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El Rey llora la muerte de su madre
El cardenal Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid, presidió el funeral celebrado
en la catedral de la Almudena, en el que el pueblo madrileño encomendó a Dios el alma de
la madre del Rey de España, Su Alteza Real doña María de las Mercedes de Borbón
y Orleans. El cardenal dijo en la homilía:

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Venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré. Con estas palabras cordiales y llenas de ternura, el Señor Jesús nos invita a cuantos nos congregamos hoy en torno a su mesa a descargar en Él todo el cansancio y agobio de la existencia turbada por la muerte. Nos invita a venir a Él, que es la Resurrección y la Vida. La archidiócesis de Madrid ha querido recoger esta invitación y hacerla suya abriendo las puertas de esta iglesia catedral a todos los madrileños que quieren ofrecer el sufragio de la Eucaristía por un miembro insigne de esta comunidad diocesana, hija predilecta de Madrid, la madre de nuestro Rey.
Acoged, Majestades, el sincero testimonio del pueblo cristiano de esta Villa y Corte para que disminuya vuestra pena y crezca vuestro consuelo. La Iglesia en Madrid os ofrece lo mejor que tiene: el sacrificio de Cristo en favor de los vivos y de los muertos. El mismo Jesucristo que otorgó en el bautismo a nuestra hermana, Su Alteza Real doña María de las Mercedes de Borbón y Orleans, el don de la vida eterna intercede ahora por ella, ante el Padre, y la Iglesia con Él, para que pueda contemplar a Dios cara a cara en la bienaventuranza eterna. Descansad, Majestades y miembros todos de la Familia Real de España, en el corazón de Cristo, manso y humilde, el único que puede consolar en el trance de la muerte no sólo con palabras de vida eterna, sino con el cumplimiento de sus promesas: Quien vive y cree en mí nos dice no morirá para siempre. Su Alteza Real doña María de las Mercedes creyó y vivió en Cristo. Y esta fe le asegura, como a todo cristiano, la victoria sobre la muerte. Sellada desde el inicio de su vida con la fe cristiana y educada según los principios del Evangelio y del magisterio de la Iglesia católica, su existencia y su vocación nada fácil de esposa y madre no se explican plenamente sino a la luz de la fe que marcó definitivamente el rumbo de su vida. Gracias a esa fe, sus indiscutibles cualidades humanas crecieron y se desarrollaron dando frutos de discreción, fortaleza, prudencia y sabiduría que nadie como su familia y sus más allegados conocen plenamente, y de los que Dios se sirvió para dirigir a buen término el destino de nuestro pueblo. La Eucaristía de hoy nos invita, como hace Jesucristo, a dar gracias al Padre porque, gracias a esta fe, Su Alteza Real doña María de las Mercedes pertenece al número incontable de los sencillos que ha recibido la revelación de los misterios del Reino de los cielos. Así la veían los feligreses de su parroquia madrileña, San Gabriel de la Dolorosa, de cuya vida y actividades participaba. Su fiel e inolvidable presencia en las fiestas de Santa María de la Almudena y de la Virgen de la Paloma dan fe de su entrañable devoción a la Madre de Dios, rasgo inequívoco del pueblo madrileño. El Señor ha querido llamar a su hija en los días hermosos y entrañables de la Navidad, rodeada precisamente del amor bien merecido de los suyos. Podemos y debemos dar gracias a Dios por todas las gracias que comporta la vida, los gozos y sufrimientos, los desvelos y alegrías, los trabajos y fatigas, las renuncias y sacrificios, las pruebas y los logros; en definitiva, la vocación y misión de mujer, esposa y madre cristiana de doña María de las Mercedes. Nada de todo ello se perderá, ni quedará sin recompensa. |