por los patios del colegio, cuando juegues al fútbol con los compañeros de clase, cuando celebres tu cumpleaños con los seres queridos, te acordarás siempre que naciste del corazón de tu madre. ¿Sabes?, Dios, que es la fuente de la vida, te eligió ya antes incluso del momento de tu concepción. En ese diminuto instante, derrochó todas las gracias sobre ti, criatura del amor. Todas las gracias, para que tuvieras vida.

Has vivido, semana tras semana, escuchando las canciones que tu mamá milagro te cantaba a la hora de acostarse. Has sentido las caricias que las manos entrelazadas de tus padres te hacían sobre la tensa piel de su vientre. Y has sentido que su corazón, el corazón de tu madre, te había susurrado su última palabra, mi vida. Cuando seas mayor, un día, en la catequesis, oirás contar la historia de Jesús, que dio su vida para que nosotros la tuviéramos. Jesús fue el que dijo, y también pensaba en tu madre, que nadie ama más que el que da la vida por los suyos. No lo olvides nunca.

Ahora, déjame que te diga algo sobre tu padre. Como san José en el evangelio, su único testimonio es la presencia callada. Cuando por primera vez extendió su mano, protegida por el higiénico guante, para tocarte, sintió el escalofrío del milagro de la vida. Bien sé que, durante semanas, su horizonte se componía de verbos de negra representación. Has sido tú, carne de su carne, quien le has convertido a la vida; le has vuelto a abrir la esperanza, apagada cuando tu madre cerró sus ojos a este mundo, y los abrió para Dios. El amor de tu padre y de tu madre ha dado ya su fruto. Tu padre vivirá lleno de preguntas. Más de una vez, levantará la mirada hacia el cielo y gritará. ¿Por qué, Dios? ¿Por qué, Dios? Entonces, tú, niño vida, le mirarás a los ojos, y en tus ojos verá reflejados los de quien fue capaz de hacer el milagro de tu vida, tu madre, su esposa. Y recordará cuáles fueron sus últimas palabras, y cómo dejó rubricado su testamento vital. Él, mi niño vida, es el que importa.

Quiere siempre a tu padre, como tu madre te quiso a ti. Y en esta cadena del amor, de amor elocuente de la vida y del amor silente de la muerte, se habrá escuchado tu llanto, nota de la sinfonía del Evangelio de la vida, mi niño vida.

José Francisco Serrano Oceja