RetrocesoA&ONº 195/13-I-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
II Domingo del tiempo ordinario
Evangelio
En aquel tiempo estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: Éste es el Cordero de Dios.

Los discípulos oyeron sus palabras y siguierona Jesús. Jesús se volvió, y al ver que lo seguían les preguntó: ¿Qué buscáis?

Ellos le contestaron: Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?

Él les dijo: Venid y lo veréis. Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encontró primero a su hermano Simón y le dijo: Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús.

Jesús se le quedó mirando y le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro).

Juan 1, 35-42

«¿Qué buscáis?»
El evangelio de este domingo nos permite adentrarnos en la experiencia básica del cristianismo que es el seguimiento de Jesús. Cuando decimos del cristiano que es un seguidor de Cristo, no hacemos sino describir lo que ocurrió cuando Jesús comenzó a tener discípulos; les invita a seguirle: Venid y veréis. Es el inicio de la fe cristiana. Ir en pos de Jesús y ver su vida. Esto es lo que hicieron Andrés y Juan, discípulos de la primera hora.

Y dice Juan que vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día. En esta descripción no tenemos teología, sino historia pura. Hasta se nos dice la hora aproximada del aquel primer encuentro, como queriendo insistir en que su amistad con Jesús tuvo un inicio, unas circunstancias, un marco en el espacio y tiempo de su propia vida. Y es que Dios se ha hecho hombre para mantener relaciones humanas con cada uno que le sale al encuentro. La Encarnación del Hijo de Dios, de la que estrenamos su dos mil aniversario, le permite volverse a cada hombre y preguntarle: ¿Qué buscas?

Una pregunta tan directa deja desconcertado. Juan y Andrés podrían haber dicho:

Te buscamos a ti, porque Juan Bautista nos dice que eres el Mesías, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

¿Tuvieron miedo, pudor, reparos? ¿Dudaron quizás de que un hombre tan normal fuese el enviado de Dios? Y contestaron con otra pregunta: ¿Dónde vives? Se interesaron por sus circunstancias vitales, su entorno familiar, el lugar de lo cotidiano, donde un hombre se muestra como es. Entonces fueron, vieron y permanecieron con él. He ahí el movimiento del amor, el dinamismo que enciende la amistad. Es un movimiento que va en aumento: de la acción física de ir en pos de Jesús, al ver —que nos habla de experimentar— y, por último, al permanecer, que significa establecerse en Cristo para siempre. Hacer de él la propia casa. Tenemos aquí la mejor descripción de la vida cristiana. Cuando Juan hable en su evangelio de permanecer en Cristo, en su amor o en su verdad, hay que interpretarlo a la luz de lo que ocurrió aquel día sobre las cuatro de la tarde. A la luz de la Historia.

El milagro de la Encarnación hace posible que Cristo pueda entrar en la vida del hombre, a la hora de tercia, sexta o nona. Le hace contemporáneo de cada hombre. Basta con estar atento a que alguien, como el Bautista, lo señale: Ése es el Cordero de Dios. Después no hay más que ponerse en camino cumpliendo aquello que decía el filósofo Epicteto:

Busquemos nosotros mismos; si no, no podremos encontrarlo.

+ César Franco
Obispo auxiliar de Madrid


Año de Gracia
De antemano os avisamos que os guardéis no os engañen esos mismos démones que nosotros acabamos de denigrar y os aparten de leer absolutamente y de entender lo que decimos, pues ellos pugnan por teneros por sus esclavos y servidores, y ora por apariciones entre sueños, ora por artes de magia, se apoderan de todos aquellos que de un modo u otro no trabajan por su propia salvación; a la manera que nosotros, después de creer en el Verbo, nos apartamos de ellos y por medio de su Hijo seguimos al solo Dios ingénito. los que antes nos complacíamos en la disolución, ahora abrazamos sólo la castidad; los que nos entregábamos a las artes mágicas, ahora nos hemos consagrado al Dios bueno e ingénito; los que amábamos por encima de todo el dinero y los acrecentamientos de nuestros bienes, ahora, aún lo que tenemos, lo ponemos en común y de ello damos parte a todo el que está necesitado; los que nos odiábamos y matábamos los unos a los otros, y no compartíamos el hogar con quienes no eran de nuestra propia raza por la diferencia de costumbres, ahora, después de la aparición de Cristo, vivimos todos juntos y rogamos por nuestros enemigos y tratamos de persuadir a los que nos aborrecen injustamente, a fin de que, viviendo conforme a los bellos consejos de Cristo, tengan buenas esperanzas de alcanzar junto con nosotros los mismos bienes que nosotros esperamos de Dios, soberano de todas las cosas.

de Apología I. San Justino