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Han dejado de surgir profetas? Hagamos cuentas: el Abbé Pierre anda por los 87 años, fray Roger de Taizé carga ya con 84 sobre sus espaldas algo curvas, el Padre Tocino, fundador de Ayuda a la Iglesia Necesitada, tiene 87, mientras que las arrugas de sor Emmanuelle, de El Cairo, atestiguan sus 91. Hace poco han muerto Helder Cámara, con 90 años, y la Madre Teresa, con 87. Los fundadores de los Movimientos no son ciertamente unos chavales. Chiara Lubich inspiradora de los Focolares nació en 1920, mientras que el creador de Comunión y Liberación, don Luigi Giussani, es de la quinta de 1922; Jean Vanier, padre del Arca, nació en 1928, y el padre Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, en 1920.
Ciertamente, si hay tantos líderes eclesiales que han nacido en las tres primeras décadas del siglo, tiene que haber un motivo. Se trata, de hecho, de las generaciones que estallaron con ganas de renacimiento en la posguerra, cuando la esperanza quería volver a florecer en un ideal religioso. Además, vivieron la estación del Concilio, que, por una parte, sirvió de desembocadura para sus aspiraciones evangélicas y, por otra, amplificó sus gestas en un ambiente sediento de testigos. Pero hoy, tras los opacos años ochenta y los televisivos noventa, ¿pueden surgir todavía profetas? Quizá estamos saliendo de una estación feliz irrepetible en la que las grandes figuras tenían un papel y un mercado. En realidad, en la Iglesia todavía hay grandes hombres y mujeres con capacidad de convocatoria el primero Juan Pablo II, que suscitan un interés constante en los medios de comunicación: pero casi siempre son personajes institucionales: cardenales como Ratzinger o Martini. Pero, ¿dónde están los Follereau?, ¿los Romero?, ¿los Cámara? ¿Faltan protagonistas? |
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Un profeta no puede ser demasiado joven; es normal, por eso, que los nombres conocidos sean los de personas mayores. Despeja el dilema el teólogo ortodoxo Olivier Clément con mucho sentido común: Muchos han salido de su surco: lo que pasa es que todavía no los conocemos. Hay que reconocer que ya no se ve a grandes personalidades como en años pasados, y hay que preguntarse por qué. El mismo Clément responde a este interrogante: Ante todo, estamos en una época que es, al mismo tiempo, floja y caótica. Floja, porque se están realizando las previsiones de Fukuyama, es decir, la instauración de una felicidad general a través de la democracia y del mercado; y caótica, porque la democracia crea crisis violentas de identidad, como la de la antigua Yugoslavia. Además, hay que tener en cuenta la televisión: ¿cómo es posible ser profetas ante la evidencia cotidiana, cuando todo el mundo ve en tiempo real las atrocidades de Timor Oriental o de Kosovo?
Por otra parte, en nuestra época, el mal es socarrón, hipócrita y subrepticio; es mucho más fácil ser profeta cuando la maldad es descarada. Por último: hay mucha palabrería. Por eso creo que hoy día la profecía, el misterio, está, por una parte, en el silencio de los contemplativos y, por otra, en el ejemplo de comunidades vivientes que crean un estilo de vida y de resistencia. En pocas palabras, se requiere una santidad inédita, que asuma la complejidad de la vida planetaria. Sí, estamos esperando a nuevos profetas. Eso de que ya no hay profetas es una canción que escucho desde que era joven, explica el monje Enzo Bianchi, prior de la comunidad italiana de Bose. De todos modos, usamos el término profeta con demasiada facilidad para referirnos a los grandes personajes que emergen en la Iglesia, mientras que yo creo que es necesario que la Historia se decante. Profeta es aquel que dice una palabra que proviene de Dios, anticipándose en el tiempo, y que sabe decirla incluso contra todos los poderes. La Madre Teresa, por ejemplo, ha sido un testigo de la caridad, no un profeta. Oscar Romero era un profeta, al igual que el Papa Juan XXIII. No hay que confundir lo que es impresionante con lo que es profético. Roger de Taizé es un profeta. ¿Es anciano? Sí, pero por otra parte no he conocido a profetas con cuarenta años. A no ser que tengamos en cuenta los tiempos del posconcilio, cuando toda protesta contra la jerarquía se convertía de repente en «profecíaª. Calma... Avvenire - Alfa y Omega |