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Yo me había creído obligado a combatir con todos los medios el nombre de Jesús. En este empeño iba hacia Damasco con plenos poderes y comisión de los sumos sacerdotes; y a medio día, yendo ya de camino, vi una luz venida del cielo, más resplandeciente que el sol, que me envolvió a mí y a mis compañeros en su resplandor. Caímos todos a tierra y yo oí una voz que me decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Te es duro dar coces contra el aguijón. Yo respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me dijo el Señor: Yo soy Jesús a quien tú persigues. Pero levántate, y ponte en pie. Yo te he elegido en medio de tu pueblo y de los gentiles, a los cuales yo te envío, para que les abras los ojos; para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios; y para que reciban el perdón de los pecados y una parte en la herencia entre los santificados, mediante la fe en mí.Hechos de los Apóstoles, 26 Os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es de orden humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. Pues ya estáis enterados de mi conducta anterior en el judaísmo, cuán encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba. Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre, y me llamó a su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco. Luego, de allí a tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía. Y no vi a ningún otro apóstol, y sí a Santiago, el hermano del Señor. Y en lo que os escribo, Dios me es testigo de que no miento. Luego me fui a las regiones de Siria y Cilicia; pero personalmente no me conocían las las Iglesias de Judea que están en Cristo. Solamente habían oído decir:El que antes nos perseguía ahora anuncia la buena nueva de la fe que entonces quería destruir. Y glorificaban a Dios a causa de mí. Carta a los Gálatas 1, 11-24 |
Un hombre de la verdadQuien se adentra en las cartas de Pablo para buscar en ellas algo que se parezca a una autobiografía escondida del Apóstol, reconocerá en seguida que el atributo de la espada, con que se le representa, no se refiere sólo al instrumento de su martirio; la espada puede ser entendida, con razón, como atributo de su vida: He combatido la buena batalla. Pablo ha sido descrito a menudo como un combatiente, como un hombre de acción; es más, como un hombre de naturaleza fuerte y violenta. Con toda la fuerza de su vivo temperamento, él se confronta con los adversarios, que no le faltarán nunca. Todo esto no es falso, pero no es todo Pablo; al contrario, quien lo ve sólo desde este punto de vista, no coge lo que caracteriza específicamente su figura. Sobre todo debe tenerse en cuenta que la batalla de san Pablo no fue la de un hombre de carrera, ni la de un hombre de poder, ni la de un conquistador o de un dominador. Su batalla debe considerarse en el sentido que le atribuye Teresa de Ávila: la afirmación de que Dios ama a las almas intrépidas. Fue la batalla de un mártir, desde el principio. En la Escritura la espada es también símbolo de la Palabra de Dios, que es más eficaz y cortante que una espada de doble filo. Pablo era un hombre inquieto porque era un hombre de la verdad. Anunciar la verdad sin convertirse en un fanático o un calculador: ésta fue su gran tarea. Nunca fue un fanático, de ningún modo. Porque no hablaba por sí mismo, sino que llevaba a los hombres el don de otro: la verdad de Jesucristo. Joseph Ratzinger |