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Muchas gracias por su vejez, le han dicho estos días a Juan Pablo II unos jóvenes. ¡Pero si yo no soy viejo!, interrumpió el Papa. El joven portavoz reaccionó rápido: Es verdad, es jovencísimo y sintoniza mucho con los jóvenes. ¡Gracias por su juventud, Santo Padre! Juan Pablo II, conmovido, les dijo: Sed signos creíbles de la ternura de Dios en este mundo que se asoma al tercer milenio. Contagiad vuestro entusiasmo, vuestra alegría, vuestra esperanza.
Hace unos años, dos jóvenes estudiantes de Periodismo, un fin de semana, en varias discotecas madrileñas, preguntaron a sus colegas qué buscaban y qué encontraban allí. La mayoría ni siquiera se lo planteaba; algunos decían: Buscamos diversión, pero en realidad encontramos vacío. Otros sí reconocían divertirse: Huimos de la realidad durante un rato, decían. Hubo incluso respuestas tan gráficas como ésta: Yo creo que ponen luces giratorias con espejos pequeñitos para que no podamos vernos más que a trocitos. Si nos viéramos enteros, echaríamos a correr del susto. A la pregunta de si eran felices, la inmensa mayoría, con una mueca de escepticismo, respondían: Ah, ¿pero existe la felicidad? En una sociedad donde la pregunta por el sentido de la vida está censurada, los jóvenes quedan heridos en la médula misma de su juventud. Si juventud es tener delante el horizonte infinito de la esperanza, un mundo sin más horizonte que lo inmediato, que un aquí y un ahora, sin un por qué y un para qué, es un mundo que destruye toda posibilidad de ser joven verdaderamente. Así cada día es más frecuente encontrarse con chicos y chicas desencantados, deprimidos. Todo lo contrario al significado más propio de la juventud: ¡deseo de vivir! |
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No todos, afortunadamente, se encuentran en esa situación. Cuando, convocados en 1989 a Compostela por el Papa Juan Pablo II, miles de jóvenes se concentraron para celebrar la Jornada Mundial de la Juventud, ni las calles de la ciudad compostelana se llenaron de basura, como suele suceder con muchos menos en cualquier concierto de rock, o en cualquier parque de barrio de la movida madrileña con sólo unas decenas de vándalos mal educados ¿a quién hay que culpar?; ¿quiénes son sus padres y educadores? e insolidarios, o cuando menos irresponsables; ni los más de cuarenta mil jóvenes de todo el mundo acogidos durante varios días en el campamento de Bando, junto al Monte del Gozo, crearon el más mínimo problema, a pesar de las lógicas limitaciones de instalaciones y servicios. Bien al contrario, aquellos días fueron una espléndida manifestación de lo que significa una juventud verdadera, rebosante de iniciativa y creatividad. Los policías vigilantes estaban sorprendidos.
Juan Pablo II, como le dijo aquel joven portavoz, sintoniza mucho con los jóvenes. ¿Por qué no sintonizan tantos padres y educadores? ¿No será la ausencia de maestros, la ausencia de una verdadera paternidad lo que a tantos jóvenes, y adolescentes cada vez de menos edad, conduce al alcohol y a la droga? En realidad, es el fruto, en toda su terrible crudeza, del alcohol y de la droga que los mayores tratan de ocultar con formas políticamente correctas. No se es joven por tener pocos años ¡quién los pillara!, suelen decir los mayores. Dicen los expertos que una persona no es joven cuando no mira a la vida con deseos y esperanzas, cuando sólo vive del pasado. Pocas personas más jóvenes, si eso es así y así es que el Papa Juan Pablo II; en comparación con él muchos, muchísimos que se creen jóvenes son auténticos vejestorios. Lo ponen bien de manifiesto las palabras del Papa a los jóvenes que abren este comentario. Y estas otras, que les dijo en Czestochowa: Sed exigentes con el mundo que os rodea; sedlo en primer lugar con vosotros mismos. Sed hijos de Dios: ¡sentíos orgullosos de ello! No os resignéis a la mediocridad; no os rindáis a los condicionamientos de las modas corrientes, que imponen un estilo de vida no conforme con los ideales cristianos; no cedáis a los halagos del consumismo. Cristo os llama a grandes empresas. No lo defraudéis, pues os defraudaríais a vosotros mismos. Con la fuerza que Cristo os da, llevad a todos el anuncio de que «Dios quiere hacer de cada ser humano un hijo suyo». Que vuestro testimonio sea la levadura de ese mundo nuevo al que cada uno aspira: un mundo verdaderamente justo, solidario y fraterno. |
¿Liberalización de la droga?
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Nos encontramos en un mundo en que al niño se le abandona demasiado pronto a sí mismo. Se espera que despierte su libertad y que se vuelva autónomo, mientras que, al mismo tiempo, se le hace frágil a largo plazo, porque no se le da la posibilidad de apoyarse en los adultos y en la sociedad para poder madurar. Al faltarles ese apoyo básico, muchos niños llegan al umbral de la adolescencia sin una verdadera unificación o una estructura interior. Como reacción, frente a un mundo que parece vacío, considerando su futuro inmediato, algunos intentan, a pesar de todo, sentirse vivos.Buscan puntos de apoyo y cultivan diversas relaciones de dependencia con otros, con varios productos o con comportamientos peligrosos.
Los padres de estos jóvenes se sienten, lógicamente, preocupados, y a menudo buscan ayuda cuando se enfrentan a lo que les parece un problema grave que, como mínimo, pone en tela de juicio la maduración psíquica, ética y espiritual de sus hijos. Un niño, al igual que un adolescente, no tiene sentido de los límites, especialmente en un mundo en el que se sostiene la idea de que todo es posible y que cada uno puede hacer lo que quiera. Los padres tratan de enseñar a sus hijos lo que se puede hacer y lo que no se ha de hacer, lo que está bien y lo que está mal. Con frecuencia tienen la impresión de que su actitud educativa queda debilitada e incluso devaluada por las ideas y las imágenes que circulan en la sociedad. En consecuencia, los padres se sienten a menudo derrotados ante sus hijos, vencidos por algo que, lamentablemente, les parece más fuerte que ellos en el ámbito de los medios de comunicación social. Están inquietos porque no se sienten apoyados por la sociedad. No quieren que sus hijos se droguen, mientras otros se empeñan en lograr que se legalice la venta y el uso de productos que favorecen la drogadicción, o el alcoholismo. Consejo Pontificio |