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Existe una alegría,que perdura a pesar de la pobreza espiritual o física, que nunca, aunque estés cansado, pasa, que incluso sobrevive a la enfermedad y a la muerte. Aún hoy podría revivir cuando recorría los municipios en viejos aviones, aquellos trenes, o incluso en mi propio coche; yo tenía que estar allí, con los hombres que buscan a Dios sin haber visto siquiera de cerca una iglesia, pero que le quieren ofrecer lo básico de sus creencias. Es probable que en este año me junte con una veintena de jóvenes que reflexionan seriamente sobre su vida y su vocación. Como párroco me encargaba de conducir a los adultos en un largo camino hacia la confesión; hacía visitas a domicilios y tenía cientos de amigos entre aquellos que podían ser llamados los hijos de Marx; recibía visitas, era convidado a las casas; en alguna ocasión hablé con Juan Pablo II (aunque brevemente) y nunca me cansé de admirar el profundo fervor de nuestras jóvenes religiosas. Hubo momentos en que parecía que había llegado al límite. ¿Hacia dónde huir? Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras Pero la alegría, siempre perduraba. En tiempos del gobernador Cirino de Siria, la alegría era como un regalo de Navidad de Dios. ¡También ahora quiere aparecer como regalo! ¡La Nochebuena será un nuevo amanecer en tu camino hacia Dios! La alegría cristiana, Cristo no es un privilegio para unos pocos, ¡está ahí! Es el misterio del Amor que ilumina, que abrasa al mundo. ¡Cómo deseo que Cristo arda en tu corazón, en mi corazón , en todos los corazones! Casi a diario me encuentro en mi camino con una pobreza oculta de la que me gustaría hablar, ya que, solo, no puedo hacer nada. Pero, al mismo tiempo y en el umbral del Año Santo, pienso en otras cosas que están en el fondo de esa pobreza y que no son fáciles de explicar. De una manera u otra, me gustaría contar por qué necesito ayuda. |
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Hace tiempo ya escribí acerca de una familia lituana: dos madres, siete niños, un abuelo, ningún padre. Se habían trasladado del campo a la ciudad porque allí ya no podían subsistir; la semana pasada y con 20°C venían como de costumbre a Misa; llevaban unas zapatillas de goma completamente rotas; una de las hijas, hasta donde yo pude saber, había sido ingresada en un internado por orden del Ayuntamiento, debido a la malnutrición que padecía. Estas familias viven en una habitación cuyas ventanas están totalmente destartaladas; este tipo de viviendas pertenecen a lo que se dio en llamar viviendas sociales rusas: no disponen de agua corriente; están formadas por unos diez bloques de dos pisos, con un WC en el patio para doce familias. Allí viven exclusivamente alcohólicos; ése es el ambiente en el que están creciendo estos siete muchachos, un ambiente que se les quedará grabado para siempre. Hace poco tuve noticia de una familia que vendía una vivienda con cuatro habitaciones, baño y WC por 10.400 marcos
conseguí adquirir aquella casa para esta familia de diez miembros, y al menos los niños estarán mejor.
Entre mis sacerdotes la situación no es mucho mejor: apenas a uno de ellos le ha ido tan bien como me fuera a mí en mis tiempos de párroco. Estos sacerdotes vienen de países muy pobres y no tienen a ningún obispo que, además, les pague un sueldo. Ayer acudió a mí un sacerdote procedente del sur para pedirme algo de dinero: sólo lleva aquí tres meses; cuando le pregunté para qué proyecto necesitaba ese dinero; guardó silencio , pero yo seguía esperando una respuesta; tras una breve pausa, me respondió en voz baja: No tengo nada. Entonces comprendí que me estaba pidiendo dinero para sobrevivir: para comer, vestir Pero la pobreza del alma es aún peor de sobrellevar y no se puede explicar en unas pocas líneas. Se cruzó en mi camino una joven de 16 años, conocida de nuestra comunidad: necesitaba dinero para una segunda operación de columna vertebral, y le conseguí 600 marcos. Hacía dos meses había sufrido una caida desde su casa, un 6º piso. Ahora está siendo atendida en un hospital a 80 km de aquí y acudimos periódicamente a visitarla. De nuevo, alguien que me necesitaba: se trata de un joven conocido que regresaba a casa del Ejército, para ser más exactos, de la guerra; había sido instruido como franco tirador, pero una vez licenciado, apartado del servicio, se alistó en un nuevo ejército, el de los alcohólicos. En cierto modo estoy agradecido de no tener que permanecer sentado en mi despacho del 6º piso en Saratow, ya no sólo por el frío que allí sufrimos, sino también porque amo a esta comunidad. Pero no puedo dejar de contar un sueño que tuve la pasada noche: venía un nuevo párroco que tenía tiempo para estar con la gente y eso me hacía muy feliz. Ahora estoy preparando dos grandes peregrinaciones de cara al Año Santo: una a los sepulcros de santa Teresa de Ávila y de san Juan de la Cruz, para las religiosas que tanto me han ayudado durante diez años, y la otra para todos mis sacerdotes, en Jerusalén. Al principio hablaba de esa alegría que perdura. ¿Podrías tú quizás encontrarla en alguna de estas líneas? En cualquier caso te lo deseo para el año 2000... + Clemens Pickel |
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