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El Roto, que hoy viene a ilustrar esta página, con su desgarro habitual, unas veces acierta y otras no tanto... En este caso ha dado bastante en la diana, al menos en parte de la diana. La corrupción instalada en algunos Gobiernos del llamado tercer mundo también en algunos de los otros mundos, y todo un conjunto de corrupciones instaladas en las diversas sociedades de todos los mundos, no sólo son un impedimento para el justo desarrollo de los pueblos más pobres, sino que ahondan más y más la injusta diferencia entre los cada vez más ricos y los cada vez más pobres.
Evidentemente, ni a todos los Gobiernos ni a todas las sociedades puede juzgárseles por igual, como el lector, que tiene todo el derecho del mundo a exigir que su cooperación material llegue las cuentas, claras adonde tiene que llegar, puede ver en nuestro tema de portada, pero no menos evidente es que en este mundo nuestro, en cuyo seno se forman los Gobiernos y viven las sociedades, no sólo hay injusticias y pecados, sino que hay como subraya el magisterio social de la Iglesia todo un mecanismo pecaminoso que pone muy en evidencia por qué Satanás es llamado el príncipe de este mundo. No está de más recordar que Juan Pablo II, ya en su primera encíclica, la Redemptor hominis, hablando del desarrollo material que ahonda de día en día las ya abismales diferencias entre pueblos ricos y pobres, dice claramente que representan como el gigantesco desarrollo de la parábola bíblica del rico Epulón y el pobre Lázaro. El Papa continúa así: La amplitud del fenómeno pone en tela de juicio las estructuras y los mecanismos financieros, monetarios, productivos y comerciales que, apoyados en diversas presiones políticas, rigen la economía mundial: ellos se revelan casi incapaces de absorber las injustas situaciones sociales heredadas del pasado y de enfrentarse a los urgentes desafíos y a las exigencias éticas. Sometiendo al hombre a las tensiones creadas por él mismo, dilapidando a ritmo acelerado los recursos materiales y energéticos, comprometiendo el ambiente geofísico, estas estructuras hacen extenderse continuamente las zonas de miseria y con ella la angustia, la frustración y la amargura. |
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No es posible dejar de reconocer la verdad de este juicio de Juan Pablo II. Y habría que explicitar que la angustia, frustración y amargura de las que habla el Papa no son menores, en absoluto, en esas zonas privilegiadas de la opulencia representadas por el rico de la parábola evangélica. También en el llamado primer mundo, ¡y más aún, si cabe, tratándose de miseria espiritual!, el ser humano se debate entre la angustia, la frustración y la amargura, por mucho que su poderío económico trate de enmascararlas con lujos vacíos o con falsas sonrisas. Es indispensable que el primero aporte justicia distributiva y dinero al tercero y cuarto mundos, pero más indispensable aún es que entre ellos haya una ósmosis de humanidad, sin la cual el dinero no es más que origen y destino de corrupción.
Las decisiones, gracias a las cuales se constituye un ambiente humano, dice también Juan Pablo II, en su encíclica Centesimus annus pueden crear estructuras concretas de pecado, impidiendo la plena realización de quienes son oprimidos de diversas maneras por las mismas. Demoler tales estructuras y sustituirlas con formas más auténticas de convivencia es un cometido que exige valentía y paciencia. Sin duda, la valentía y la paciencia de la fe, que ninguno de los poderes de este mundo es capaz de proporcionar, pues son un don de Dios que es preciso suplicar y acoger. Antes que la cuestión del 0,7%, ¡urgentísima, sin duda!, es la cuestión del ciento por uno que Cristo asegura a sus discípulos, porque sin ella no sólo peligra el 0,7, sino el restante 99,3, incapaz entonces de servir al auténtico bien del hombre, en ninguno de los mundos en que ese mecanismo pecaminoso ha dividido a la Humanidad. Recuperar la unidad, es decir, la verdadera fraternidad que sólo Cristo hace posible se convierte así en la prioridad número uno en el recién estrenado tercer milenio cristiano. No lo puede olvidar una sociedad que quiere tener esperanza, ni unos Gobiernos en sus programas económicos y políticos que quieren tener verdadero éxito. Olvidarlo es, sencillamente, suicida, hasta por meros criterios de eficacia económica. No digamos en justicia y caridad... |
El buey y el asno
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Al recoger nuestro Belén hogareño, puede ser muy oportuna esta reflexión.
Quien no ha comprendido el misterio de la Navidad, no ha comprendido cuán decisivo es el cristianismo. Quien no lo ha aceptado, no puede entrar en el reino de los cielos. Es esto lo que san Francisco quiso recordar a la cristiandad de su tiempo y de todas las épocas sucesivas. Siguiendo sus directrices, durante la Nochebuena fueron colocados en la gruta de Greccio un buey y un asno. Él había dicho, de hecho, al noble Juan: Quisiera representar el Niño nacido en Belén, y de alguna manera ver con los ojos del cuerpo las molestias en que se encontró por la falta de las cosas necesarias para un recién nacido, cómo fue acomodado en un pesebre y cómo yació sobre el heno entre un buey y un borrico. Desde entonces el buey y el asno forman parte de todos los Belenes. Pero ¿de dónde deriva esta tradición? Como es evidente, las narraciones del nacimiento del Nuevo Testamento no dicen una palabra. El buey y el asno no son simples productos de la piedad y de la fantasía, sino que se han convertido en ingredientes del acontecimiento navideño. En Isaías leemos: El buey conoce al propietario y el asno el pesebre del amo; pero Israel no conoce y mi pueblo no comprende. Los Padres de la Iglesia vieron en estas palabras una profecía referida al nuevo pueblo de Dios, a la Iglesia compuesta de judíos y paganos, que eran como bueyes y asnos, sin inteligencia ni conocimiento. Pero el Niño en el pesebre les ha abierto los ojos, de forma que ahora conocen la voz del propietario, la voz de su Señor. En las representaciones medievales de la Navidad vemos cómo ambos animales tienen rostros casi humanos, como si se inclinaran conscientes y respetuosos ante el Misterio del Niño. Ellos tenían el valor de palabra profética en la que se esconde el misterio de la Iglesia, nuestro misterio, nosotros, que ante lo eterno somos como bueyes y asnos, a quienes en esa Noche Santa se les han abierto los ojos, para que reconozcan en el pesebre a su Señor Cardenal Joseph Ratzinger |