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Obispos ordenados en China
La presión aquí es muy fuerte, y yo soy muy débil. Esto dijo, según la agencia Fides, uno de los cinco obispos recientemente ordenados en China sin la autorización del Papa. Los ordenandos (tres aún treinteañeros) han estado sometidos a fuertes presiones, lo que desmiente la versión oficial de Liu Yuanlong, secretario de la Asociación Patriótica, de que la coincidencia de estas ordenaciones con las de la Santa Sede el pasado 6 de enero fuese eso, una lamentable coincidencia. Por el tono de las reacciones provenientes del Vaticano, la jugada de China puede bloquear seriamente la negociación diplomática de que hablábamos en el número anterior de Alfa y Omega. El motivo es obvio: China manifiesta con este lance que no está dispuesta a ceder un ápice del control que mantiene sobre la Iglesia: el nombramiento de los obispos es una de las claves de la autoridad papal, es decir, condición sine qua non del acercamiento diplomático. De hecho, China se ha apresurado a lanzar una cortina de humo reclamando la ruptura de las relaciones con Taiwán como principal punto del conflicto.
Tal y como están las cosas, será difícil que la situación cambie en los próximos meses. La mentalidad oriental, mucho más totalizante que la europea de tradición cristiana, no concibe sin resquemor la idea de que el sometimiento a las leyes temporales no esté en contradicción con la independencia espiritual. Para China, una religión sometida a una autoridad más alta que la del Estado supone un atentado contra la integridad nacional; es lo que sucede con el Dalai Lama y el Tíbet, por ejemplo. Para atajar el problema, toda religión en China tiene su Asociación Patriótica, pues tampoco puede desligarse, según esta concepción, la integridad nacional china de la fidelidad al partido comunista.
Pensar, por tanto, que China renunciará voluntariamente a su control sobre la Iglesia es casi absurdo; al contrario, como muchos católicos perseguidos allí afirman, probablemente se incrementarán las presiones. El futuro está, pues, pendiente de un hilo, aunque la Santa Sede probablemente no cejará en su empeño de seguir intentando una normalización diplomática, porque tiene la obligación de velar por sus hijos allá donde éstos se encuentren, no sólo los mártires de la Iglesia subterránea, sino los católicos oficiales, sometidos a un control asfixiante por miedo a la represión, muchos de los cuales tienen sincera voluntad de acercarse a Roma. La única baza de la Iglesia es la necesidad de Pekín de lavar su imagen internacional y conseguir quorum para sus pretensiones sobre Taiwán.
Las relaciones diplomáticas no se han establecido; pero quizá el orden natural de los acontecimientos exija primero el acercamiento entre la Iglesia oficial y la subterránea, y que los católicos oficiales verdaderamente fieles a Roma se definan de alguna forma; quizá es de la Providencia que no termine la persecución. Porque mientras contra la URSS era medio mundo el que luchaba, contra China, la Iglesia se ha quedado sola.
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