RetrocesoA&ONº 196/20-I-2000SumarioDesde la feContinuar
Una solución obvia:
Religión, y Cultura religiosa
Don Rafael Gambra es catedrático emérito de Filosofía
Hasta hace unos años, la enseñanza de la religión católica era general y obligatoria en los centros docentes de España. Era, en la Primera Enseñanza, el Catecismo y la Historia Sagrada, y en Colegios e Institutos de Enseñanza Media, pequeños tratados de Religión. Naturalmente, los padres que no querían para sus hijos una educación católica podían solicitar la exención de esa asignatura alegando que no eran católicos o que habían dejado de serlo. El número de estos objetores era insignificante, dado que incluso los padres no practicantes o agnósticos no solían oponerse a que sus hijos recibieran una enseñanza religiosa; casi los únicos objetores eran extranjeros de otra religión. Con lo cual el problema de una bifurcación de clases prácticamente no existía.

De dos décadas a esta parte el número de esos objetores ha crecido visiblemente. En parte, porque, al hacerse optativa o voluntaria esa asignatura, hay padres que creen así aliviar el trabajo de sus hijos en el Bachillerato entendiendo que ya han aprendido bastante religión en la escuela primera. En parte también porque se oponen a la enseñanza religiosa que imparten determinados profesores en el Colegio o Instituto que frecuentan. Para evitar aquel ausentismo por pereza, los legisladores docentes han procurado suplir la clase de Religión para quienes no la cursen por otra enseñanza que les ocupe análogo tiempo y esfuerzo.

Los ensayos han sido varios y pintorescos. Se empezó estableciendo una asignatura de Ética y Moral sin apoyatura religiosa, lo cual no cuajó porque establecer unos deberes sin nadie que mande, ni objetivo último del mandato era difícil de explicar a niños y adolescentes. Se ha seguido con una supuesta Educación en valores. Incluso se han hecho textos escolares ricos en dibujos y colores para encarecer el libro, en los que aparecen símbolos de esos valores (la tolerancia, la honradez, el pacifismo, etc.) colgados de sí mismos como las Ideas del cielo platónico. Como nadie sabe en rigor qué son los valores (fuera de los bursátiles) ni qué sentido tienen, no parece que el invento se sostenga.

Cansados de estas abstracciones vacuas, se ha intentado emplear el tiempo de los ausentes de Religión en enseñarles juegos de mesa inocuos, como el parchís o el juego de la oca, lo que ofende al profesorado de Religión.

La solución, sin embargo, es obvia, por más que no he oído proponerla a nadie en este país aparentemente dementado. Ninguna persona medianamente culta (como se supone ha de ser un bachiller), ni aun inculta, puede desconocer por completo las bases religioso-culturales en que se apoya la civilización en que está inserto. Esto sucede en todas partes, pero eminentemente en España, cuya génesis histórico-religiosa (católica) es más fuerte que en país alguno, al menos del ámbito occidental cristiano.

Antes del siglo pasado, nuestros pintores se inspiraron, para un 80% de su obra, en temas religiosos; nuestra escultura fue, en su casi totalidad, imaginería religiosa; nuestros arquitectos se emplearon esencialmente en la construcción de templos, catedrales, monasterios, y otro tanto puede decirse de la literatura, la filosofía, la música...

¿Puede concebirse a un español que, visitando, por ejemplo, el museo del Prado, no sólo sea ajeno a la emoción de las obras expuestas, sino que desconozca los temas que representan, como si de un museo chino o japonés se tratara? Al cabo de varias generaciones de enseñanza laicista, los españoles mostrarían a los turistas sus catedrales y museos con la misma incomprensión con que los árabes actuales de Egipto enseñan las Pirámides, como algo que ni fue obra suya ni entienden su sentido y finalidad.

La religión puede enseñarse de dos maneras, compatibles entre sí: una, la profunda y verdadera, como un conocimiento vivencial, con alumnos y profesores supuestamente creyentes, que se orienta a la práctica del culto y los sacramentos. Es decir, de forma catequética o apostólica. Otra, como mera trasmisora de una inmensa realidad histórica que está entrañada en nuestra cultura, sin cuyo conocimiento no cabe entender cosa alguna de nuestro pasado, ni sus obras, ni aun nuestro modo profundo de pensar y reaccionar.

Si se llama Religión a la primera de esas enseñanzas, puede conocerse como Cultura religiosa a la segunda, y constituir ésta la necesaria alternativa a la primera. Y una vez que creyentes y no creyentes hayan hecho su elección entre uno y otro saber, la asignatura debe quedar tan necesaria y obligatoria como cualquier otra.

Rafael Gambra