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Dos Papas y cinco cardenales están de plena actualidad: los Papas son Pío IX y Juan XXIII: a ambos la Iglesia acaba de reconocerles la práctica heróica de las virtudes cristianas, primer paso hacia la canonización. Uno y otro fueron escuela de santidad . Los cardenales son Ratzinger, Koenig, Biffi, Ruini y Tettamanzi. Han dicho estos días cosas destacables.
De los dos nuevos Papas que serán beatificados en este año 2000, el buen Papa Juan que abrió las ventanas de la Iglesia a la renovación del Vaticano II ha dejado un tanto en la sombra la biografía nada común de Pío IX, el Pontífice más hostigado por la masonería. Fue un Papa santo, de inconmensurable amor a la Iglesia. Giovanni Maria Mastai Ferretti nació en 1792, en Senigallia (Italia). Fue elegido Sumo Pontífice el 16 de junio de 1846. En 1854 proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción. Si Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II, Pío IX convocó el Concilio Vaticano I, en el que fue proclamado el dogma de la infalibilidad papal. En 1864 promulgó la encíclica Quanta cura, con el anexo del famoso Syllabus, o lista de enseñanzas prohibidas con la que la Iglesia, a la vez que se defendía de los ataques sistemáticos, desenmascaraba y condenaba los errores del liberalismo ilustrado. Los listillos los hay en todas las épocas ya han echado la lengua a paseo, sin el menor rubor, y chismorrean que la Iglesia quiere santificar a un conservador y a un progresista, y que la canonización, sobre todo la de Pío IX, les parece políticamente incorrecta, lo que es ciertamente la mejor garantía de que es correcta. Confundir modernidad y progreso con lo que uno cree que es modernidad y progreso, por desgracia, también hoy ocurre mucho. Hay quien incluso cree que abortar es progresista... Se diría que hay una especie de miedo ante los modelos que la Iglesia propone. Hay que reconocer que han hecho honor los últimos Papas al apelativo con que el pueblo los reconoce: Santo Padre. Juan XXIII era un hombre de fe profundísima, con las ideas muy, muy claras y con un sentido práctico como el de los campesinos bergamascos de su Sotto il Monte natal. |
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Y CINCO CARDENALES
El cardenal Tettamanzi ha propuesto una especie de moratoria en la producción eclesial de documentos escritos: Quisiera dice que fuera una invitación a darle más sitio al silencio como camino hacia la interioridad y al encuentro con Dios. El silencio libera una elocuencia no menos fuerte que la palabra misma; una invitación a concentrar la escucha y la reflexión sobre el Evangelio, en toda su desarmante sencillez, para dejarnos interpelar por la Palabra viva que es Cristo. ¿Acaso no es Él el festejado en el Jubileo? El cardenal Koenig, arzobispo emérito de Viena, ha declarado a Ricardo Estarriol, corresponsal de La Vanguardia: El esplendor del Concilio lo tuvo Juan XXIII, pero el peso del Concilio lo tuvo Pablo VI. Juan Pablo II tiene internacionalmente un prestigio como no había tenido hasta ahora ningún Papa. El prestigio de la Iglesia ha aumentado. En el Cónclave, después que el cardenal de Cracovia reuniera dos terceras partes de los votos, lo primero que me pregunté fue si aceptaría. Me llamó la atención su inmensa serenidad y paz, a pesar de que estoy convencido no lo esperaba. El cardenal Biffi, arzobispo de Bolonia, ha declarado al diario Avvenire que lo esencial del Jubileo está en que es el bimilenario de Cristo. Conviene no olvidar lo esencial en el diálogo interreligioso: que Jesucristo, el único salvador de todos, no se convierta en el único sacrificado en ese diálogo. Jesús no era un conformista, era alguien políticamente incorrecto en su tiempo; por ejemplo, cuando dice que la pobreza no es una desgracia, sino un privilegio, y la riqueza, un peligro. El cardenal Camilo Ruini, Vicario del Papa para Roma y Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, ha declarado al diario La Reppublica, en relación con el entendimiento del Año Santo como el del mea culpa de la Iglesia: A menudo el reconocimiento de las culpas históricas se convierte en motivo quizás implícito para proponer no una fidelidad más auténtica al mensaje cristiano, sino su homologación con un sentimiento difuso que no es el cristiano. Pedimos perdón para poner en práctica una mayor fidelidad a Cristo, no para adecuarnos a la secularización. La Iglesia debe concentrar su esfuerzo en medirse con los desafíos culturales en Europa y en América del Norte, que es de donde viene el ataque más radical a ella. La pérdida de los referentes cristianos en estas zonas tan determinantes del planeta sería una tragedia. Modas culturales como la «new ageª o las prácticas budistas son consecuencia de esa pérdida inconsciente de referentes cristianos. El cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha hablado en La Sorbona, de París, sobre el tema Dos mil años ¿después de qué?, y ha dicho: El hecho de que el cristianismo busque y ofrezca la verdad ha provocado poco a poco, en los ambientes filosóficos y científicos, progresivas oleadas de escepticismo, cuando no de hostilidad. Se quiere reducir los contenidos cristianos a un discurso simbólico, no atribuirles más verdad que la de los mitos de la Historia de las religiones, y mirarlos como un modo más de experiencia religiosa, que debe considerarse humildemente al lado de los demás modos. En definitiva se corre el riesgo, insidioso y difuso, de una homologación de las confesiones religiosas, rebajando el nivel de todas. La fuerza que transformó el cristianismo en una religión mundial consistió en su síntesis entre razón y fe, fe y vida, que se expresa con la breve fórmula de «religión verdaderaª. El auténtico desafío de los católicos de este fin de milenio consiste en seguir profesando, con convencimiento pleno, esta religión verdadera, en un momento caracterizado por el relativismo y por la tentación del sincretismo. El compromiso del católico por la «religión verdaderaª consistirá en hacer coincidir amor y razón como pilares fundamentales de lo real: la razón auténtica es el amor, y el amor es la razón auténtica. M.A.V |