RetrocesoA&ONº 195/13-I-2000SumarioDesde la feContinuar

PUNTO DE VISTA
Obispos ordenados en China

La presión aquí es muy fuerte, y yo soy muy débil. Esto dijo, según la agencia Fides, uno de los cinco obispos recientemente ordenados en China sin la autorización del Papa. Los ordenandos (tres aún treinteañeros) han estado sometidos a fuertes presiones, lo que desmiente la versión oficial de Liu Yuanlong, secretario de la Asociación Patriótica, de que la coincidencia de estas ordenaciones con las de la Santa Sede el pasado 6 de enero fuese eso, una lamentable coincidencia. Por el tono de las reacciones provenientes del Vaticano, la jugada de China puede bloquear seriamente la negociación diplomática de que hablábamos en el número anterior de Alfa y Omega. El motivo es obvio: China manifiesta con este lance que no está dispuesta a ceder un ápice del control que mantiene sobre la Iglesia: el nombramiento de los obispos es una de las claves de la autoridad papal, es decir, condición sine qua non del acercamiento diplomático. De hecho, China se ha apresurado a lanzar una cortina de humo reclamando la ruptura de las relaciones con Taiwán como principal punto del conflicto.

Tal y como están las cosas, será difícil que la situación cambie en los próximos meses. La mentalidad oriental, mucho más totalizante que la europea de tradición cristiana, no concibe sin resquemor la idea de que el sometimiento a las leyes temporales no esté en contradicción con la independencia espiritual. Para China, una religión sometida a una autoridad más alta que la del Estado supone un atentado contra la integridad nacional; es lo que sucede con el Dalai Lama y el Tíbet, por ejemplo. Para atajar el problema, toda religión en China tiene su Asociación Patriótica, pues tampoco puede desligarse, según esta concepción, la integridad nacional china de la fidelidad al partido comunista.

Pensar, por tanto, que China renunciará voluntariamente a su control sobre la Iglesia es casi absurdo; al contrario, como muchos católicos perseguidos allí afirman, probablemente se incrementarán las presiones. El futuro está, pues, pendiente de un hilo, aunque la Santa Sede probablemente no cejará en su empeño de seguir intentando una normalización diplomática, porque tiene la obligación de velar por sus hijos allá donde éstos se encuentren, no sólo los mártires de la Iglesia subterránea, sino los católicos oficiales, sometidos a un control asfixiante por miedo a la represión, muchos de los cuales tienen sincera voluntad de acercarse a Roma. La única baza de la Iglesia es la necesidad de Pekín de lavar su imagen internacional y conseguir quorum para sus pretensiones sobre Taiwán.

Las relaciones diplomáticas no se han establecido; pero quizá el orden natural de los acontecimientos exija primero el acercamiento entre la Iglesia oficial y la subterránea, y que los católicos oficiales verdaderamente fieles a Roma se definan de alguna forma; quizá es de la Providencia que no termine la persecución. Porque mientras contra la URSS era medio mundo el que luchaba, contra China, la Iglesia se ha quedado sola.

Inma Álvarez

Okupas

Desde hace unos cinco años se suceden con cierta frecuencia noticias sobre desalojos de edificios públicos o viviendas por parte de la policía que, en cumplimiento de sentencias judiciales, obliga a abandonar a quienes entraron y habitan en ellos sin derecho reconocido. Normalmente los medios de comunicación hablan de episodios violentos; hay heridos y detenidos, ya sea por la resistencia que oponen los miembros del llamado movimiento okupa, o por los medios que las fuerzas del orden se ven obligados a emplear para cumplir su misión.

Hoy a nadie se le escapa que el problema va mucho más allá de explicaciones simplistas. Es notorio que no faltan implicaciones políticas: parece que un signo de identidad del movimiento es el anarquismo, al que se añaden expresiones difusas como socialismo libertario, antifascismo e insumisión. El solo uso de la k en okupa ya es revelador. La mayoría afirma que se trata de hacer uso del derecho a un espacio de convivencia, creando centros autogestionados, donde puedan realizarse actividades culturales alternativas. Está claro que hay muchos jóvenes que no pueden pagarse las 800 pesetas del cine o las 1.500 del teatro, pero quienes alegan el respeto a la propiedad privada subrayan que sí parecen tener medios para fiestas donde corre el alcohol y se destroza y ensucian inmuebles.

Sería injusto negar que faltan centros culturales, bibliotecas, parques. Pero pasar un viernes por la tarde por muchos parques y plazas de Madrid supone un reto para no ir pisando botellas, vasos de plástico: son los llamados botellones. ¿Qué pasa? Vivimos en una de las mayores crisis de valores de la Historia. Acostumbrados a que todo lo resuelva el Estado, la sociedad ha renunciado a crear un ambiente propicio para los jóvenes. No se trata de poner las cosas fáciles, sino de ayudar a quienes comienzan a vivir a luchar por su propia dignidad humana.

El centro de Madrid está abarrotado de viviendas vacías, muchas por pura especulación. Pero ocupar es —las cosas como son— apropiarse de un bien ajeno. Son muchas las preguntas. La justicia —para todos—, sin demagogias por uno y otro lado, es la respuesta.

Andrés Merino