RetrocesoA&ONº 195/13-I-2000SumarioDesde la feContinuar
Quinto Centenario del emperador Carlos V
Un singular católico
en la vida pública
El V Centenario del nacimiento en Gante (Flandes, Bélgica) del que sería Carlos V
ha comenzado ya a celebrarse, tanto en Bélgica como en España. Gante, por supuesto,
Bonn, Viena, Toledo, Barcelona, Burgos, Granada, La Coruña, Sevilla, Madrid y también
Yuste albergarán exposiciones, congresos, fiestas y conciertos. El autor de este artículo
ha presidido durante muchos años la Orden Capitular de los Caballeros de Yuste

La figura del Emperador y su época serán mirados por arriba y por abajo. Hasta han tenido en Gante la humorada de meter a Carlos V en un psiquiátrico: una original muestra ha sido inaugurada en Gante, por la que pululan reyes perturbados, locos, monstruos, megalómanos y otros egregios personajes. Ha sido en el Museo de Historia de la Psiquiatría del doctor Guislain, abierto en el recinto de un sanatorio mental. Aunque la presencia de Carlos V en libros y estampas no ha sido más que la excusa para ilustrar la vecindad del poder y de la locura, en figuras como el inglés Jorge III, Luis II de Baviera, la Reina virgen Isabel de Inglaterra, Napoleón... Una manera muy elegante de los ganteses de devolver el guante al Señor de Flandes, Carlos, que les inflingió su famoso Castigo...

Por mi modesta parte, quisiera contribuir al conocimiento de su figura histórica y humana con algo que, por sabido, seguramente no será destacado: Carlos V fue un católico que actuó en la vida pública. Y de qué manera: naturalmente, como Emperador. Recientemente se ha celebrado en la Fundación San Pablo-CEU un extraordinario Congreso bajo el título Católicos y vida pública. Pues aquí tenemos a uno de ellos. Y singular.

Lo fácil y trillado es decir: claro, luchó contra el protestantismo y contra los turcos. Naturalmente que sí. Los turcos eran un peligro constante y real. Llegaron hasta Viena, a la que defendió el Emperador. Pero es que, además, en su camino mataban, violaban a mujeres y niños, hacían cautivos. Y Lutero... Entre los que consideran a Lutero un condenado por desconfiado, y los que lo glorifican como padre de la fe, hay que verlo como lo hace el Concilio Vaticano II y el propio Juan Pablo II, o más recientemente la Declaración conjunta sobre la Doctrina de la Justificación, que ha sido un tanto malinterpretada por algunos. La Iglesia ha tenido que poner las cosas en su sitio al decir: Nadie ha levantado la excomunión a Lutero, ni tampoco ha habido rendición alguna de Trento, sino la matización extrañamente silenciada de que precisamente por la justificación Dios otorga al pecador gratuitamente y sin mérito alguno el Espíritu Santo.

Pero volvamos al Emperador y a su clara condición de católico actuante, o bien dicho en este caso, militante. Hay quienes le critican, desde un punto de vista meramente humano y político, que entrara en la lucha religiosa de su tiempo. Pero como ha dicho el profesor Fernández Álvarez, su buen biógrafo, no pudo quedarse al margen del gran debate que se establece entre Roma y Lutero, a pesar de que hay quien le aconseja que gobierne los cuerpos y no las almas; pero él se hace solidario con el afán de Roma. Y es que Carlos V está muy preocupado por la Iglesia —cuyos abusos en la época conocía y lamentaba— y ello le lleva a buscar tesoneramente, al menos desde 1523 o desde 1529 hasta 1545, que el Papa (Clemente VII, Pablo III, Julio III) convoque un Concilio para corregirlos, pues tenía muy claro que sólo una Iglesia purificada podía hacer frente con eficacia y éxito a la que se pretendía Iglesia reformada. Aquella reforma católica venía desde al menos la fundación de la Orden Jerónima en 1373, y en tiempos del Emperador venía defendida por el famoso Erasmo de Rotterdam, al que está claro que Carlos estuvo siempre muy cercano. Y tendría después continuidad en la mal llamada Contrarreforma.

En fin, un hombre que dice, tras su encuentro con Lutero, que ha resuelto defender su fe con mi cuerpo y mi sangre, mi vida y mi salud, y que al vencer en Mülhberg dice parafraseando a Julio César: Llegué, vi y Dios venció, y que al morir en Yuste, según cuenta fray Prudencio de Sandoval, da un magnífico ejemplo del bien morir, es un verdadero rey-creyente (Fernández Álvarez) que actúa en la vida pública.

En este V Centenario se destacará a Carlos V como estadista, como político, como soldado (el último rey-soldado), como mecenas de las Artes y de las Letras..., pero hay que subrayar también como se merece su perfil de un católico en la vida pública. A pesar de sus miserias humanas, que también las tuvo.

Manuel Martín Lobo